Por: Rodrigo Vissuet
Ciudad de México, 12 de julio de 2026.— Durante décadas, la derecha conservadora logró una operación política de alto impacto: convencer a millones de personas de que hablar de Dios, familia, fe y valores era casi automáticamente hablar desde la derecha.
James Talarico está intentando romper esa ecuación.
El político texano, integrante del Partido Demócrata, exmaestro de secundaria y seminarista presbiteriano, se ha convertido en una figura incómoda para el conservadurismo religioso de Estados Unidos porque disputa el territorio donde la derecha se sentía dueña absoluta: el lenguaje cristiano.
Pero su irrupción no consiste en copiar la estrategia religiosa de la derecha. No aparece como un predicador contra derechos, ni como un candidato que promete convertir al Estado en púlpito. Su propuesta es otra: usar el cristianismo como lenguaje moral para hablar de justicia social, desigualdad, corrupción, migración, derechos, democracia y poder popular.
La pregunta que abre Talarico es enorme: ¿qué pasaría si las izquierdas volvieran a disputar la fe, no para imponer religión, sino para recuperar un lenguaje moral que conecte con millones de personas creyentes?
Quién es James Talarico
James Talarico nació en Texas, fue maestro de secundaria y llegó a la Cámara de Representantes estatal en 2018. Su propia campaña lo presenta como texano de octava generación, exdocente y seminarista presbiteriano. Esa combinación —maestro, político y cristiano progresista— le permite hablar desde tres registros que suelen tener potencia emocional: la escuela, la comunidad y la fe.
Antes de construir una carrera nacional, Talarico ya tenía un perfil local asociado a educación pública, derechos civiles y crítica a los grandes donantes que, según él, capturan la política texana. Su campaña al Senado sostiene que busca llevar a Washington una pelea contra la corrupción y recuperar poder para la clase trabajadora.
Pero lo que lo convirtió en fenómeno no fue solo su agenda. Fue la forma.
Talarico habla como político, pero también como alguien que conoce el ritmo del sermón. Puede hablar de multimillonarios, gerrymandering, escuelas públicas o derechos reproductivos usando una estructura moral reconocible para millones de creyentes: el deber de amar al prójimo, proteger al vulnerable y enfrentar a los poderes que convierten la fe en instrumento de dominación.
Su novedad no está en decir que es cristiano. Está en decir que precisamente por ser cristiano no puede aceptar una política que abandona a pobres, migrantes, mujeres, estudiantes o trabajadores.
El cristianismo como contraataque a la derecha religiosa
En Estados Unidos, la derecha religiosa ha construido durante décadas una alianza poderosa entre conservadurismo cultural, Partido Republicano, guerra contra derechos reproductivos, rechazo a la diversidad sexual, defensa de armas, nacionalismo y discursos de “valores familiares”.
Talarico entra por la puerta contraria.
En su plataforma, acusa a figuras republicanas como John Cornyn y Ken Paxton de apropiarse de las palabras “libertad, familia y fe”, mientras impulsan políticas que —desde su lectura— controlan cuerpos, censuran libros, niegan licencias familiares pagadas, encarecen cuidados infantiles y usan la religión para dañar a otros.
Ese giro es estratégico.
La izquierda estadounidense suele responder a la derecha religiosa desde el secularismo: “la religión debe quedar fuera de la política”. Talarico no abandona esa defensa de la separación Iglesia-Estado, pero añade otra capa: “ustedes no representan el cristianismo; lo están deformando”.
No le dice a la derecha religiosa “no hables de Dios”. Le dice: “no uses a Dios para justificar privilegios, odio o autoritarismo”.
Ese movimiento cambia el tablero.
Porque no deja a los votantes creyentes ante una falsa elección entre fe conservadora y progresismo secular. Les ofrece una tercera posibilidad: ser creyentes y defender derechos; ser cristianos y votar por redistribución; hablar de familia y apoyar cuidados; hablar de libertad y rechazar la censura; hablar de fe y defender a migrantes.
