En la UNAM, el expresidente colombiano sostuvo que la inteligencia artificial está concentrando riqueza, información y capacidad de vigilancia en una reducida élite tecnológica. Peter Thiel fue el rostro elegido para explicar ese poder. Los contratos, los escritos y el financiamiento político respaldan parte de la advertencia; otras acusaciones quedaron sin pruebas.
Gustavo Petro llegó tarde a su conferencia en la Universidad Nacional Autónoma de México. La demora tenía una explicación política: acababa de reunirse con la presidenta Claudia Sheinbaum. De aquella conversación, dijo, salió una pregunta que modificó la entrada de su exposición: si la disputa contemporánea todavía debe formularse como progresismo contra conservadurismo o si la línea divisoria más profunda comienza a ser humanismo contra barbarie.
Después habló de fábricas.
Describió automóviles desplazándose por líneas elevadas, brazos mecánicos instalando piezas y un pequeño grupo de trabajadores vigilando computadoras desde el fondo. En esa imagen industrial colocó la pieza central de su argumento: cuanto más productivas son las máquinas, menos trabajo humano necesita cada unidad producida. La riqueza crece, pero queda bajo el control de quienes poseen el equipo, los programas y la infraestructura digital.
La inteligencia artificial, sostuvo, no rompe esa historia. La acelera.
Hasta ese punto, Petro desarrollaba una lectura marxista reconocible sobre automatización, trabajo y concentración económica. El giro llegó cuando preguntó qué régimen político sería necesario para contener el descontento de una sociedad que produce cada vez más con menos trabajadores, reparte de manera desigual las ganancias y, al mismo tiempo, consume cantidades crecientes de energía.
Su respuesta fue una palabra que repitió durante la parte más intensa de la conferencia: tecnofascismo.
Y entonces pronunció un nombre: Peter Thiel.
Thiel no es solamente un empresario
Petro presentó al cofundador de PayPal y Palantir como el emblema de una nueva clase dominante. Lo llamó, junto con Elon Musk y otros propietarios de plataformas, uno de “los dueños del número”.
La frase más precisa de su exposición fue también la más provocadora: “Los dueños de la matemática hoy son los dueños del mundo”.
No quiso decir que esos empresarios inventaran las matemáticas. Su argumento es que compran el trabajo de investigadores, programadores e ingenieros formados muchas veces en universidades públicas y convierten ese conocimiento en software propietario, plataformas cerradas y sistemas contratados por gobiernos.
Analíticamente, la expresión correcta no sería “tecnócratas”. Un tecnócrata obtiene autoridad por su conocimiento especializado dentro de una institución. Thiel, Musk, Mark Zuckerberg o Marc Andreessen poseen capital, empresas, infraestructura y canales de influencia política. Son, con mayor precisión, tecno-oligarcas: empresarios capaces de transformar riqueza privada en poder sobre información pública, defensa, migración y deliberación política.
Thiel es un buen caso para estudiar esa convergencia porque no ha ocultado su desconfianza hacia la democracia.
En 2009 escribió en Cato Unbound que había dejado de creer que libertad y democracia fueran compatibles. En el mismo ensayo atribuyó parte del retroceso del libertarismo a la expansión del Estado de bienestar y al sufragio femenino, y propuso buscar espacios tecnológicos que permitieran “escapar” de la política democrática. El texto permanece disponible en el archivo de Cato Unbound.
Esto distingue a Thiel de un empresario que solamente busca menos impuestos. Su proyecto reúne capital de riesgo, tecnología y una concepción política en la que la voluntad de la mayoría aparece como un obstáculo para la libertad económica.
Esa idea encontró un vehículo institucional.
Thiel contrató en su momento a JD Vance y posteriormente aportó más de 15 millones de dólares para impulsar su campaña al Senado. La relación está documentada en registros y reportes revisados por la Comisión Federal Electoral estadounidense. Vance terminó convirtiéndose en vicepresidente de Estados Unidos. Reuters también documentó la presencia de Thiel entre los financiadores de una red política conservadora vinculada con el entorno de Vance y con inversionistas tecnológicos: Rockbridge Network.
