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Por primera vez, la Presidencia pone en duda pública el modelo que hizo del estado el epicentro nacional de los data centers. La razón es la misma que las comunidades gritaron en abril: cada servidor que enfría la nube consume agua y luz en una región que ya vive al límite.
Por: Emiliano Córdoba, periodista tech para LYPmultimedios
Querétaro, Qro., 26 de agosto de 2026.— Durante tres años, la palabra «data center» se pronunció en Querétaro como sinónimo de futuro: inversión millonaria, mapa de nearshoring, el estado convertido en el corazón digital de México. El pasado 18 de agosto, desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum le puso un asterisco a esa historia. Dijo que los centros de datos «no son la panacea», que México no tiene por qué ser «el centro de datos de otros lugares del mundo» por el mucho consumo de agua y energía que implican, y que su aporte en empleos es bajo frente a su impacto ambiental. No lo dijo un colectivo ambientalista. Lo dijo la jefa del Ejecutivo, respondiendo a una pregunta sobre los apagones que están frenando inversiones en el Bajío.
Qué dijo exactamente —y por qué es un giro
Conviene ser precisos, porque el matiz es la noticia. Sheinbaum no canceló nada: reconoció que México «sí tiene que tener centros de datos para avanzar en inteligencia artificial», pero condicionó su crecimiento a una planeación que tome en cuenta los recursos de cada región. Fue más lejos: afirmó que estas instalaciones generan «muy poco empleo» para el crecimiento económico que representan, y que el gobierno apuesta en paralelo por manufactura, que ocupa a más gente y presiona menos los recursos naturales. Insistió en evitar que los data centers generen conflictos sociales o afecten la vida cotidiana de las comunidades.
Para un estado que compitió abiertamente por atraer a estos gigantes, oír a la Presidencia decir «poco empleo, mucho consumo» es un cambio de tono que ninguna hoja de inversión traía contemplado.
Cómo funciona de verdad: por qué un data center bebe tanto
Aquí va la traducción que no aparece en el boletín. Un centro de datos es un galerón lleno de servidores que trabajan las 24 horas y se calientan como una parrilla encendida sin pausa. Para que no se frían, hay que enfriarlos, y ahí empieza el dilema que ninguna tecnología esquiva. Las tecnologías de enfriamiento que ahorran electricidad suelen disparar el consumo de agua; y las que ahorran agua elevan la factura eléctrica. No hay opción gratis: se paga en litros o se paga en megavatios.
La escala ayuda a dimensionarlo. El proyecto de CloudHQ anunciado para Querétaro contempla seis centros de datos de IA operando con 900 MW —la mayor demanda energética de un proyecto así en el estado—, energía suficiente para cientos de miles de hogares de una ciudad mediana. Esa es la cuenta que hoy compite, kilovatio por kilovatio, con las fábricas de la región.
En qué etapa está: la pelea por el megavatio
El problema ya no es teórico. En el corredor industrial de Querétaro, fábricas de autopartes y plásticos reportaron apagones intermitentes, y hasta el 35% de las inversiones industriales previstas entre 2024 y 2026 enfrentan riesgo de retraso o cancelación por falta de energía. La manufactura que llegó con el nearshoring compite hoy por los mismos kilovatios que demandan los centros de datos: es la disyuntiva de bits o bienes, inteligencia artificial o cadenas de suministro físicas.
La respuesta oficial tiene dos capas, y conviene separarlas. Sheinbaum anunció un plan para sumar 28 mil MW de generación —parte renovable, parte de ciclo combinado a gas natural—, con un modelo mixto de 54% capital público y 46% privado, más inversión en transmisión y distribución. Pero también matizó el diagnóstico: según la CFE, las quejas por cortes han disminuido, y en varias zonas el problema no es generar más electricidad, sino mejorar las redes que la transportan hasta donde se necesita. Traducción: a veces no falta la energía, falta el cable para llevarla. Dato para el lector: un anuncio de inversión no equivale a un data center operando; energizar 200 MW en Querétaro tomó un proceso de años con la CFE y el Cenace.
Quién gana, quién absorbe el costo
Esta es la pregunta que la casa nunca suelta. El beneficio del data center —la inversión, la conectividad, el prestigio de «hub digital»— se reparte entre el operador, el estado y la narrativa de modernización. El costo —el agua de un acuífero en estrés, la presión sobre una red que ya parpadea— lo absorbe el territorio. Y ese costo ya tiene rostro: a finales de abril, comunidades chichimeca y otomí de San Francisco, Santiago Mexquititlán y el Consejo de Bernal marcharon junto a ambientalistas y colectivos en defensa del agua, confrontando a la industria de los centros de datos. Cuando la Presidencia habla de «evitar conflictos sociales», habla —aunque no los nombre— de esas marchas.
El punto no es satanizar la nube. Es recordar una regla incómoda: el desarrollo pierde legitimidad cuando una comunidad ve llegar inversiones enormes pero se queda sin agua.
El asterisco del enfriamiento «sin agua»
Un matiz técnico que merece lupa. CloudHQ se comprometió con sistemas de enfriamiento «sin agua», pero eso no es todavía estándar de la industria. Suena a solución mágica —cero litros—, pero el enfriamiento por aire tiende a consumir más electricidad, justo el otro recurso escaso. Prometer «sin agua» no cierra el problema: lo mueve de columna. Habrá que ver el informe ambiental, no el comunicado.
Qué falta por saberse
Tres cosas que seguiré vigilando desde aquí: si los 28 mil MW se traducen en capacidad real y a tiempo, o se quedan en anuncio; cuánta agua consumirá de verdad cada proyecto —incluido el de enfriamiento «sin agua»— según sus estudios ambientales, no según su folleto; y qué contraprestación local dejan estos gigantes más allá del megavatio: ¿formación de técnicos, contratación local, compensación hídrica? Porque el talento tampoco alcanza: el sistema educativo local no produce ingenieros eléctricos y técnicos de enfriamiento al ritmo que exige la curva de capacidad.
Por hoy, el marcador cambió de tono. Durante tres años, Querétaro presumió ser el centro de datos de México. La pregunta que dejó abierta la Presidencia es más filosa y más justa: ¿a costa de qué, y de quién?