El mensaje económico: no izquierda contra derecha, sino arriba contra abajo
Uno de los elementos más potentes de Talarico es su forma de traducir la lucha de clases al lenguaje moral estadounidense.
En su sitio de campaña, afirma que la mayor división del país no es izquierda contra derecha, sino “arriba contra abajo”: los multimillonarios quieren que la ciudadanía se mire entre sí como enemiga para no mirar hacia quienes concentran poder y riqueza.
La frase tiene fuerza porque desplaza el pleito cultural hacia la economía política.
No abandona la agenda de derechos, pero la conecta con corrupción, dinero privado, captura institucional, impuestos, salud, educación y costos de vida. Su plataforma anticorrupción propone medidas como prohibir super PACs y PACs corporativos, terminar con el gerrymandering partidista, limitar el comercio de acciones por congresistas y ampliar controles éticos en el poder.
Ahí está el corazón de su fórmula:
Cristianismo sin nacionalismo.
Populismo sin xenofobia.
Fe sin teocracia.
Derechos sin lenguaje elitista.
Clase trabajadora sin abandonar diversidad.
Anticorrupción sin tecnocracia fría.
Talarico intenta hacer algo que muchas izquierdas han olvidado: convertir la política pública en una historia moral sencilla.
No basta con decir “reforma fiscal progresiva”. Hay que decir quién se beneficia, quién paga, quién fue abandonado y por qué eso es injusto.
Por qué funciona en la era de la desconfianza
El ascenso de Talarico ocurre en un momento de fatiga democrática.
En Estados Unidos, la polarización, la crisis de representación, la desconfianza hacia élites políticas y el poder de los algoritmos han producido una ciudadanía más cínica, más enojada y más desconfiada.
Por eso su perfil llama la atención.
No aparece como un tecnócrata que promete administrar mejor lo mismo. Tampoco como un político que reduce la izquierda a lenguaje universitario o identitario. Habla de corrupción, riqueza extrema, escuelas, salud, familia, frontera, libertad religiosa y derechos con una narrativa que busca sonar comprensible para personas que no necesariamente se definen como progresistas.
Medios estadounidenses han señalado que su aparición en espacios no tradicionales, incluido el podcast de Joe Rogan, amplificó su figura ante audiencias que no suelen consumir comunicación demócrata convencional.
Su fuerza no viene solo de hablarle a los convencidos. Viene de intentar cruzar la frontera cultural donde muchas izquierdas dejaron de hacer campaña.
Ese es un dato clave para México y América Latina.
México: una izquierda laica en un país profundamente creyente
México es constitucionalmente laico, pero culturalmente religioso.
El Censo 2020 registró casi 98 millones de personas católicas y más de 14 millones de protestantes o cristianas evangélicas; también creció la población sin religión, especialmente entre jóvenes, pero la identidad cristiana sigue teniendo un peso enorme en la vida social.
La izquierda mexicana ha tenido una relación compleja con la religión. Por un lado, viene de tradiciones liberales, laicas y anticlericales que fueron fundamentales para separar al Estado de la Iglesia. Por otro, su base popular es mayoritariamente creyente, guadalupana, comunitaria, sincrética y atravesada por símbolos religiosos.
Andrés Manuel López Obrador entendió ese terreno mejor que muchos políticos de izquierda. Se identificó públicamente como cristiano, usó símbolos como la Virgen de Guadalupe y disputó la relación con las bases católicas sin subordinarse a la jerarquía eclesiástica. El País lo describió como una estrategia de cercanía con votantes católicos y distancia frente al episcopado.
Ahí está una diferencia importante: López Obrador construyó un cristianismo popular, nacional, moral y comunitario. Talarico está construyendo una versión más explícitamente teológica, progresista y antinacionalista.
