El Presidente Gustavo Petro durante su conferencia magistral en cdmx

El Cristo que la izquierda abandonó: Petro, Talarico y la batalla contra el tecnofascismo

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En dos intervenciones en México, Gustavo Petro enlazó la desigualdad, el neoliberalismo, la crisis climática, la derrota electoral del progresismo y el poder de los algoritmos. Pero debajo de su extensa arquitectura histórica existe una disputa todavía más profunda: quién hablará de fe, dignidad y esperanza en una época en la que la derecha convirtió el cristianismo en instrumento del poder.

Por Rodrigo Vissuet

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Hay una escena que resume una parte de la crisis de la izquierda contemporánea.

De un lado están quienes hablan de Dios, familia, libertad y patria mientras defienden deportaciones masivas, fronteras militarizadas, combustibles fósiles, multimillonarios tecnológicos y gobiernos dispuestos a vigilar a poblaciones enteras.

Del otro se encuentran fuerzas progresistas que defienden a migrantes, trabajadores, mujeres, minorías y comunidades empobrecidas, pero que con frecuencia renunciaron a explicar esa defensa mediante el lenguaje moral y espiritual que millones de personas emplean para comprender el mundo.

La derecha se apropió del púlpito. La izquierda respondió con estadísticas.

Y mientras una ofrecía identidad, pertenencia y una batalla cósmica entre el bien y el mal, la otra entregaba gráficas sobre distribución del ingreso. Podía tener mejores razones, pero había dejado de contar una historia capaz de tocar el corazón humano.

Gustavo Petro parece haber entendido el problema.

Durante dos apariciones recientes en la Ciudad de México —primero ante el XXX Seminario Internacional Los Partidos y una Nueva Sociedad y después en la Feria Internacional del Libro del Zócalo—, el expresidente colombiano habló de economía, narcotráfico, elecciones, cambio climático, revolución, inteligencia artificial, Hugo Chávez y neoliberalismo.

A primera vista, parece una acumulación excesiva de asuntos. Petro piensa en voz alta, salta entre siglos y mezcla historia, economía política, filosofía y memoria personal. No siempre entrega un discurso ordenado; entrega algo más parecido a un mapa dibujado mientras se avanza sobre el territorio.

Pero detrás de todas esas bifurcaciones aparece una sola pregunta:

¿Puede la humanidad conservar la vida, la democracia y la libertad cuando el dinero, la tecnología y el poder político comienzan a concentrarse en las mismas manos?

Esa pregunta no es únicamente económica. Es profundamente religiosa.

La religión que nunca dejó de gobernarnos

El neoliberalismo se presentó como una doctrina económica racional, técnica e inevitable. Su lenguaje hablaba de eficiencia, competencia, libertad de mercado y responsabilidad individual. Parecía haber expulsado de la política toda consideración moral.

En realidad, construyó su propia religión.

Su divinidad fue el mercado. Su mandamiento principal consistió en maximizar el beneficio individual. Sus sacerdotes fueron los economistas que prometieron que, si cada persona perseguía su utilidad particular sin demasiadas interferencias públicas, la sociedad alcanzaría espontáneamente el mayor bienestar posible.

Petro recupera el teorema de Léon Walras para explicar esa promesa: la suma de las maximizaciones individuales produciría el bienestar colectivo. Cada persona buscando su ganancia terminaría, casi milagrosamente, beneficiando al conjunto.

El problema es que la historia latinoamericana cuenta otra cosa.

Nuestra desigualdad no nació de una mala decisión presupuestaria ni de una coyuntura desfavorable. Es la sedimentación de siglos de esclavitud, colonialismo, concentración de la tierra, racismo y exclusión. Pedirle al mercado que corrija espontáneamente esa historia equivale a pedirle al incendio que distribuya justamente el calor.

La gran operación cultural del neoliberalismo consistió en convertir relaciones políticas en fenómenos naturales. La riqueza extrema dejó de presentarse como resultado de instituciones, herencias, monopolios o apropiación del trabajo ajeno. Se convirtió en premio al mérito. La pobreza dejó de entenderse como producto de una organización social. Se volvió una falla personal.

En esa religión, quien triunfa es elegido. Quien queda atrás debe culparse a sí mismo.

