La inteligencia artificial ya encontró territorio en Querétaro. La pregunta incómoda es si el estado exigirá a la economía digital convertirse en parte de la solución hídrica o si permitirá que crezca sobre acuíferos en déficit, fugas históricas y una ciudadanía cada vez más desconfiada del agua que recibe.
Por Rodrigo Vissuet
Querétaro, Qro.
Querétaro quiere ser una de las capitales tecnológicas de América Latina. El discurso seduce: inteligencia artificial, nube, nearshoring, inversión extranjera, empleos especializados, infraestructura digital, futuro. Pero debajo de esa narrativa de modernidad hay una pregunta que no cabe en los renders corporativos ni en los comunicados de inversión:
¿Puede una ciudad con estrés hídrico convertirse en potencia digital sin hacer del agua el centro de su modelo de desarrollo?
No es una pregunta contra la tecnología. Es una pregunta a favor del territorio.
Porque la nube no vive en el cielo. Vive en edificios de concreto, servidores, fibra óptica, subestaciones eléctricas, plantas de respaldo, sistemas de enfriamiento, permisos, suelo urbanizado y comunidades que muchas veces solo ven pasar la inversión sin saber exactamente qué gana el lugar donde se instala.
Querétaro ya no es un jugador menor en este mapa. CBRE reportó que el inventario de centros de datos en el estado creció 450.2% anual en el primer trimestre de 2026, hasta llegar a 298.2 megawatts, lo que convirtió a Querétaro en el mercado de data centers de más rápido crecimiento en América Latina. La misma firma identifica a la entidad como un punto estratégico por su ubicación industrial, su conectividad y su cercanía con rutas de fibra hacia Norteamérica.
La cifra por sí sola debería provocar una conversación pública de alto nivel. No de miedo. No de simplificación. No de “los data centers nos van a dejar sin agua” como consigna fácil. Pero tampoco de ingenuidad tecnológica.
La conversación seria tendría que empezar con una verdad incómoda: los data centers no inventaron la crisis hídrica de Querétaro, pero sí llegaron a un territorio que ya estaba en crisis.
De los 11 acuíferos del estado, siete tienen disponibilidad media anual negativa. El Valle de Querétaro registra un déficit de -65.56 hm³ anuales, el Valle de San Juan del Río de -56.89 hm³, Amazcala de -22.16 hm³, Buenavista de -13.87 hm³, Tequisquiapan de -5.14 hm³, Tolimán de -4.93 hm³ y Huimilpan de -4.53 hm³. Dicho sin maquillaje técnico: en buena parte del estado se extrae más agua subterránea de la que el sistema puede reponer.
Ahí está el verdadero conflicto. La inteligencia artificial llega a Querétaro no sobre una hoja en blanco, sino sobre una cuenca presionada, una metrópoli en expansión, un modelo inmobiliario que impermeabiliza suelo, una industria que demanda servicios, una red con pérdidas elevadas y una ciudadanía que ya aprendió que tener toma de agua no siempre significa tener seguridad hídrica.
Según la ENCIG 2025 del INEGI, en las zonas urbanas queretanas de más de 100 mil habitantes, 92.2% de la población reporta que el agua potable proviene de la red pública, pero solo 65.7% dice recibir suministro constante y apenas 28.7% considera que el agua es bebible sin temor a enfermarse. La cobertura existe. La confianza no necesariamente.
Y mientras el debate público se concentra en nuevas fuentes de abastecimiento, hay un dato que debería ser políticamente intolerable: en 2025, el vocal ejecutivo de la CEA informó que en Querétaro se pierde cerca del 40% del agua potablepor fugas, clandestinaje o mala medición. Es decir, antes de discutir si la economía digital “va a consumir demasiada agua”, el estado tiene que responder por qué una parte enorme del agua que ya tiene se pierde en el camino.
La llegada de los data centers pone un espejo frente al modelo queretano. Y ese espejo no solo refleja servidores: refleja prioridades.
Amazon Web Services abrió en 2025 su región México Central y afirmó que esta infraestructura incorpora diseño sustentable con tecnología de enfriamiento por aire que elimina la necesidad de agua de enfriamiento en operación. También anunció una inversión superior a 5 mil millones de dólares en México durante 15 años.
CloudHQ, por su parte, anunció una inversión de 4,800 millones de dólares para construir seis centros de datos en Querétaro; Reuters reportó que el proyecto contempla un sistema de enfriamiento sin agua.
