Por: Rodrigo Vissuet
26 de enero de 2026
Desde la invención de la máquina de vapor hasta la fiebre contemporánea por los semiconductores y la Inteligencia Artificial, la energía ha sido el hilo invisible que teje el destino de las naciones. Hoy, en pleno 2026, la seguridad energética ha dejado de ser una variable técnica para convertirse en la auténtica moneda de supervivencia de la geopolítica moderna.
Pero ¿cómo llegamos hasta aquí? Y más aún: ¿por qué para México este tema se ha transformado en una cuestión de soberanía nacional?
I. Breve historia del poder energético: del petróleo como arma a la electrificación total
Tradicionalmente, la seguridad energética se definía como la disponibilidad ininterrumpida de energía a un precio razonable. Sin embargo, su peso histórico ha mutado junto con la arquitectura del poder global.
Siglo XX: el siglo del petróleo.
Tras la Primera Guerra Mundial, las potencias comprendieron que el dominio militar dependía del control del crudo. La crisis petrolera de 1973, provocada por el embargo de la OPEP, confirmó que la energía podía utilizarse como un arma política, obligando a los países industrializados a crear reservas estratégicas.
Siglo XXI: la era de la interdependencia.
Con la globalización, el gas natural y las redes eléctricas transfronterizas tejieron una malla de dependencias mutuas. No obstante, conflictos recientes —como la guerra en Ucrania o las tensiones en el Mar Rojo— han recordado al mundo que depender de un solo proveedor es una vulnerabilidad estructural.
Actualidad (2026): el trilema energético.
Hoy los Estados se debaten entre tres frentes inseparables:
Seguridad (que no falte),
Equidad (que sea accesible) y
Sustentabilidad (que sea limpia).
II. Geopolítica 2026: bloques, minerales críticos e Inteligencia Artificial
El escenario energético actual ya no se mide en barriles únicamente, sino en capacidad de cómputo, control de minerales estratégicos y estabilidad eléctrica.
La carrera por la IA.
El auge exponencial de la Inteligencia Artificial ha disparado la demanda eléctrica. Los centros de datos consumen cantidades industriales de energía, y el país que no pueda alimentar sus servidores quedará rezagado en la economía del conocimiento.
El dominio de las cadenas de suministro.
China lidera la manufactura de tecnologías limpias y el refinamiento de litio, cobre y tierras raras. Esto ha empujado a Estados Unidos y la Unión Europea a impulsar políticas de friend-shoring, es decir, comerciar estratégicamente solo con aliados, reduciendo su exposición al gigante asiático.
Regionalización energética.
Estamos transitando de un mercado energético globalizado a uno organizado en bloques regionales. México, bajo el T-MEC, ocupa una posición privilegiada, pero también enfrenta una presión creciente para alinearse con los estándares energéticos de Norteamérica.
III. México ante el espejo: entre riesgos estructurales y oportunidades estratégicas
Para México, la seguridad energética no es una abstracción geopolítica: es una urgencia estructural.
Dependencia crítica del gas natural.
Cerca del 60% de la electricidad nacional se genera con gas natural, en su mayoría importado desde Texas. Una tormenta invernal o un giro en la política de exportación estadounidense podría dejar a medio país sin energía en cuestión de horas.
Plan de Fortalecimiento 2025–2030.
El gobierno mexicano ha trazado una ruta para añadir más de 22,000 MW de capacidad instalada. La clave está en su diseño híbrido: 54% estatal y 46% privado, buscando una soberanía que no asfixie la inversión ni la innovación.
Transición energética ordenada.
México posee uno de los mayores potenciales solares y eólicos del hemisferio. La verdadera seguridad energética hoy implica transformar ese potencial en autonomía real frente a los combustibles fósiles importados.
IV. Hacia un nuevo esquema de seguridad energética nacional
Producir más ya no basta: hay que producir mejor, diversificar y blindar el sistema. Propongo cuatro pilares estratégicos para una seguridad energética moderna en México:
1. Diversificación de la matriz: soberanía tecnológica
México no puede apostar todo al gas o al petróleo. La matriz debe integrar:
Energía nuclear de nueva generación: Reactores modulares pequeños (SMR) para carga base constante.
Hidrógeno verde: Clave para descarbonizar la industria pesada.
Almacenamiento masivo: Baterías industriales para gestionar la intermitencia renovable.
2. Infraestructura y redes inteligentes
La seguridad no está solo en la generación, sino en la entrega.
Modernizar la transmisión para evitar cuellos de botella.
Fomentar la generación distribuida en hogares y empresas para aliviar la presión sobre la red nacional.
3. Reservas estratégicas de combustibles
México debe ampliar sus días de reserva de gas y gasolinas. Hoy el margen de maniobra ante una interrupción es de apenas días; elevarlo a estándares internacionales (15 a 30 días) es vital para la seguridad nacional.
4. Diplomacia energética y nearshoring
Aprovechar el T-MEC para construir una fortaleza energética regional, compartiendo tecnologías limpias, redes resilientes y captura de carbono que atraigan industrias de alta tecnología en busca de energía limpia y constante.
La seguridad energética en 2026 ya no es un asunto exclusivo de ingenieros: es la base material de la libertad política, del desarrollo económico y de la soberanía real.
México tiene los recursos, la ubicación y el talento para convertirse en un actor estratégico del nuevo orden energético. El éxito dependerá de su capacidad para articular la rectoría del Estado con la velocidad de la innovación tecnológica.
Porque hoy, más que nunca, quien controla su energía, controla su destino.