La influencia no necesita adoptar la forma rudimentaria de una orden telefónica. Puede comenzar años antes, financiando empresas, carreras políticas, centros de pensamiento y medios capaces de instalar una visión del Estado.
Palantir: el punto donde la metáfora se vuelve contrato
La empresa que permite entender mejor la alarma de Petro es Palantir.
Sus plataformas integran grandes cantidades de información y permiten encontrar relaciones entre registros procedentes de fuentes distintas. La compañía sostiene que no recolecta ni vende datos por cuenta propia, sino que proporciona programas para que sus clientes procesen información a la que ya tienen acceso.
La distinción es importante, pero no elimina el poder de la herramienta.
Cuando un gobierno reúne expedientes migratorios, ubicaciones, antecedentes, datos biométricos o investigaciones policiales, la capacidad de cruzarlos convierte archivos dispersos en una infraestructura operativa. El sistema puede utilizarse para localizar una amenaza, reconstruir una red criminal o identificar a una persona que será detenida.
Palantir reconoce en su informe financiero que sus plataformas constituyen infraestructura para integrar datos y operaciones. En 2025, 54% de sus ingresos procedió de clientes gubernamentales; solamente sus ventas al Gobierno estadounidense alcanzaron 1,900 millones de dólares. También informó contratos pendientes con gobiernos por un valor conjunto de 4,400 millones. Las cifras se encuentran en su reporte anual presentado a inversionistas.
La relación con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos tampoco pertenece al terreno de la especulación. Existen contratos para desarrollar y mantener sistemas que reúnen, estructuran y analizan datos utilizados en investigaciones migratorias. El Brennan Center for Justice ha advertido que esta concentración puede convertir información comercial, gubernamental y biométrica en una plataforma central de vigilancia y deportación.
Aquí la tesis de Petro encuentra suelo firme: una empresa privada no necesita gobernar formalmente para intervenir en la capacidad de un Estado para localizar, clasificar y actuar sobre millones de personas.
No es omnisciencia. Es infraestructura.
Petro exageró al describir un sistema capaz de escuchar prácticamente todas las comunicaciones de una nación y seleccionar palabras desde satélites. No mostró evidencia de que Palantir posea esa capacidad universal ni de que opere como un Gran Hermano autónomo. La propia empresa afirma que trabaja con datos aportados por sus clientes y sujetos a controles de acceso.
Sin embargo, la exageración no borra la pregunta: ¿qué ocurre cuando los gobiernos dependen de programas propietarios para ejecutar funciones policiales, militares o migratorias que la ciudadanía apenas puede auditar?
El Estado conserva formalmente la autoridad. El proveedor privado comienza a determinar la arquitectura mediante la cual esa autoridad ve el mundo.
La fotografía de la investidura
Petro recordó la toma de posesión de Donald Trump en enero de 2025. Dijo que los propietarios del software ocuparon la primera fila mientras numerosos jefes de Estado quedaron fuera.
La fotografía existe, aunque requiere precisión. En los lugares privilegiados estaban Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y Sundar Pichai. También asistieron Tim Cook y el director de TikTok, Shou Zi Chew. La crónica y las imágenes de Associated Press mostraron a los empresarios situados incluso delante de integrantes del gabinete.
Thiel no aparece identificado en esa primera fila, como podía desprenderse de la exposición de Petro, pero sí organizó encuentros privados para figuras tecnológicas y aliados de Vance durante las celebraciones previas.
La precisión cambia el detalle, no la escena: los propietarios de plataformas globales recibieron una posición ceremonial equivalente a la de una nueva aristocracia política.