Petro plantea que esa promesa llegó a su límite. El libre mercado no universalizó la prosperidad; produjo sociedades capaces de generar una riqueza extraordinaria mientras millones de personas continúan viviendo sin seguridad, vivienda, salud, agua o futuro.

Pero el neoliberalismo no desapareció. Está mutando.

Del dios mercado al dios algoritmo

En su conferencia anterior en la UNAM, Petro describió a los propietarios de la infraestructura tecnológica como “los dueños del número”. Su idea era sencilla y poderosa: quien controla los datos, la capacidad computacional, las plataformas y los modelos matemáticos posee una nueva forma de soberanía.

En Los dueños del número, LYPmultimedios examinó esa advertencia a partir de Peter Thiel y Palantir. La empresa integra información utilizada por gobiernos, corporaciones, fuerzas militares y agencias migratorias. No gobierna formalmente, pero construye una parte de la arquitectura mediante la cual los gobiernos observan, clasifican y actúan sobre las personas.

Ese desplazamiento es decisivo.

La antigua élite industrial poseía fábricas, bancos, minas y ferrocarriles. La nueva oligarquía tecnológica posee además los sistemas que determinan qué vemos, qué conversación alcanza visibilidad, qué comportamiento resulta sospechoso, qué persona será localizada y qué versión de la realidad aparecerá primero en una pantalla.

No se trata de que el algoritmo piense por sí mismo. Detrás existen propietarios, contratos, programadores, gobiernos y decisiones humanas. El problema comienza cuando esa cadena se vuelve invisible y la clasificación producida por una empresa adquiere apariencia de verdad neutral.

El prejuicio humano puede discutirse. El prejuicio convertido en puntuación informática suele presentarse como ciencia.

Petro llama a esta convergencia tecnofascismo: la unión del poder económico, la vigilancia digital, el autoritarismo político y la manipulación de las emociones colectivas.

El término puede parecer desmesurado hasta que observamos el ecosistema que lo inspira.

Peter Thiel escribió que había dejado de creer que libertad y democracia fueran compatibles. Su empresa participa en sistemas utilizados para operaciones militares, policiales y migratorias. Su dinero ayudó a construir carreras políticas, entre ellas la de JD Vance. Y su pensamiento se relaciona con una corriente que considera la deliberación democrática demasiado lenta para las necesidades del capital y la tecnología.

La contradicción se vuelve todavía más inquietante cuando entra la religión.

En una serie de conferencias sobre el Anticristo, Thiel presentó a quienes buscan limitar el desarrollo tecnológico como posibles instrumentos de una tiranía mundial. La regulación, la preocupación climática y el miedo a una tecnología fuera de control aparecen así dentro de una narración apocalíptica.

LYPmultimedios documentó esa inversión teológica: el empresario vinculado con una de las infraestructuras privadas de vigilancia más poderosas teme que el mundo sea sometido mediante el miedo y el control centralizado.

La tecnología deja de ser una actividad humana sujeta a discusión pública. Se vuelve destino. Quien pide límites ya no es un ciudadano con argumentos: es un enemigo del progreso.

Ahí el neoliberalismo completa su transformación religiosa. Primero declaró sagrado al mercado. Después elevó el desarrollo tecnológico a la categoría de providencia.

Petro y Talarico: dos maneras de recuperar a Cristo

La respuesta progresista no puede limitarse a denunciar que la derecha usa hipócritamente la religión. Necesita disputar el significado de las palabras que esa derecha capturó.

Eso es precisamente lo que James Talarico está haciendo en Estados Unidos.

Talarico es demócrata, exmaestro y seminarista presbiteriano. Habla de Jesucristo sin convertir el Estado en Iglesia. Defiende la separación entre ambos, pero rechaza la idea de que la derecha republicana tenga la propiedad exclusiva de las palabras fe, familia y libertad.

En el artículo que publicamos sobre su proyecto político, señalamos que su mayor aportación consiste en traducir derechos sociales y libertades civiles al lenguaje de la dignidad humana, el cuidado y el amor al prójimo.

Talarico no sostiene que una persona deba ser progresista porque así lo ordena Dios. Su argumento es más democrático: quienes utilizan el nombre de Cristo para justificar crueldad, exclusión y desigualdad no pueden reclamar que representan de manera indiscutible al cristianismo.

