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México: potencia comercial, con fragilidad estratégica

Por: Román André Martínez Bravo

México: potencia comercial, con fragilidad estratégica

 

¿De qué sirve ser el principal socio comercial de Estados Unidos si cada año hay que volver a demostrarlo? Esa es, en el fondo, la pregunta que atraviesa la revisión del T-MEC que México, Estados Unidos y Canadá negocian desde julio. El tratado no desapareció ni fue cancelado, pero tampoco fue renovado por un nuevo periodo largo: Washington decidió someterlo a revisiones anuales durante los próximos diez años. Ese cambio, aparentemente técnico, dice mucho sobre el verdadero lugar que ocupa México en la economía de Norteamérica: central, pero no del todo seguro.

 

Esta misma semana, la presidenta Claudia Sheinbaum se reunió en Palacio Nacional con el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, en la tercera ronda de negociaciones bilaterales. Al término del encuentro, la mandataria informó avances en la revisión del tratado y en distintos acuerdos bilaterales. Horas antes había explicado el sentido del ejercicio con una frase que resume bien el momento que vive el país: «Es como una evaluación de hasta dónde vamos», señaló Sheinbaum sobre el propósito de la ronda de revisión con Washington. Detrás de esa frase hay una aspiración clara: que este primer año de revisión siente las bases para que, de aquí en adelante, el ejercicio se reduzca a confirmar lo ya acordado, en lugar de reabrir la negociación cada doce meses.

 

La fuerza comercial no garantiza autonomía

A primera vista, México parece estar en una posición envidiable. Su cercanía con Estados Unidos, la relocalización de cadenas de suministro y el interés de empresas extranjeras por instalarse en territorio mexicano han reforzado su papel como plataforma exportadora. La integración productiva con Norteamérica sostiene una relación comercial de enorme escala, sobre todo en manufactura, industria automotriz y componentes industriales.

 

El problema es que ese éxito comercial no se ha traducido en mayor autonomía estratégica. La economía mexicana sigue dependiendo del ciclo económico estadounidense y de decisiones que se toman fuera del país. Cada revisión del T-MEC, cada amenaza arancelaria, cada giro en la política comercial de Washington, altera de inmediato las expectativas de inversión en México. Esa dependencia no es solo comercial: es también política. Cuando un país basa buena parte de su crecimiento en un solo socio, su margen de negociación se reduce, y la pregunta relevante deja de ser si México exporta mucho, para convertirse en si está usando esa posición geográfica como ventaja estructural o si simplemente administra una relación asimétrica que lo deja expuesto.

 

El T-MEC como prueba de estrés

La revisión formal del tratado, que arrancó el 1 de julio, funciona hoy como una prueba de estrés para la economía mexicana. No se trata de un trámite menor: entre los temas más sensibles están las reglas de origen en la industria automotriz, la seguridad de las cadenas de suministro —un asunto que Washington vincula cada vez más con su propia estrategia de seguridad económica—, los minerales críticos, la propiedad intelectual y las restricciones vinculadas con la inversión china en la región.

Para México, el riesgo no está solo en perder acceso preferencial al mercado estadounidense, sino en que la negociación instale una lógica de revisión permanente que erosione la certidumbre para invertir. No todos los analistas leen ese riesgo de la misma manera. Carlos Serrano, economista en jefe de BBVA México, ha planteado una lectura más templada del proceso: «No nos preocupa que no se extienda este año», afirmó Serrano, para quien lo relevante es que quede clara la señal de que el tratado continuará vigente, algo que —sostiene— terminará beneficiando al país incluso sin una renovación inmediata.

Esa lectura contrasta con la de otros especialistas, para quienes las revisiones anuales no son un simple formalismo, sino una herramienta de presión negociadora que Washington puede usar para mantener a México y Canadá en un estado de incertidumbre calculada, precisamente porque esa incertidumbre desincentiva decisiones de inversión y profundiza la dependencia económica de la región respecto de Estados Unidos.