México ya conoce una izquierda que habla con símbolos religiosos. Lo que Talarico muestra es cómo convertir esa dimensión moral en una defensa explícita de derechos, democracia y justicia social frente a la derecha religiosa.
El riesgo mexicano: confundir lenguaje moral con confesionalismo
Para México, la lección de Talarico no puede ser “religionizar” la política.
Eso sería un error enorme.
La laicidad mexicana no es un capricho académico: es una conquista histórica frente al poder clerical, las guerras religiosas, la tutela moral de las iglesias y el riesgo de convertir derechos civiles en permisos religiosos.
La lección es más fina.
Las izquierdas mexicanas pueden recuperar un lenguaje moral capaz de hablar de prójimo, comunidad, dignidad, compasión, justicia, cuidado, pobreza, migración y territorio sin convertir al Estado en iglesia ni legislar desde dogmas.
No se trata de meter a Dios al gobierno. Se trata de dejar de regalarle a la derecha el vocabulario de la bondad, la familia y los valores.
La derecha suele presentarse como defensora de la familia, aunque vote contra cuidados, licencias, salud pública o salarios dignos.
La izquierda podría responder: familia también es guardería pública, vivienda, tiempo para cuidar, seguridad alimentaria, transporte, escuelas, salud mental, pensión, agua y trabajo digno.
Ese es el tipo de traducción que Talarico hace en Estados Unidos.
Y esa traducción podría ser muy poderosa en México.
América Latina: el campo religioso que la izquierda dejó disputar sola
En América Latina, el tema es todavía más profundo.
La región vive una transformación religiosa acelerada: el catolicismo sigue siendo mayoritario, pero ha perdido terreno; crecen las personas sin afiliación y en varios países las iglesias evangélicas mantienen un peso político cada vez mayor. Una encuesta de Pew citada por AP encontró caídas importantes del catolicismo en países como Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, mientras aumentan los no afiliados; aun así, la región sigue siendo ampliamente religiosa en creencias y prácticas.
La derecha entendió antes que muchas izquierdas que las iglesias evangélicas y pentecostales no son solo espacios de fe: son redes de comunidad, contención, ayuda, identidad, liderazgo barrial, comunicación emocional y movilización política.
Brasil lo mostró con claridad. La influencia del fundamentalismo cristiano de derecha fue clave en el bolsonarismo, y documentales recientes han analizado cómo sectores evangélicos ayudaron a construir una política de guerra cultural, anticomunismo, orden moral y nostalgia autoritaria.
Centroamérica también muestra el ascenso de poderes evangélicos conservadores, con impacto en derechos reproductivos, diversidad sexual, educación y política institucional. El caso de Costa Rica ha sido leído como parte de una “marea evangélica” regional que desplaza viejas formas de influencia católica y conecta con la nueva derecha internacional.
El problema de muchas izquierdas latinoamericanas no fue defender la laicidad. Fue confundir laicidad con silencio moral ante comunidades creyentes.
Ese vacío lo ocupó la derecha.
La memoria latinoamericana: teología de la liberación
La paradoja es que América Latina no necesita importar de Estados Unidos la idea de una fe progresista.
Ya la tuvo. La produjo. La exportó.
La teología de la liberación nació en América Latina en el siglo XX como una lectura cristiana de la pobreza, la opresión, la injusticia estructural y la opción preferencial por los pobres. Sus figuras —Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino, entre otros— construyeron una de las tradiciones más potentes de cristianismo social en el mundo.
Talarico no inventa eso.
Pero lo actualiza en clave digital, electoral, estadounidense y antinacionalista.
La gran ironía es que un demócrata texano podría recordarle a América Latina algo que América Latina le enseñó al mundo: que la fe también puede estar del lado de los pobres, no de los poderosos.
Esa memoria puede volver a ser políticamente útil.
No para convertir a partidos de izquierda en iglesias.
Sino para reconstruir puentes con mayorías populares que no separan su vida material de su vida espiritual.
