Ocho horas, 200 dólares el boleto y ningún teléfono en la sala
Por: Rodrigo Vissuet
San Juan del Río, 30 de agosto de 2026.— Entre el 15 de septiembre y el 6 de octubre de 2025, en el Commonwealth Club de San Francisco, Peter Thiel dictó cuatro conferencias de dos horas cada una sobre teología cristiana. Los boletos costaban 200 dólares y se agotaron. Los asistentes debían dejar sus teléfonos. El contenido era, por acuerdo expreso, confidencial.
Alguien grabó de todos modos. The Washington Post y The Guardian obtuvieron las ocho horas de audio, y un especialista forense de la Universidad de Berkeley verificó que no estaban manipuladas.
Lo que contienen es la pieza que faltaba para entender las tres entregas anteriores de esta serie.
La tesis central
En su conferencia inaugural, Thiel planteó una inversión histórica de la figura del Anticristo:
«En los siglos XVII y XVIII, el Anticristo habría sido un Dr. Strangelove, un científico que hacía toda esa ciencia loca y malvada. En el siglo XXI, el Anticristo es un ludita que quiere detener toda la ciencia. Es alguien como Greta o Eliezer.«
Se refería a la activista climática Greta Thunberg y a Eliezer Yudkowsky, investigador que advierte sobre los riesgos de la inteligencia artificial. A ambos, y a quienes comparten sus posiciones, los llamó «legionarios del Anticristo».
El mecanismo que describe es específico. El Anticristo del siglo XXI no llegaría con violencia, sino con una promesa de seguridad: instrumentalizaría el temor al cambio climático, a la guerra nuclear y a la inteligencia artificial para justificar la consolidación de poder y la formación de un Estado mundial único.
Thiel lo formuló después ante The New York Times con una frase que conviene leer completa: «La forma en que el Anticristo tomaría el mundo es: hablas del Armagedón sin parar. Hablas del riesgo existencial sin parar.»
En sus conferencias, sostuvo que ese gobierno mundial ya está emergiendo, y ofreció como evidencia elementos que a primera vista parecen menores: las regulaciones financieras internacionales, una ley alemana contra el discurso de odio en línea, y la existencia de la Corte Penal Internacional. Todo ello, argumentó, prepara el terreno.
El detalle que revela el giro
Hay un dato biográfico en las grabaciones que ilumina más que cualquier análisis: Thiel financió durante años el trabajo de Eliezer Yudkowsky, el investigador que ahora identifica como figura anticrística.
En la conferencia del 15 de septiembre dijo sentirse avergonzado de esa asociación y afirmó que Yudkowsky y otros como él se han vuelto «trastornados».
No es un cambio de opinión menor. Es el mismo hombre, la misma preocupación —los riesgos de la tecnología avanzada—, reclasificada de causa que merece financiamiento a señal del fin de los tiempos.
La objeción vino de la Iglesia
Aquí conviene hacer una distinción que este medio no va a omitir: las críticas más severas a estas conferencias no provinieron de ateos, activistas ni adversarios políticos. Provinieron de católicos, y de los más autorizados.
Cuando Thiel llevó las conferencias a Roma en marzo de 2026 —tras haberlas presentado también en París—, encontró un recibimiento gélido.
Paolo Benanti, sacerdote franciscano que ha asesorado a dos papados en materia de ética tecnológica e inteligencia artificial, publicó un ensayo con una caracterización precisa: «Thiel es, ante todo, un teólogo político que opera en el corazón mismo del ecosistema de Silicon Valley.» Y describió sus tesis como una «radicalización» de valores occidentales: la individualidad, el progreso tecnológico y el espíritu de competencia.
El diario Avvenire, propiedad de la Conferencia Episcopal Italiana, fue más directo. Bajo el titular de que «Peter Thiel no cree que la humanidad pueda ser redimida», sostuvo que su visión favorece sustituir la democracia y el Estado de derecho por una élite —usó el término «superplutocracia»— que vigilaría y protegería a la humanidad de la llegada del Anticristo.
Y ofreció la lectura que resume el problema entero: en la descripción de Thiel, el Anticristo termina siendo «cualquiera que ponga límites al progreso ilimitado».
Políticos italianos calificaron sus ideas de escandalosas.
