¿Puede un gobierno entregar buenos resultados económicos y, aun así, perder el respaldo de las urnas? La primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, celebrada el 4 de octubre de 2026, sugiere que sí. Contra lo que anticipaban las encuestas, el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado por intento de golpe de Estado, obtuvo cerca del 47% de los votos válidos, frente al 45% del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. La segunda vuelta se celebrará el 25 de octubre y, por primera vez en esta contienda, es el mandatario quien debe remontar.
Un balance difícil de discutir
Los resultados de la gestión son sólidos. El desempleo descendió al 5.1% al cierre de 2025, el nivel más bajo desde que existe registro. En julio de ese año, Naciones Unidas retiró nuevamente a Brasil del mapa del hambre, al que había regresado en 2021. Desde enero de 2026, quienes perciben hasta cinco mil reales mensuales quedaron exentos del impuesto sobre la renta, y el salario mínimo recuperó una política de aumentos por encima de la inflación. En el frente externo, el gobierno respondió con firmeza a los aranceles del 50% impuestos por Washington.
El propio presidente daba por descontado el efecto electoral de ese balance. «Estaba convencido de que iba a ganar las elecciones en primera vuelta», admitió al conocer los resultados. La declaración revela algo más que sorpresa: expresa la convicción, extendida en buena parte de la izquierda latinoamericana, de que el bienestar material se traduce de manera casi automática en lealtad política.
Los límites del argumento económico
Esa convicción es la que hoy está en entredicho. Joseph Stiglitz ha insistido durante años en que los promedios macroeconómicos dicen poco sobre la vida concreta de las personas, y Brasil lo confirma: el empleo crece, pero más de un tercio de los trabajadores permanece en la informalidad, mientras que la inseguridad pública ocupó un lugar central en la campaña.
A ello se suma el desgaste de un liderazgo que busca un cuarto mandato a punto de cumplir 81 años. Meses antes de la elección, más de la mitad de los brasileños consideraba que el presidente no merecía ser reelegido.
Su adversario supo interpretar ese ánimo. «Es el fin de la era del PT», afirmó Flávio Bolsonaro la noche de la elección. Su oferta no consistió en mejores indicadores, sino en un cambio de ciclo.
Antonio Gramsci advertía que el poder se disputa primero en el terreno del sentido común, es decir, en aquello que una sociedad considera normal y deseable. Y en ese terreno, la izquierda brasileña ha cedido posiciones.
El Partido Liberal será la primera fuerza del próximo Congreso y, hasta ahora, ninguno de los candidatos eliminados ha respaldado al presidente: Ronaldo Caiado anunció su apoyo a Bolsonaro, Romeu Zema reiteró su oposición al PT y Augusto Cury, tercer lugar, optó por la neutralidad.
El voto evangélico como factor decisivo
Ningún sector ilustra mejor esa disputa que el electorado evangélico. Representa ya más de una cuarta parte de la población y se distingue por una cohesión que no tiene ningún otro grupo: en 2022, dos de cada tres evangélicos votaron por Jair Bolsonaro y, a finales de septiembre, la encuestadora AtlasIntel atribuía a su hijo el 63% de las preferencias en ese segmento, frente al 21% de Lula.
La paradoja es evidente. Una parte considerable de esos votantes pertenece a los sectores populares, precisamente los más favorecidos por el empleo, el salario mínimo y los programas sociales. Su voto, sin embargo, responde a otras prioridades: la familia, el orden, la seguridad y el sentido de comunidad que ofrecen las iglesias.
Responde también a la percepción de que el progresismo los observa con desdén, percepción que se reforzó en febrero, cuando una escuela de samba que rendía homenaje al presidente satirizó a los conservadores religiosos durante el carnaval.
El gobierno ha intentado acercarse. Lula recibió a líderes evangélicos en el Palacio Presidencial y su partido creó un centro de estudios sobre religión, sin que la brecha se haya reducido.
De ahí que este electorado pueda definir la elección. La ventaja de Bolsonaro en la primera vuelta fue de alrededor de 2.2 millones de votos. Según un cálculo propio, bastaría con que Lula recuperara entre tres y cuatro puntos porcentuales entre los evangélicos para anularla.
El precedente existe: a mitad de año, cuando el caso Banco Master alcanzó al senador, su ventaja en ese segmento se redujo de manera visible. El obstáculo es el tiempo, pues restan menos de tres semanas de campaña.
Una advertencia para México
El desenlace de las elecciones presidenciales de Brasil importa a México por dos razones.
La primera es geopolítica: una derrota de Lula dejaría al gobierno de Claudia Sheinbaum prácticamente aislado como proyecto progresista entre las grandes economías de la región, en el momento en que más necesita interlocutores frente a Washington.
La segunda es interna y, a mi juicio, más relevante. También aquí se ha asumido que los programas sociales y el aumento del salario mínimo garantizan la fidelidad del electorado.
La experiencia brasileña demuestra que la gratitud no equivale a la adhesión y que la seguridad y las convicciones morales pesan tanto como el ingreso.
En México, la población evangélica supera ya el 11% y continúa en aumento.
Conviene, por ello, observar con atención lo que ocurra el 25 de octubre.