Esas promesas importan. No deben minimizarse. Si los nuevos centros de datos realmente operan con sistemas de enfriamiento sin consumo directo de agua, eso representa una diferencia enorme frente a modelos evaporativos tradicionales. Pero también sería irresponsable quedarse en el titular cómodo de “sin agua”.
Porque la huella hídrica de la inteligencia artificial no termina en la llave del sistema de enfriamiento. También puede estar en la generación eléctrica que alimenta los servidores, en la construcción, en la cadena de suministro, en el concreto, en la ocupación de suelo, en la presión sobre redes urbanas, en los picos de demanda energética y en la infraestructura pública que debe expandirse para sostenerlos. Reportes recientes sobre la industria advierten que muchas evaluaciones corporativas se concentran en el uso directo de agua, mientras el consumo indirecto asociado a electricidad y cadenas de suministro puede quedar subestimado.
Ese es el punto político de fondo: Querétaro no necesita una guerra cultural contra los data centers. Necesita una nueva regla de convivencia entre tecnología y territorio.
La pregunta no debería ser solamente: “¿cuánta agua consumen?”. La pregunta completa tendría que ser: ¿cuánta agua ayudan a recuperar, ahorrar, medir, transparentar o regenerar en el lugar donde operan?
Un centro de datos que promete no usar agua para enfriamiento podría ir más lejos. Podría financiar detección inteligente de fugas. Podría invertir en captación pluvial urbana. Podría pagar infraestructura de reúso. Podría contribuir a restaurar zonas de recarga. Podría publicar reportes locales de huella hídrica y energética auditados por terceros. Podría comprometerse a no usar agua potable donde pueda usarse agua tratada. Podría ayudar a que Querétaro no solo sea sede de la inteligencia artificial, sino laboratorio mundial de inteligencia hídrica.
Ese sería el salto sofisticado. No pedirle a la tecnología que se vaya, sino exigirle que se comporte a la altura del territorio que la recibe.
El propio gobierno estatal reconoce la urgencia. El Sistema Batán plantea regenerar y reutilizar mil 800 litros por segundo de agua previamente tratada para suministrar a la Zona Metropolitana de Querétaro, reducir la extracción de pozos profundos e incrementar el saneamiento. En su diagnóstico, el proyecto advierte que la demanda de agua en la zona metropolitana supera la oferta disponible y calcula un déficit de al menos 0.21 m³/s para 2026.
Pero ni Batán, ni los data centers “waterless”, ni las campañas de ahorro doméstico serán suficientes si Querétaro no cambia la lógica completa: pasar de una política de abastecimiento a una política de metabolismo hídrico.
Eso significa medir todo. Reparar fugas. Captar lluvia. Reusar agua. Infiltrar donde hoy se expulsa. Proteger zonas de recarga. Rediseñar parques industriales. Exigir techos captadores en nuevas naves. Crear estacionamientos permeables. Regular desarrollos inmobiliarios por impacto hídrico real. Obligar a que los grandes consumidores publiquen su huella local. Y construir un pacto donde cada nueva inversión estratégica tenga una contraprestación hídrica verificable.
Porque la economía digital puede ser parte de la solución, pero no por decreto publicitario. Solo lo será si se le exige más que inversión: responsabilidad territorial.
La provocación es clara: si Querétaro va a hospedar la nube, la nube tiene que ayudar a cuidar la lluvia.
La ciudad que presume inteligencia artificial no puede seguir perdiendo agua por fugas invisibles. El estado que aspira a ser hub tecnológico no puede seguir urbanizando zonas de recarga como si el suelo fuera infinito. La región que vende futuro no puede construirlo sobre acuíferos en deuda.
Querétaro no tiene que elegir entre agua o tecnología. Pero sí tiene que elegir entre dos modelos: uno donde la tecnología llega, se instala, consume infraestructura y se protege con discursos de sostenibilidad; y otro donde cada megaproyecto se convierte en una obligación pública de regenerar el territorio.
El futuro digital no puede ser una excepción al estrés hídrico. Debe ser una prueba de madurez institucional.
Porque la nube no cae del cielo.
La nube se construye.
Y en Querétaro, cada cosa que se construye debe responder una pregunta antes de presumirse como progreso:
¿Devuelve agua o solo ocupa futuro?
Ten invito a leer mi articulo anterior sobre la Crisis Hídrica dando click aquí