Por: Redacción de LYPmultimedios
Ciudad de México, 13 de julio de 2026.— La disputa política no ocurre únicamente en el Congreso, las conferencias de prensa o las redes sociales. También se libra en plazas, auditorios, mercados y comunidades, donde cada fuerza intenta explicar el país desde su propia narrativa.
Morena reportó la realización de 211 Asambleas Informativas en Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional durante el sábado 11 y domingo 12 de julio, como parte de una estrategia de movilización y comunicación directa con militantes, simpatizantes y ciudadanía.
La dirigencia partidista presentó los encuentros como una respuesta a la desinformación, a los cuestionamientos contra el gobierno de Claudia Sheinbaum y a lo que identifica como una ofensiva política y mediática de sectores conservadores nacionales e internacionales.
Más allá del discurso oficial, la jornada revela algo central: Morena busca conservar la capacidad territorial que le permitió pasar de movimiento opositor a partido dominante y utilizarla ahora para defender el ejercicio del poder.
De la conferencia de prensa a la plaza pública
Las asambleas forman parte de una jornada iniciada en junio y proyectada hasta agosto. Durante el primer fin de semana se reportaron 54 reuniones en 31 estados; la meta anunciada por la dirigencia es alcanzar alrededor de 2 mil 600 encuentros en todo el país.
Este fin de semana se documentaron actos en distintas regiones. La presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes, encabezó encuentros en Taxco e Iguala, Guerrero; también se reportaron reuniones en Centla, Tabasco; Zitácuaro, Michoacán; Juchitepec, Estado de México, y municipios de Colima, entre otros puntos.
El formato recupera una práctica histórica del obradorismo: llevar el mensaje directamente al territorio, organizar desde lo local y evitar que la comunicación política dependa exclusivamente de los grandes medios.
Morena nació precisamente de recorridos, brigadas, comités y reuniones comunitarias. El reto actual es distinto: ya no se trata solamente de convencer a la ciudadanía de que otro gobierno es posible, sino de justificar las decisiones de un partido que controla buena parte del poder nacional.
¿Qué significa realmente “combatir la desinformación”?
El comunicado señala que las asambleas buscan enfrentar “la lucha mediática” contra la transformación. La dirigencia ha sostenido que existen narrativas articuladas por la derecha y la ultraderecha internacional para debilitar al movimiento y al gobierno de Claudia Sheinbaum.
Esa es una postura política legítima, pero también necesita precisión.
Combatir la desinformación implica identificar afirmaciones falsas, presentar pruebas, explicar datos y permitir que la ciudadanía contraste versiones. No debería significar descalificar automáticamente como “mentira”, “derecha” o “conservadurismo” cualquier crítica al gobierno.
En democracia, una información falsa debe ser refutada. Una investigación periodística debe ser respondida con documentos. Una acusación debe enfrentarse con evidencia. Y una diferencia política no puede confundirse, por sí sola, con una campaña de desinformación.
La fortaleza de las asambleas dependerá entonces de su contenido: si funcionan como espacios de explicación y diálogo, pueden ayudar a que la población comprenda decisiones públicas complejas. Si solamente repiten consignas y dividen el debate entre aliados y enemigos, terminarán reforzando la misma polarización que dicen combatir.
La soberanía como gran paraguas político
Morena colocó la defensa de la soberanía nacional en el centro de su narrativa.
El partido convocó a respaldar el legado del expresidente Andrés Manuel López Obrador y la continuidad encabezada por Claudia Sheinbaum frente a lo que identifica como presiones, campañas e intereses provenientes del exterior.
La soberanía es un concepto poderoso porque permite reunir distintos temas bajo una misma idea: independencia energética, decisiones económicas, relación con Estados Unidos, control territorial, seguridad nacional y rechazo a cualquier intervención extranjera.
Pero también corre el riesgo de convertirse en una palabra tan amplia que sirva para evitar preguntas incómodas.
Defender la soberanía no debería impedir discutir la violencia, la corrupción, la transparencia, los resultados gubernamentales ni la actuación de funcionarios. Un país soberano también necesita instituciones capaces de rendir cuentas a su propia ciudadanía.
La defensa nacional puede unir frente a presiones externas; no puede convertirse en una excusa para cerrar el debate interno.
Organización partidista y construcción electoral
La lectura política de las 211 asambleas va más allá de su contenido informativo.
Cada reunión permite actualizar contactos, reunir liderazgos locales, identificar simpatizantes, activar comités y medir la capacidad de convocatoria en municipios y distritos. En otras palabras, también fortalece la maquinaria territorial de Morena.