La diferencia entre ambas lecturas no es menor. Si la revisión anual se consolida como mecanismo permanente, México pasaría de negociar un tratado cada década a negociar, en la práctica, casi todos los años, con todo lo que eso implica para calendarios de inversión que suelen medirse en plazos de cinco o diez años. Instituciones financieras y calificadoras ya han empezado a ajustar sus proyecciones de crecimiento asumiendo que ese esquema de revisión continua se mantendrá al menos hasta 2028, lo que revela que el mercado ya está descontando el costo de la incertidumbre, incluso antes de que se resuelva el fondo de la negociación.

Crecimiento con límites

Los datos recientes confirman que México sigue siendo un actor relevante en el comercio internacional, pero también muestran que no ha resuelto su fragilidad de fondo: crecimiento insuficiente, productividad débil y una base industrial que depende demasiado del exterior. Firmas como Banorte y Grupo Coppel han advertido que, aun con expectativas de crecimiento algo mejores que las de hace unos meses, la economía seguirá operando por debajo de su potencial mientras dure el esquema de revisiones anuales. México puede exportar mucho, pero eso no significa que su poder económico interno se haya fortalecido al mismo ritmo.

Ese contraste importa porque en geoeconomía no basta con mover mercancías; también importa quién controla la tecnología, el financiamiento, la logística y los estándares regulatorios. Si México solo participa como eslabón de ensamblaje, seguirá siendo vulnerable a cualquier cambio en las cadenas globales de valor. Si, en cambio, logra avanzar hacia una política industrial más robusta, podría transformar su posición geográfica en una ventaja durable. La discusión sobre el T-MEC, entonces, no debe leerse únicamente como una disputa comercial: también refleja el debate sobre qué tipo de país quiere ser México en el nuevo orden económico. ¿Uno que se integra pasivamente a la economía estadounidense, o uno que usa esa integración para construir capacidades propias? Ahí está la diferencia entre ser corredor logístico y convertirse en potencia económica con voz propia.

El reto de la soberanía económica

Hablar de soberanía económica en México no significa promover el aislamiento. Significa reducir la vulnerabilidad frente a decisiones externas y ampliar el espacio para definir prioridades nacionales. En el contexto actual, eso exige diversificar mercados, fortalecer proveedores locales, invertir en innovación y consolidar sectores estratégicos que no dependan por completo de una sola relación comercial.

Ese margen de maniobra no se construye únicamente en la mesa de negociación con Washington. También se juega puertas adentro: en la capacidad del país para resolver sus propios cuellos de botella en energía, infraestructura logística y formación de capital humano, que hoy limitan qué tanto puede aprovechar México cualquier condición favorable que consiga en el T-MEC. De poco sirve ganar certidumbre arancelaria si, al mismo tiempo, persisten los obstáculos internos que frenan la inversión productiva.

La coyuntura de esta semana confirma que el país ya no puede entenderse solo como vecino de Estados Unidos, sino como pieza clave de una reconfiguración más amplia del comercio global. El nearshoring, la competencia tecnológica y la rivalidad geopolítica entre potencias han hecho que México gane visibilidad, pero también han elevado el costo de la improvisación. Si el país quiere convertir su potencia comercial en poder real, necesita una estrategia más clara: certidumbre regulatoria, infraestructura, energía competitiva, formación de talento y una política exterior económica más activa. Sin eso, México seguirá siendo indispensable para las cadenas de suministro, pero todavía incapaz de convertir esa importancia en influencia duradera.

La lección de esta semana es clara: México sí ocupa un lugar central en la geoeconomía regional, pero ese lugar sigue siendo frágil. El país exporta, atrae inversión y se ha vuelto indispensable para Norteamérica, pero todavía no ha logrado traducir esa centralidad en mayor autonomía estratégica. El T-MEC, en ese sentido, no es solo un tratado comercial: es el espejo donde se ve la verdadera posición de México en el mundo, y la revisión que hoy avanza en Palacio Nacional es apenas la primera de varias oportunidades para decidir qué reflejo queremos ver.