Petro llega a un punto semejante desde otra ruta.

Su Cristo no es el emblema imperial del gobernante, ni la consigna que bendice al hombre fuerte. Es una figura de liberación humana situada junto a quienes carecen de poder.

Cuando cuestiona que la extrema derecha invoque a “Cristo Rey”, Petro no está discutiendo únicamente sobre teología. Está preguntando qué clase de reino puede construirse mediante la persecución del pobre, la humillación del migrante, la veneración del dinero y la destrucción de la naturaleza.

Talarico habla desde el seminario. Petro, desde la historia latinoamericana de rebeliones, comunidades cristianas, sacerdotes populares, pueblos indígenas, movimientos obreros y víctimas que aprendieron a rezar sin dejar de luchar.

Los dos identifican la misma usurpación: la derecha tomó una tradición nacida entre personas perseguidas y la convirtió en decoración ideológica del poder.

Recuperar a Cristo no significa imponer una doctrina religiosa a la sociedad. Significa recordar que la política también es una disputa por la compasión, la esperanza, el sentido y la idea de humanidad.

La izquierda no necesita convertirse en confesional. Necesita dejar de comportarse como si la dimensión espiritual del pueblo fuera una superstición vergonzosa que debe entregarse sin resistencia a sus adversarios.

La revolución que decidió dejar las armas

Petro puede hablar de revolución sin romantizar demasiado la guerra porque su biografía atraviesa esa contradicción.

Perteneció al Movimiento 19 de Abril, una organización nacida después de un fraude electoral y que terminó comprendiendo que la guerra podía degradar aquello que pretendía liberar.

La conclusión que Petro extrae de esa experiencia es notable: en determinado momento, la paz fue más revolucionaria que las armas.

No se trataba de abandonar la transformación, sino de cambiar su instrumento. Sustituir la victoria militar por la expansión democrática. Cambiar el fusil por el voto sin aceptar que votar fuera el final del proceso.

Esa diferencia importa ahora que ciertas izquierdas confunden radicalidad con nostalgia.

En el seminario internacional organizado por el Partido del Trabajo, Petro incomodó a representantes del chavismo al cuestionar la relación de Venezuela con el petróleo y con Estados Unidos. El intercambio terminó entre gritos.

Su frase más importante no fue la provocación sobre el crudo. Fue otra: “De la nostalgia no se vive”.

La afirmación contiene una crítica necesaria a la izquierda latinoamericana.

Hugo Chávez pertenece ya a la historia continental. Su desafío al orden oligárquico, su política social y su intento de integración regional modificaron la conversación de toda una época. Pero convertirlo en estampita equivale a traicionarlo.

No puede repetirse 1999 en un mundo de inteligencia artificial, crisis climática, redes digitales, automatización industrial y nuevas formas de imperialismo tecnológico.

Una revolución que únicamente reproduce símbolos del pasado deja de ser revolución. Se convierte en liturgia.

Petro propone leer a Chávez históricamente, no imitarlo mecánicamente. Reconocer lo que abrió y comprender también los límites de un progresismo financiado por rentas petroleras.

La izquierda fósil y la contradicción climática

Este es uno de los puntos más difíciles de su pensamiento.

La primera oleada progresista latinoamericana amplió derechos y redujo carencias utilizando, en gran medida, los ingresos producidos por petróleo, gas, carbón, minerales y materias primas. Redistribuyó una parte de la renta, pero no siempre transformó la estructura que la generaba.

El modelo permitió financiar programas sociales. También reforzó la dependencia extractiva.

Petro sostiene que no puede existir un socialismo del siglo XXI sostenido exclusivamente sobre rentas. Una economía basada en la extracción de petróleo puede repartir mejor sus ingresos, pero continúa dependiendo de una mercancía cuya combustión amenaza las condiciones climáticas que hacen posible la vida humana.

Esa contradicción no puede resolverse con un discurso moral contra el consumo individual.

No es la persona que usa un automóvil para llegar a su trabajo quien diseñó ciudades sin transporte público. No es una familia que cocina con gas la responsable de que durante décadas los Estados no construyeran sistemas energéticos alternativos. No es el pobre quien controla las petroleras, los bancos o los mercados internacionales.