Tampoco forman un bloque ideológico perfectamente uniforme. Zuckerberg, Pichai, Bezos, Musk y Thiel tienen intereses y trayectorias distintas. Agruparlos bajo una sola doctrina oscurece esas diferencias.
Lo que sí comparten es una posición material: controlan redes sociales, servicios de nube, comercio digital, sistemas de inteligencia artificial o infraestructura aeroespacial de la que dependen gobiernos y ciudadanos. Pueden discrepar sobre el tipo de régimen deseable y coincidir en la exigencia de menos controles públicos sobre sus empresas.
Alrededor de esa convergencia ha surgido una constelación de ideas.
Marc Andreessen publicó un manifiesto que presenta al mercado y a la tecnología como motores suficientes de abundancia. Balaji Srinivasan ha propuesto construir “Estados red” nacidos de comunidades digitales capaces de adquirir territorio y reconocimiento diplomático. Curtis Yarvin ha defendido sustituir la democracia por un gobierno semejante a una corporación conducida por un director ejecutivo.
No todos mantienen la misma relación con Trump ni suscriben cada una de esas tesis. Pero comparten una impaciencia con los tiempos de la deliberación pública, las regulaciones y los límites que la democracia impone al poder privado.
Petro llama a ese universo “intelectuales de la oscuridad”. La etiqueta es suya. Las ideas antidemocráticas, en el caso de Thiel y Yarvin, constan por escrito.
Los 40 millones de Epstein
Durante la conferencia, Petro también mencionó los 40 millones de dólares que Jeffrey Epstein colocó en fondos vinculados con Thiel.
El dato tiene una base documental, pero su formulación exige contexto.
Epstein invirtió esa cantidad en 2015 y 2016 en fondos administrados por Valar Ventures, firma cofundada por Thiel. La inversión no financió la creación de PayPal ni el nacimiento de Palantir, empresas constituidas muchos años antes. Una carta del Comité de Finanzas del Senado estadounidense recoge la operación y señala que el valor de esos fondos aumentó posteriormente.
También existen correos que muestran contacto entre Epstein y Thiel. Eso permite documentar una relación financiera y social. No demuestra, por sí solo, participación de Thiel en los delitos sexuales de Epstein.
La diferencia es esencial. El dinero puede ser noticia sin que la asociación se convierta automáticamente en imputación penal.
Petro añadió que el padre o el abuelo de Thiel habría sido nazi. No presentó prueba. Las biografías públicas consultadas identifican a su padre como un ingeniero químico alemán, pero no acreditan esa militancia. La afirmación no debe trasladarse al lector como un hecho verificado.
Ese momento exhibe el principal problema de la conferencia: Petro posee una poderosa intuición para conectar economía, tecnología y política, pero en ocasiones acumula asociaciones con mayor velocidad de la que permite la evidencia.
La parte demostrable de su advertencia
La concentración tecnológica que describe no depende de aceptar toda su teoría.
La Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo calcula que 100 empresas concentraron 40% de la investigación y desarrollo empresarial en inteligencia artificial durante 2022. Ninguna, salvo las radicadas en China, pertenece a países en desarrollo. Estados Unidos posee más de la mitad de la capacidad mundial de cómputo, según el Informe sobre Tecnología e Innovación 2025 de la UNCTAD.
Esta es la traducción concreta de “los dueños de la matemática”: propiedad sobre centros de datos, chips, modelos, patentes, nubes informáticas y plataformas desde las cuales se distribuye el conocimiento.
Petro también acierta al preguntar quién recibirá las ganancias de productividad.
Un análisis del Fondo Monetario Internacional advierte que la inteligencia artificial puede elevar los rendimientos del capital y ampliar la desigualdad patrimonial, aunque también podría aumentar ingresos y productividad si sus beneficios se distribuyen. La tecnología no contiene una política social incorporada; su resultado depende de la propiedad y de las reglas que decidan los Estados. El estudio puede consultarse en el FMI.