Esto ocurre mientras el partido avanza en sus definiciones internas rumbo a los procesos electorales de 2027, con aspirantes que ya realizan recorridos y buscan posicionarse en distintas entidades. Morena inició en junio su proceso de selección, acompañado por filtros, encuestas y reglas para sus aspirantes.
Las asambleas nacionales no fueron anunciadas formalmente como actos de precampaña. Sin embargo, su coincidencia con la competencia interna crea un terreno donde dirigentes, legisladores y perfiles políticos pueden ganar visibilidad, fortalecer estructuras y relacionarse con las bases.
La disputa de fondo es quién controla el territorio, quién puede movilizarlo y qué liderazgo logra presentarse como el representante más fiel de la transformación.
Para Morena, conservar la unidad será tan importante como combatir a la oposición. Un partido dominante puede debilitarse no solo por sus adversarios, sino por las disputas entre sus propios grupos.
Partido y gobierno: una frontera que debe ser visible
Morena tiene derecho a organizar reuniones, difundir su programa y defender públicamente sus posiciones. Esa es una función legítima de cualquier partido político.
Pero cuando una fuerza gobierna la Presidencia, la mayoría legislativa y numerosas entidades, la separación entre partido, gobierno y recursos públicos debe ser especialmente clara.
La Constitución obliga a las personas servidoras públicas a utilizar los recursos bajo su responsabilidad con imparcialidad, sin influir en la equidad política. El Instituto Nacional Electoral también ha emitido criterios para impedir la intervención indebida de funcionarios, operadores de programas sociales o recursos institucionales en actividades partidistas y electorales.
Esto significa que la asistencia de una persona funcionaria a una asamblea no constituye automáticamente una irregularidad. Lo relevante es conocer en qué horario participa, qué recursos utiliza, si se moviliza personal gubernamental y si existe presión sobre beneficiarios de programas públicos.
Las asambleas deben financiarse y operar como actividades partidistas. Los apoyos sociales, dependencias y estructuras gubernamentales no pueden convertirse en instrumentos de afiliación, movilización o respaldo político.
Defender la transformación también implica respetar las reglas que separan al Estado del partido que temporalmente lo gobierna.
Mucha actividad, pocos indicadores públicos
El comunicado de Morena informó la cifra de 211 asambleas, pero no presentó un balance posterior con el número total de asistentes, municipios efectivamente cubiertos, temas discutidos, preguntas ciudadanas o acuerdos alcanzados.
Tampoco se detalló cuántas personas acudieron como militantes, cuántas como simpatizantes y cuántas como ciudadanía sin afiliación.
Algunas coberturas locales muestran diferencias importantes. En Zitácuaro se reportó una concentración superior a mil personas; en Centla no se informaron cifras de asistencia ni acuerdos concretos, mientras publicaciones sobre otras sedes únicamente confirmaron la realización del acto.
Para evaluar la estrategia no basta con sumar reuniones. También se requiere conocer su alcance, diversidad, capacidad de diálogo y resultados.
El dato verdaderamente relevante no será cuántas sillas se colocaron, sino cuántas voces pudieron hablar; no cuántos discursos se pronunciaron, sino qué información se verificó; no cuántas fotografías circularon, sino qué organización quedó después de que se desmontó el templete.
El reto de Morena: seguir siendo movimiento mientras ejerce el poder
Morena intenta preservar una identidad compleja: presentarse simultáneamente como gobierno, partido y movimiento popular.
Esa fórmula explica parte de su fuerza. Le permite administrar instituciones sin abandonar el lenguaje de la movilización, reivindicar los logros gubernamentales mientras convoca a defenderlos desde las calles y mantener una estructura política activa incluso fuera de los periodos electorales.
Pero también produce contradicciones.
Un movimiento puede denunciar al poder. Un partido en el gobierno debe responder por él. Ya no basta con señalar a las élites, los medios o la derecha: Morena también tiene que explicar sus decisiones, reconocer errores y aceptar que la rendición de cuentas no equivale a traición.
Las 211 asambleas muestran que el partido conserva capacidad de convocatoria y una estrategia nacional de territorio. El examen democrático será comprobar si esas reuniones sirven para escuchar a la ciudadanía o únicamente para pedirle que respalde una narrativa previamente construida.
Porque la transformación no se defiende solamente repitiendo sus logros. También se defiende permitiendo que el pueblo cuestione, confronte y exija a quienes hoy gobiernan en su nombre.