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Reivindican el legado de las mujeres afrodescendientes en la construcción del México colonial

Ciudad de México. En el marco de la conmemoración del Día Mundial de la Cultura Africana y de los Afrodescendientes, investigaciones recientes basadas en fuentes primarias del Archivo General de la Nación han sacado a la luz el papel decisivo —y durante siglos invisibilizado— que desempeñaron las mujeres de origen africano en la vida económica, social y espiritual de la Nueva España.

Lejos de ocupar un lugar marginal, estas mujeres fueron agentes activas en la conformación del tejido urbano y productivo del México colonial, enfrentando un sistema de opresión racial y de género con estrategias de resistencia, trabajo y organización comunitaria.

Emprendimiento frente a la adversidad

 

Uno de los casos más emblemáticos es el de María Cruz, una mujer esclavizada originaria de África Occidental que trabajaba como gallinera en la Plaza del Volador. A través del ahorro de sus ingresos, logró comprar su libertad y, para 1636, se había consolidado como propietaria de su propio negocio. Más aún, María financiaba a otras mujeres sin capital, articulando una temprana red de apoyo económico femenino.

En Veracruz, mujeres como Beatriz León y Ana de Escobar —mulatas libres procedentes de Sevilla— se establecieron como dueñas de mesones estratégicamente ubicados en el entorno de San Juan de Ulúa. Estos espacios no solo ofrecían alojamiento, sino que funcionaban como nodos clave del comercio transatlántico y centros de prácticas curativas tradicionales.

Guardianas de la salud pública

 

La investigación también rescata el papel de las mujeres afrodescendientes en la salud y el cuidado colectivo. Gregoria Estefanía, mujer libre en Puebla, fue contratada por el cabildo entre 1601 y 1615 para la limpieza de calles y plazas, una labor esencial en una época marcada por epidemias recurrentes.

De igual forma, en 1747, una mujer llamada Josefa fue destinada al cuidado de enfermos en el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, evidenciando cómo el trabajo de cuidados —indispensable para la supervivencia urbana— recayó de manera sistemática sobre esta población.

Resistencia cultural y persecución

 

El ámbito espiritual fue otro espacio de liderazgo y conflicto. Las mujeres afrodescendientes encabezaron cofradías religiosas, como la de San Benito de Palermo, donde ejercían cargos reconocidos bajo el título de “madres”. Estas organizaciones no solo ofrecían cohesión comunitaria, sino también formas de autonomía social.

Sin embargo, muchas de sus prácticas culturales —como el fandango, el uso de herbolaria o rituales de sanación— fueron estigmatizadas por las autoridades coloniales y perseguidas por el Santo Oficio. Los juicios inquisitoriales contra mujeres como Juana Delgado y María de Salas, en Campeche, ilustran la criminalización de saberes ancestrales considerados “hechicería” o “artes prohibidas”.

Un legado vigente

 

La presencia africana dejó una huella profunda e indeleble en la cultura mexicana. Como concluye la investigación, la contribución de estas mujeres —desde el comercio y la salud pública hasta la preservación de tradiciones— fue un pilar fundamental del desarrollo novohispano.

Reconocer su legado no solo reescribe la historia colonial desde una perspectiva más justa, sino que permite comprender cómo esas raíces continúan alimentando la identidad cultural de México en la actualidad.

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