Donde Petro convierte un riesgo en destino inevitable, la evidencia es más cautelosa.
La Organización Internacional del Trabajo estima que uno de cada cuatro trabajadores desempeña una ocupación expuesta de alguna manera a la inteligencia artificial generativa, pero sostiene que la mayoría de los empleos será transformada, no eliminada. El desenlace dependerá de cómo se introduzca la tecnología y de la participación de los trabajadores en ese proceso, de acuerdo con su actualización mundial de 2025.
No existe una ley económica demostrada que conduzca automáticamente de la automatización al fascismo. Entre ambos puntos hay salarios, sindicatos, impuestos, propiedad intelectual, servicios públicos, legislación antimonopolio y decisiones electorales.
Eso no vuelve irrelevante la advertencia. Impide presentarla como profecía.
La energía oculta del algoritmo
Petro conectó finalmente este poder digital con la crisis climática. La inteligencia artificial suele presentarse como un espacio inmaterial, pero detrás de cada modelo existen servidores, redes eléctricas, sistemas de enfriamiento, agua y minerales.
La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo eléctrico de los centros de datos podría superar los 945 teravatios-hora en 2030, más del doble que en 2024. Los centros optimizados para inteligencia artificial serían el principal factor de ese aumento. La misma agencia aclara que la IA también puede reducir emisiones mediante redes más eficientes y acelerar innovaciones energéticas. El balance no está decidido de antemano: dependerá de la fuente de electricidad y del uso de la tecnología.
Petro plantea dos caminos para las ganancias de productividad. En uno, producen más mercancías, mayor consumo energético y riqueza concentrada. En el otro, permiten trabajar menos horas sin perder ingresos y convierten la productividad en tiempo libre remunerado.
Ese es probablemente el punto más fértil de la conferencia. La disputa decisiva no sería entre humanos y máquinas, sino entre distintos propietarios posibles del beneficio producido por las máquinas.
México como destinatario político
La conferencia ocurrió durante el primer viaje internacional de Petro después de abandonar la Presidencia de Colombia y de que su proyecto político perdiera la sucesión. El nuevo libro que presentó será publicado por el Fondo de Cultura Económica. Las entradas para la exposición se agotaron poco después de abrirse el registro, según la información de la UNAM.
México no fue únicamente el escenario.
Petro dijo que el proceso mexicano se encuentra en mejores condiciones que el colombiano porque ha logrado continuidad electoral. Su conferencia funcionó como advertencia dirigida al bloque gobernante: ganar elecciones no basta si los gobiernos progresistas no entienden quién controla la infraestructura digital donde se forman opiniones, se administran datos y se organiza la producción.
Después cruzó otra frontera delicada. Atribuyó parte de la derrota de su candidato en Colombia a granjas de bots y a una supuesta manipulación algorítmica del escrutinio. Ofreció cifras y señaló empresas extranjeras, pero no presentó durante la conferencia una auditoría electoral ni documentación que permitiera verificar esas acusaciones. Deben considerarse afirmaciones políticas pendientes de prueba.
Ese exceso importa porque el argumento de Petro pretende defender la democracia. Una crítica democrática de los algoritmos también tiene que someter sus propias acusaciones al método de la evidencia.
La conferencia completa transmitida por TV UNAM dejó, así, dos discursos superpuestos. Uno identifica con lucidez la concentración de riqueza, información e infraestructura tecnológica. El otro convierte conexiones reales en una explicación casi total de elecciones, guerras y crisis contemporáneas.
Peter Thiel no controla por sí solo el mundo. Pero su trayectoria demuestra que un empresario puede financiar políticos, cuestionar abiertamente la democracia y vender al Estado la arquitectura con la que ese Estado observa a la población.
La pregunta pendiente no es si los algoritmos llegarán al poder. Ya están dentro de sus oficinas.
La pregunta es quién podrá auditarlos cuando cierren la puerta.