La transición energética debe ser social o se convertirá en otro castigo de clase.

Petro insiste en relacionar economía política y crisis climática porque comprende que el calentamiento global no es simplemente un problema de emisiones. Es una disputa sobre quién posee la energía, quién decide qué se produce, quién recibe la riqueza y quién carga con los daños.

El tecnofascismo aparece aquí como solución autoritaria a una contradicción que el mercado no puede resolver: una economía obligada a crecer indefinidamente dentro de un planeta físicamente limitado.

Si la crisis climática provoca migraciones, escasez y conflictos, la respuesta puede consistir en redistribuir poder y transformar el modelo productivo. O puede consistir en levantar muros, desplegar vigilancia y decidir tecnológicamente qué vidas merecen protección.

Esa segunda posibilidad ya está siendo construida.

La economía para la vida

Petro no propone regresar a una economía precapitalista ni limitarse a repartir subsidios. En sus intervenciones reivindica la industrialización, el conocimiento científico, la producción, el trabajo y la soberanía tecnológica.

Su discusión sobre Colombia parte de una pregunta distinta a la ortodoxia: no solamente cuánto creció la economía, sino qué actividades crecieron, quién trabaja en ellas, qué tecnología producen y quién controla sus resultados.

Una economía progresista no puede depender eternamente de vender materias primas e importar conocimiento. Tampoco puede aceptar que los datos de su población, las infraestructuras digitales y la inteligencia artificial pertenezcan exclusivamente a corporaciones extranjeras.

Por eso adquiere relevancia su intento de construir capacidad pública de cómputo y conservar bajo control colombiano los datos y la infraestructura tecnológica. El proyecto no prosperó como esperaba, pero la intuición permanece: en este siglo, un país que carezca de soberanía digital puede conservar bandera, himno y fronteras mientras entrega una parte decisiva de su capacidad de decisión.

La pregunta sobre la inteligencia artificial no debe ser si estamos a favor o en contra de las máquinas. Esa formulación favorece a quienes ya son propietarios de ellas.

La verdadera pregunta es quién será dueño de la productividad que produzcan.

Si una máquina permite fabricar en una hora lo que antes exigía diez, existen dos caminos. Puede despedirse a nueve personas y concentrar la ganancia en el propietario. O puede reducirse la jornada, conservar el ingreso, repartir el beneficio y convertir la productividad en tiempo humano liberado.

En el primer escenario, la tecnología produce desempleo, miedo y autoritarismo.

En el segundo, produce libertad.

La máquina es la misma. La diferencia se llama política.

Las elecciones no bastan, pero sin ellas tampoco

Petro interpreta las derrotas recientes del progresismo latinoamericano como resultado de una maquinaria integrada por miedo, mentira, algoritmos y poder económico. Sus señalamientos sobre procesos electorales concretos pertenecen a una controversia que deberá resolverse mediante evidencia e instituciones.

Pero reducir su argumento a esa disputa sería perder lo esencial.

Las elecciones contemporáneas ya no se celebran únicamente en plazas, calles, periódicos y estaciones de televisión. Se desarrollan dentro de plataformas privadas cuyos sistemas deciden qué mensaje se multiplica, cuál permanece invisible y qué emoción mantendrá durante más tiempo a una persona frente a la pantalla.

La democracia utiliza una infraestructura que no controla.

Eso no significa que cada derrota progresista pueda atribuirse al algoritmo. También existen gobiernos que decepcionan, burocracias que se alejan del pueblo, errores políticos, corrupción, inseguridad y promesas incumplidas.

El algoritmo no inventa todas las inconformidades. Aprende a explotarlas.

Por eso la respuesta no puede ser construir una maquinaria progresista de manipulación idéntica a la de la derecha. Una granja de cuentas falsas no se convierte en democrática porque difunda mensajes de izquierda.

La respuesta tiene que ser más ambiciosa: regulación de plataformas, transparencia algorítmica, medios públicos independientes, educación digital, protección de datos y organización ciudadana capaz de volver a conversar fuera de los circuitos automatizados del enojo.

