Por momentos, la Semana de la Moda de París parece un ritual predecible: luces, tejidos caros, modelos esculpidos en neutralidad estética. Pero en 2026, Willy Chavarría rompió esa liturgia vacía para instaurar otra más incómoda, más honesta, más política. Su desfile Eterno no fue simplemente una colección: fue una misa laica dedicada al barrio, al migrante, al cuerpo disidente y al deseo que no pide permiso.
Chavarría, hijo del valle agrícola californiano y heredero simbólico de la diáspora latina en Estados Unidos, llegó a París no para “jugar a ser europeo”, sino para sacudir a Europa con una estética que viene de las calles, del asfalto, del duelo y de la fiesta. De Ralph Lauren y Calvin Klein heredó el rigor técnico; del barrio, la pulsión narrativa. Y esa mezcla es lo que hoy lo convierte en uno de los diseñadores más políticamente relevantes del sistema moda.
Eterno: una telenovela barroca en clave couture
Bajo el nombre de Eterno, Chavarría presentó su colección Otoño/Invierno 2026-2027 como una suerte de telenovela cinematográfica en vivo. La invitación —con una “T” que emulaba un crucifijo— ya advertía que lo que veríamos no sería solo ropa, sino símbolo, herida y plegaria.
La pasarela se transformó en un Nueva York ochentero, decadente y sensual: un Cadillac blanco descapotable, cabinas telefónicas, habitaciones reconstruidas como si estuviéramos dentro de un melodrama urbano. El desfile narraba un crimen pasional, pero también algo más profundo: la tragedia cotidiana de quienes aman, migran, resisten y sobreviven en los márgenes del relato oficial.
La aparición de Mon Laferte, abriendo el show con una performance cargada de emoción, no fue un capricho pop: fue una declaración de principios. Lo latino no entra aquí como exotismo, sino como centro narrativo. Junto a ella, Mahmood y Lunay ampliaron el registro generacional y cultural del espectáculo.
La estética como armadura política
Chavarría reafirmó su maestría en lo que él mismo ha convertido en un lenguaje: la sastrería chicana. Hombros exagerados como murallas, pantalones de tiro alto como gesto de dignidad, siluetas oversize que rompen con el minimalismo anestesiado del lujo contemporáneo.
Aquí, la ropa no busca “hacer bonito”, sino sostener identidades. Cada saco parece una armadura emocional. Cada abrigo, una declaración de presencia. Cada tracksuit elevado a lujo, un recordatorio: el barrio también sabe vestir de gala.
Su colaboración con Adidas —lejos de ser un simple ejercicio comercial— fue una integración quirúrgica de la cultura del sportswear al universo couture: una celebración del “barrio chic” que no romantiza la pobreza, sino que dignifica sus códigos estéticos.
Entre el activismo y el lujo: una frontera que Chavarría dinamita
En tiempos donde muchas casas de moda se refugian en el quiet luxury como si fuera una coartada moral, Willy Chavarría hace exactamente lo contrario: grita sin alzar la voz. Su paleta cromática —de negros y marinos a rojos, púrpuras y amarillos vibrantes— funciona como una narrativa emocional: del duelo al gozo, de la noche al fuego.
Eterno se siente como un manifiesto silencioso contra la deshumanización: las redadas migratorias, el racismo estructural, la violencia contra cuerpos LGBTQ+. No hay pancartas, pero sí cuerpos vestidos como si llevaran su historia cosida a la piel.
La política del estilo
Lo que vuelve a Chavarría una figura imprescindible en 2026 no es solo su talento técnico, sino su negativa a separar moda y política. Para él, vestir no es adornar: es tomar posición. Su lujo no es aséptico, es un lujo con cicatrices, con memoria, con sudor y con oración.
Mientras otras firmas convierten la identidad en un trend, Chavarría convierte el trend en identidad. Y eso es radical.
Epílogo: París, el barrio y el futuro
Con Eterno, Willy Chavarría no solo presentó una colección memorable; instauró una pregunta incómoda al sistema moda:
¿Quién merece ser elevado a símbolo de belleza, dignidad y deseo?
En su universo, la respuesta es clara: el barrio, el migrante, el disidente, el que ama fuera del guion.
Y quizás ahí radica su verdadero acto revolucionario: recordarnos que la moda, cuando es honesta, no viste cuerpos… revela mundos.