La estrategia para las izquierdas del mundo
El fenómeno Talarico puede significar una estrategia discursiva y política para las izquierdas si se entiende en cinco claves.
La primera: disputar el lenguaje moral.
La izquierda suele tener mejores diagnósticos estructurales, pero peores relatos emocionales. Habla de desigualdad, precarización, financiarización, extractivismo o neoliberalismo. Todo eso importa. Pero millones de personas entienden antes una frase moral que una categoría académica.
Talarico dice: amar al prójimo implica cuidar al migrante, financiar escuelas, defender salud, frenar corrupción y proteger derechos.
Esa traducción es poderosa.
La segunda: separar fe de autoritarismo.
La derecha nacionalista ha usado religión para justificar exclusión, censura, misoginia, homofobia y concentración de poder. Talarico responde que eso no es fe, sino adoración del poder con lenguaje religioso.
Ese marco permite hablarle a creyentes que sienten incomodidad frente al extremismo, pero que tampoco se reconocen en una izquierda que desprecia su espiritualidad.
La tercera: reconstruir comunidad.
Las izquierdas globales enfrentan un problema de organización. Perdieron sindicatos, comités territoriales, círculos comunitarios y redes de cuidado. Muchas iglesias, en cambio, sí mantuvieron comunidad semanal, liderazgos locales, acompañamiento y pertenencia.
No se trata de convertir partidos en templos. Se trata de aprender que la política necesita ritual, presencia, escucha, cuidado y continuidad.
La cuarta: vincular derechos con vida cotidiana.
Una izquierda que defiende derechos reproductivos, diversidad sexual o migración debe poder explicarlos no solo como agenda legal, sino como expresión de dignidad humana, amor al prójimo y libertad frente al poder del Estado.
Talarico no abandona derechos para hablar de fe. Usa la fe para defender derechos.
La quinta: hacer anticorrupción con contenido popular.
Su crítica a multimillonarios, PACs corporativos, manipulación electoral y captura del Estado conecta con un enojo transversal. La corrupción deja de ser solo delito administrativo y se vuelve pecado político contra la comunidad.
La izquierda necesita menos superioridad moral abstracta y más lenguaje moral encarnado en salarios, cuidados, vivienda, escuelas, salud, democracia y comunidad.
Los riesgos: no todo lo religioso es progresista
El fenómeno Talarico también tiene límites.
El primero es la exclusión.
Si una izquierda habla demasiado desde códigos cristianos, puede dejar fuera a personas ateas, agnósticas, musulmanas, judías, indígenas, afroespirituales o simplemente no religiosas.
Por eso el modelo solo funciona si su cristianismo es inclusivo, no identitario. Es decir: si usa la fe como fuente ética personal, no como requisito de pertenencia política.
El segundo riesgo es la instrumentalización.
Cuando la política usa religión solo como táctica electoral, la ciudadanía lo detecta. Talarico funciona precisamente porque su fe parece biográfica, no decorativa: viene de familia religiosa, de formación teológica, de iglesia y de una narrativa personal consistente.
El tercer riesgo es la reacción conservadora.
La derecha religiosa no va a ceder el monopolio moral sin atacar. En Texas, figuras republicanas ya han respondido con descalificaciones personales y acusaciones religiosas contra Talarico, mientras él crece como candidato competitivo.
El cuarto riesgo es que el discurso supere a la organización.
Hablar bonito de justicia no reemplaza estructura territorial, alianzas, programa, cuadros, financiamiento limpio y capacidad de gobierno.
Talarico puede abrir una puerta discursiva. Pero ninguna izquierda gana solo con sermones progresistas. Necesita organización.
Qué podría aprender Morena y la izquierda mexicana
Para Morena, el fenómeno Talarico puede ser especialmente interesante.
