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«NINIS»: Un concepto creado por el necrocapitalismo para arrebatarnos a los nuestros

Hace diez días, las redes sociales se inundaron con una noticia devastadora, una pesadilla colectiva que sacudió a todo el país. El hallazgo que estremeció a la nación no fue resultado de una acción del Estado, sino de un grupo de buscadores de personas desaparecidas, o mejor dicho, arrebatadas. Personas que, con valentía y determinación, hicieron lo que por años las autoridades han decidido no hacer, respondiendo a los intereses geopolíticos de un sistema basado en la explotación y la muerte: el necrocapitalismo, la forma más retorcida y devastadora del neoliberalismo.

En 2012, Felipe Calderón Hinojosa dejaba la presidencia a Enrique Peña Nieto, marcando el inicio de un sexenio caracterizado por la corrupción y la impunidad. Entre 2006 y 2011, bajo el mando de Calderón, se implementó el operativo Rápido y Furioso, permitiendo la entrada de más de 2,000 armas de manera ilegal al país. Justificado como una estrategia de seguridad, este operativo dejó una profunda cicatriz en la vida social, política, cultural y económica de México. La ejecución de estas políticas fue obra de un sistema neoliberal, machista, hegemónico y violento, que, como siempre, descargó su peso sobre los más vulnerables: los jóvenes., quien declaró una «guerra contra el narcotráfico», una estrategia encabezada por Genaro García Luna, hoy en proceso judicial en Estados Unidos. Fue bajo su dirección que se ejecutaron operativos como Rápido y Furioso, permitiendo la entrada de miles de armas al país con la justificación de un sistema de seguridad que, en realidad, dejó una profunda cicatriz en la vida social, política, cultural y económica de México. La ejecución de esta estrategia fue obra de un sistema neoliberal, machista, hegemónico y violento, que, como siempre, descargó su peso sobre los más vulnerables: los jóvenes. Aquellos que, en su búsqueda de oportunidades económicas y una posibilidad de cumplir sus sueños, quedaron atrapados en una trampa mortal.

Ese mismo año, la historia de «Pay de Limón» conmocionó a los pocos que la escucharon: un perro cuyas patas fueron mutiladas como parte de un «adiestramiento» para menores reclutados como sicarios. El caso resonó en pequeños círculos animalistas, quienes, como siempre, fueron los primeros en advertir que la violencia escala y que los animales suelen ser el primer eslabón de una cadena brutal. Sin embargo, el caso no trascendió. Era solo un perro, dijeron algunos.

«Ninis». Así llamaron a los jóvenes que quedaron atrapados en la desigualdad y el crimen. La narrativa dominante, en lugar de hablar de la falta de oportunidades o de la urgencia de políticas públicas que ofrecieran alternativas, prefirió etiquetarlos y deshumanizarlos. «Ninis», como si fueran una generación sin rumbo, cuando en realidad lo que les negamos fue la posibilidad de elegir un camino. Ni oportunidades; ni una vida fue lo que les dimos como sociedad. El necrocapitalismo no solo explota los recursos, sino que convierte los cuerpos en mercancía de la violencia. Como advierte Sayak Valencia en Capitalismo Gore, este modelo económico no solo genera riqueza a través de la explotación laboral, sino también mediante la economía criminal, donde la vida y la muerte se transan con la misma frialdad que cualquier otro bien de consumo.

Nos han arrebatado a los nuestros. No solo a quienes yacen en fosas clandestinas, no solo a quienes han sido identificados y devueltos a sus familias. Nos han quitado también a las madres que, con una pala en la mano, destinada a construir los sueños de sus hijos, han terminado desenterrando sus restos. Nos han arrebatado a las niñas, a los jóvenes, a los sueños. Nos han dejado con cientos de zapatos huérfanos, con cientos de prendas sin dueño, con cientos de evidencias de un país que no ha sabido proteger a su futuro. y un dolor imposible de nombrar, han encontrado los restos de sus hijos cuando alguna vez soñaron con encontrar para ellos un camino de felicidad. Nos han arrebatado a las niñas, a los jóvenes, a los sueños. Nos han dejado con cientos de zapatos huérfanos, con cientos de prendas sin dueño, con cientos de evidencias de un país que no ha sabido proteger a su futuro.

Hoy estamos de luto. Un luto colectivo, un luto que nos atraviesa como nación. Pero en medio de la desolación, también tenemos una responsabilidad: sostener nuestra más potente arma, el amor convertido en compasión y empatía hacia las familias de estos jóvenes, de estas niñas. Porque donde quiera que estén, donde quiera que sueñen, debemos asegurarnos de que la sociedad exija y construya un sistema de justicia real y eficiente, para que nunca dejemos de soñar con un país donde no falte nadie.

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