Por qué esa definición es el verdadero contenido político
Ahí está el mecanismo, y no requiere interpretación forzada.
Si el Anticristo es quien propone límites a la tecnología, entonces toda regulación se convierte en algo más que un error de política pública: se convierte en una ofensa teológica.
Un funcionario que exige transparencia algorítmica deja de ser un regulador con el que se puede discutir y pasa a ser un legionario. Una madre que pide límites al tiempo de pantalla de sus hijos no está haciendo una demanda de salud pública: está, sin saberlo, colaborando con el fin de los tiempos.
Es una operación retórica que no busca ganar el debate sobre regulación. Busca clausurarlo, porque contra un colaborador del Anticristo no se argumenta.
Y hay una simetría que se sostiene sola. Thiel dice que la señal del Anticristo es alguien que «habla del riesgo existencial sin parar». Él lleva un año dando conferencias sobre el Anticristo en San Francisco, París y Roma, advirtiendo sin parar sobre un riesgo existencial: el gobierno mundial. Por su propio criterio, el discurso se aplica a sí mismo.
La paradoja que recorre toda la serie
En la primera entrega documentamos que Thiel escribió en 2009 que la libertad y la democracia son incompatibles, y que había que escapar de la política.
En la segunda, que su empresa construyó ImmigrationOS, el sistema que gestiona el «ciclo de vida migratorio de la identificación a la expulsión», integrando pasaportes, registros fiscales, lectores de placas y bases de datos federales, con puntajes de confianza sobre el domicilio de cada persona.
En la tercera, que su doctrina económica sostiene que el objetivo de toda empresa es el monopolio: una posición donde nadie puede competir.
Ahora sostiene que el peligro supremo es un Estado mundial único que use el miedo para vigilar y controlar a todos.
Ese Estado necesitaría, para existir, exactamente la infraestructura que su empresa vende. Necesitaría integrar bases de datos dispersas, jerarquizar poblaciones y rastrear personas en tiempo real. Palantir hace las tres cosas, y las hace mejor que nadie: por eso el gobierno estadounidense la declaró «la única fuente» capaz de entregarlo.
Thiel advierte contra la herramienta que fabrica.
Podría responderse que precisamente por eso conviene que esa tecnología esté en manos de quien teme el abuso, y no de quien lo desea. Es un argumento coherente. También es, exactamente, el argumento que cualquier constructor de aparatos de vigilancia ha ofrecido siempre.
Por qué esto se lee distinto desde México
Este debate no es una excentricidad californiana. Toca, de forma directa, dos discusiones abiertas en México en este momento.
La primera: el gobierno federal presentará antes del inicio del ciclo escolar una propuesta de regulación del uso de plataformas digitales entre menores de edad, construida con foros regionales, pediatras, docentes y especialistas. En esas mesas se ha planteado elevar la edad mínima para abrir cuentas en redes sociales y obligar a las plataformas a modificar diseños que producen uso compulsivo.
La segunda: los Lineamientos sobre Derechos de las Audiencias, que estuvieron en consulta pública hasta el 21 de agosto y que obligarían a los concesionarios de radio y televisión a separar información de publicidad y garantizar el derecho de réplica.
Bajo el marco que Thiel expone en sus conferencias, quienes impulsan ambas medidas no estarían equivocados ni serían discutibles. Estarían del lado del Anticristo.
Esa es la razón por la que una serie de conferencias privadas sobre escatología cristiana, dictadas a 200 dólares el boleto en San Francisco, merece cobertura en Querétaro: porque describe el marco moral con el que un sector del poder tecnológico global va a responder a cualquier país que intente regularlo.
Lo que queda
Thiel ha declarado que no cree que el Anticristo haya llegado todavía. Sus conferencias continúan.
Lo que sí llegó, y está documentado, es un vocabulario: el que convierte la discusión sobre los límites de la tecnología en una batalla entre la salvación y la condena. Un vocabulario en el que no hay reguladores, funcionarios ni ciudadanos preocupados. Solo legionarios.
En la próxima entrega: La red. Cómo un blog marginal sobre monarquía corporativa se convirtió en corriente de pensamiento con influencia en la Casa Blanca, y qué papel jugó el dinero de Founders Fund en ese trayecto.