La democracia no sobrevivirá si deja la formación de la voluntad popular en manos de empresas cuyo negocio depende de que la sociedad permanezca irritada, fragmentada y conectada.

Humanismo o barbarie

Petro ha propuesto reemplazar la vieja división entre progresismo y conservadurismo por otra más urgente: humanismo o barbarie.

No significa que las categorías de izquierda y derecha hayan desaparecido. Significa que el poder contemporáneo está acercándose a una frontera donde la pregunta ya no será únicamente cómo se distribuye la riqueza, sino qué vidas podrán continuar.

La barbarie no llegará necesariamente vestida con uniforme militar. Puede presentarse mediante una plataforma eficiente, una frontera automatizada, un centro de datos, una campaña viral y un empresario que promete salvar a la civilización de sus propias instituciones democráticas.

También puede sostener una Biblia.

La batalla política de nuestro tiempo se disputa simultáneamente en el salario, la urna, la atmósfera, la pantalla y la conciencia.

Ahí coinciden Petro y Talarico.

Uno habla desde la experiencia latinoamericana de la insurgencia, el gobierno y la derrota electoral. El otro, desde una iglesia texana y una tradición cristiana progresista. Ambos recuerdan que la fe no pertenece naturalmente a la derecha y que defender la dignidad humana no es un asunto exclusivamente administrativo.

Una izquierda que aspire a sobrevivir necesita conocimiento económico, organización territorial, ciencia climática y soberanía tecnológica. Pero también necesita aprender nuevamente a hablar de amor, familia, comunidad, sacrificio, esperanza y redención sin sentir que está traicionando el laicismo.

El Estado debe permanecer laico. La sociedad nunca ha sido espiritualmente neutra.

No se trata de convertir a Cristo en candidato ni de responder a un fundamentalismo con otro. Se trata de impedir que su nombre sea utilizado para bendecir todo aquello que su historia representa menos: la riqueza convertida en superioridad moral, el extranjero tratado como amenaza, el poder confundido con virtud y la crueldad presentada como orden.

Si Cristo regresara al mundo que hemos construido, difícilmente ocuparía la primera fila junto a los dueños del algoritmo.

Estaría con la persona perseguida por una base de datos migratoria. Con el trabajador sustituido sin recibir parte de la riqueza que produjo la máquina. Con la comunidad que pierde el agua ante un centro de datos. Con la familia expulsada por una catástrofe climática. Con el niño debajo de las bombas. Con quienes todavía creen que la paz puede ser más revolucionaria que la guerra.

Quizá esa sea la idea más importante detrás de las extensas conferencias de Petro:

La revolución del siglo XXI no consistirá en conquistar el mundo para una doctrina. Consistirá en impedir que el dinero, el petróleo y el algoritmo terminen por volver inhabitable el único mundo que tenemos.

Y esa lucha, antes que tecnológica o electoral, será una lucha por decidir qué significa todavía ser humanos.

Autor

  • Rodrigo Vissuet

    Rodrigo Vissuet es fundador y director de LYPmultimedios. Además de dirigir el medio, firma buena parte de la cobertura política de Querétaro y encabeza «La Ruta del Agua», la serie de investigación sobre la crisis hídrica de la región. Con más 15 años en los medios y formación en Producción/Comunicación / Periodismo/Marketing/Ciencia de Datos, apuesta por un periodismo local que fiscaliza al poder y pone los temas de fondo sobre la mesa: el agua, el Congreso y las decisiones que moldean el Bajío. hoy su visión esta en la integración norteamericana con bienestar para esta región del planeta.

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Sobre el autorDirección · PolíticaRodrigo Vissuet

Rodrigo Vissuet es fundador y director de LYPmultimedios. Además de dirigir el medio, firma buena parte de la cobertura política de Querétaro y encabeza «La Ruta del Agua», la serie de investigación sobre la crisis hídrica de la región. Con más 15 años en los medios y formación en Producción/Comunicación / Periodismo/Marketing/Ciencia de Datos, apuesta por un periodismo local que fiscaliza al poder y pone los temas de fondo sobre la mesa: el agua, el Congreso y las decisiones que moldean el Bajío. hoy su visión esta en la integración norteamericana con bienestar para esta región del planeta.

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