La 4T ya utiliza una moral política basada en pueblo, pobres, honestidad, austeridad, comunidad y justicia. Pero a veces ese lenguaje se vuelve consigna repetida. Talarico muestra cómo actualizar la dimensión moral sin perder conflicto de clase ni agenda de derechos.
La izquierda mexicana podría aprender tres cosas.
Primero: hablar de valores sin sonar conservadora.
Valores no son solo obediencia, castigo o tradición. También son solidaridad, cuidado, honestidad, justicia, igualdad y amor al prójimo.
Segundo: hablarle a creyentes sin entregar la laicidad.
México puede defender Estado laico y al mismo tiempo reconocer que millones de personas procesan la política desde categorías morales y espirituales.
Tercero: disputar a la derecha la palabra “familia”.
La familia no se defiende negando derechos. Se defiende con salarios, vivienda, agua, salud, cuidados, escuelas, transporte seguro, licencias parentales y protección contra la violencia.
La izquierda mexicana tiene una oportunidad: dejar de permitir que la derecha use “valores” como sinónimo de castigo.
Qué podría aprender América Latina
En América Latina, la lección es más urgente.
Las derechas cristianas han sabido construir poder desde abajo: templos, barrios, radios, redes sociales, pastores, liderazgos comunitarios, grupos de mujeres, jóvenes y familias.
Las izquierdas, en cambio, muchas veces respondieron con desprecio cultural, pensando que la religión desaparecería con educación o modernización. No ocurrió. La religión cambió, se fragmentó, migró de instituciones tradicionales a iglesias más flexibles, emocionales y territoriales.
Talarico muestra que la izquierda puede hablar con comunidades creyentes sin renunciar a derechos ni convertirse en conservadora.
Pero debe hacerlo con respeto.
No basta con visitar iglesias en campaña.
No basta con citar a Jesús una vez.
No basta con decir “primero los pobres” si después se gobierna para élites.
No basta con defender derechos en tribunales si no se explican en barrios, familias y comunidades.
La batalla cultural no se gana burlándose de la fe popular. Se gana demostrando que justicia social, cuidado comunitario y dignidad humana pueden hablar también en lenguaje espiritual.
Una izquierda menos fría
El fenómeno Talarico revela una debilidad de la izquierda global: demasiadas veces se volvió correcta, técnica, jurídica, universitaria, institucional, pero emocionalmente fría.
La derecha entendió que la política también es pertenencia.
Prometió familia, patria, Dios, orden, comunidad, identidad.
Aunque muchas veces lo hizo para defender privilegios, excluir minorías o movilizar miedo.
Talarico intenta responder con otra gramática: fe sin odio, familia sin control, libertad sin censura, comunidad sin nacionalismo, cristianismo sin supremacía.
Si la derecha convirtió la religión en arma cultural, la izquierda puede convertir la espiritualidad popular en lenguaje de cuidado, justicia y comunidad.
Esa es la disputa.
La pregunta global
James Talarico no garantiza una nueva era para la izquierda. Puede ganar o perder. Puede crecer o diluirse. Puede convertirse en figura nacional o quedar como fenómeno texano.
Pero su irrupción ya deja una enseñanza.
Las izquierdas del siglo XXI no solo necesitan mejores programas. Necesitan mejores lenguajes para explicar por qué esos programas son moralmente necesarios.
La desigualdad no es solo ineficiencia: es injusticia.
La corrupción no es solo ilegalidad: es traición comunitaria.
La migración no es solo frontera: es humanidad.
La salud no es solo gasto: es cuidado.
La educación no es solo presupuesto: es futuro.
La democracia no es solo procedimiento: es pacto moral.
La familia no es solo consigna: es red de protección material y afectiva.
Ese es el territorio donde Talarico está irrumpiendo.
Y ese es el territorio que muchas izquierdas podrían volver a disputar.
Porque quizá la pregunta no sea si la izquierda debe hablar de religión.
La pregunta es si puede volver a hablar de esperanza sin que le dé vergüenza.