Redactado por Krishna Vissuet.
Mientras el Street Art es una invitación al transeúnte a participar como espectadores recurrentes, el grafiti es una imposición. Desde la ilegalidad, el grafiti se apropia del espacio con el único fin de marcar su territorio, convirtiendo a la ciudad en su tablero de juego, creando una competencia que ignora la estética y decide centrarse en el riesgo y ganar el respeto de sus rivales.
Es un hecho que para el ciudadano promedio esto no es otra cosa que simple ‘vandalismo sin sentido’, pues en general la habilidad de leer los Tags —firmas rápidas y repetitivas— le es completamente ajena. Sin embargo, para quienes sostienen el aerosol, el rodillo o el plumón, el acto nace a través de la conciencia de que el ser humano, desde sus inicios, ha tenido la urgencia de dejar huella y apropiarse de sus espacios de vida. Es reclamar que las personas existimos.
Los códigos no escritos de la guerra urbana
Esta guerra por el espacio no es un caos sin reglas; al contrario, se rige por una jerarquía estricta que valora la técnica y, por encima de todo, la ubicación. En este tablero de juego, el respeto no se pide: se arrebata superando al rival en los puntos más peligrosos e inaccesibles de la ciudad, respetando siempre ciertos códigos no escritos como lo son no pintar en casas, monumentos o iglesias; jamás delatar a otro escritor y, fundamentalmente, no tapar el rastro de los antiguos. Bajo la lógica del gremio, solo se permite cubrir las firmas ajenas si la propia es capaz de superar en riesgo y maestría a la que se borrará.
La anulación del rival: Una declaración de poder
Sin embargo, el mandato de no ‘pisar’ la firma ajena tiene matices técnicos y morales. Si lo que pintas es mediocre frente a lo que ocultas, te conviertes automáticamente en un novato sin respeto. Pero figuras como Cap desafiaron incluso esta norma fundamental. Él no buscaba superar la estética del rival, sino anularla por completo.
«Yo no soy un artista, soy un escritor de grafiti. Hay una diferencia… Yo solo quiero poner mi nombre. Quiero que me vean. Quiero estar en todas partes», sentenció Cap en el legendario documental Style Wars (1983).
Para él, la verdadera regla era el control territorial; no importaba si su trazo era más simple, lo que importaba era que su nombre prevaleciera por encima de los demás. Con él, el grafiti dejó de ser solo una expresión para convertirse en una cruda declaración de poder.
Al final, esta brecha existente entre el ciudadano y el escritor es la que mantiene viva la esencia del movimiento: esa falta de necesidad de respetar la legalidad para demostrar que la ciudad le pertenece a uno mismo y no a una autoridad por encima de nosotros. Mientras el público ajeno solo ve rayones indescifrables que quebrantan la estética limpia de un espacio sin identidad, los escritores libran entre sí una batalla de egos donde buscan imponerse frente al otro para no ser olvidados. Es un recordatorio de que la ciudad siempre será de quien se atreva a tomarla.
Referencias:
Silver, T. & Chalfant, H. (1983). Style Wars [Película]. Public Broadcasting Service.
Castleman, C. (1982). Getting Up: Subway Graffiti in New York. MIT Press.
Baudrillard, J. (1976). El intercambio simbólico y la muerte. Ed. Gallimard.
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