Por Mariano Camarena
Hay personas que pueden soportar meses de incomodidad con tal de evitar cinco minutos de incomodidad con alguien más.
Dicen que sí cuando quieren decir que no. Aceptan compromisos que no quieren. Contestan mensajes aunque estén agotadas. Resuelven problemas que no les corresponden. Cambian sus planes para no decepcionar a alguien y, muchas veces, terminan priorizando las necesidades de los demás antes que las propias.
Hasta que un día intentan poner un límite.
“No puedo ayudarte esta vez.”
“Hoy prefiero no ir.”
“Esto que estás haciendo me está lastimando.”
“No quiero seguir teniendo esta conversación.”
Y aunque probablemente llevaban mucho tiempo necesitando decirlo, después aparece algo inesperado: culpa.
“¿Habré sido demasiado duro?”
“¿Estará enojado conmigo?”
“Tal vez exageré.”
“¿Y si estoy siendo egoísta?”
Entonces ocurre algo curioso: ponemos un límite y después sentimos la necesidad de correr a deshacerlo.
La culpa no siempre significa que hiciste algo malo
Estamos acostumbrados a interpretar la culpa como una especie de alarma moral. Si me siento culpable, pensamos, probablemente hice algo incorrecto.
Pero sentir culpa y haber hecho algo malo no son necesariamente lo mismo.
A veces la culpa aparece simplemente porque estamos haciendo algo diferente a lo que hemos hecho durante muchos años.
Si aprendiste que ser una buena pareja significa ceder constantemente, poner un límite puede hacerte sentir egoísta.
Si aprendiste que ser un buen hijo significa estar siempre disponible para tu familia, decir “hoy no puedo” puede hacerte sentir una mala persona.
Si en el trabajo has acostumbrado a todos a que contestas mensajes a cualquier hora, dejar de hacerlo puede hacerte sentir irresponsable.
No necesariamente porque estés actuando mal, sino porque estás rompiendo una dinámica conocida.
Y romper una dinámica conocida incomoda.
El problema es que los demás también se acostumbran
Cuando durante mucho tiempo estamos disponibles para todo, no solamente nosotros nos acostumbramos a funcionar de esa manera. Las personas que nos rodean también pueden acostumbrarse.
Por eso, cuando empezamos a poner límites, es posible que aparezcan respuestas como:
“Antes no eras así.”
“Últimamente estás muy distante.”
“Qué te cuesta hacerlo.”
“Has cambiado mucho.”
Y probablemente tengan razón en una cosa: sí estás cambiando.
Pero cambiar no necesariamente significa que estés haciendo algo malo.
Cuando modificamos una dinámica, las personas involucradas necesitan adaptarse a una nueva manera de relacionarse con nosotros. Algunas lo harán sin problema y otras mostrarán resistencia.
El enojo o la incomodidad de alguien frente a nuestro límite no determina automáticamente si ese límite es correcto o incorrecto.
Poner límites tampoco significa hacer lo que quieras
También existe una confusión importante: poner límites no significa ignorar las necesidades de los demás, evitar cualquier conversación incómoda o utilizar la frase “estoy poniendo límites” para justificar lastimar a otras personas.
Un límite sano también implica responsabilidad.
Podemos preguntarnos: ¿estoy comunicando lo que necesito de manera clara? ¿Estoy intentando cuidar mi bienestar sin pasar por encima del otro? ¿Este límite responde a una necesidad real, o lo estoy utilizando para evitar una conversación que necesito tener?
Los límites no deberían convertirse en muros para no relacionarnos con nadie.
Deberían ayudarnos a construir relaciones en las que podamos estar cerca de otras personas sin abandonarnos a nosotros mismos en el proceso.
Aprender a tolerar la incomodidad
Quizá una de las partes más difíciles de poner límites no sea aprender a decir “no”.
Es aprender a tolerar lo que sentimos después de decirlo.
Aceptar que alguien puede molestarse. Que alguien puede sentirse decepcionado. Que quizá tengamos ganas de explicar nuestra decisión diez veces hasta conseguir que la otra persona la apruebe.
Y entender que no siempre vamos a conseguirlo.
Porque existe una diferencia enorme entre pensar “hice algo malo” y pensar “hice algo que a alguien no le gustó”.
A veces ambas cosas coinciden.
Pero muchas otras veces, no.
Por eso, la próxima vez que pongas un límite y aparezca la culpa, antes de correr a quitarlo, quizá valga la pena detenerte y preguntarte:
¿Realmente hice algo malo, o simplemente estoy aprendiendo a hacer algo que antes me costaba?
Porque aprender a poner límites no consiste en dejar de preocuparnos por los demás.
Consiste en entender que nosotros también debemos estar incluidos entre las personas que nos importa cuidar.
Psic. Mariano Camarena es psicólogo y director general de UNOA. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la posición editorial de LYPmultimedios.




