Soberanía, pragmatismo y los límites reales de la política exterior mexicana

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La doctrina Sheinbaum: no intervención, autodeterminación y sus límites prácticos

Por Román André Martínez Bravo

Todo gobierno mexicano hereda un mismo lenguaje diplomático: no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias. Son principios que datan de la Doctrina Estrada de 1930 y que quedaron inscritos en el artículo 89 constitucional.

Pero un lenguaje compartido no garantiza una misma práctica. Lo interesante de observar en la administración de Claudia Sheinbaum no es que repita esas fórmulas —todos los presidentes lo hacen—, sino cómo las está poniendo a prueba frente a una región cada vez más fracturada y frente a un vecino, Estados Unidos, que exige alineamiento antes que principios.

Una herencia con nombre propio

La presidenta ha insistido, en distintos foros internacionales, en que la política exterior mexicana representa una suerte de vanguardia moral: un país que defiende la soberanía de las naciones y rechaza el uso de la fuerza como método para resolver conflictos, en contraste con lo que describe como un mundo cada vez más militarizado.

Ha llegado a proponer, en cumbres de líderes progresistas, que el gasto militar global se redirija hacia la reforestación y el empleo en países pobres. Es un discurso que conecta explícitamente con el legado de Andrés Manuel López Obrador y con el concepto de “economía del bienestar” que él mismo promovió.

El problema de toda doctrina basada en principios universales es que, tarde o temprano, choca con casos concretos que exigen decisiones políticas, no solo declaraciones. Ahí es donde vale la pena mirar de cerca.

Los casos que ponen a prueba la doctrina

Tres episodios recientes ilustran la tensión entre principio y pragmatismo.

El primero es Ecuador. México rompió relaciones diplomáticas con ese país después de que autoridades ecuatorianas irrumpieran en la embajada mexicana para detener al exvicepresidente Jorge Glas, un episodio que Sheinbaum ha calificado como un agravio directo a la soberanía nacional.

Aquí la doctrina no es ambigua: la inviolabilidad de las sedes diplomáticas es uno de los pilares más antiguos del derecho internacional, y México aplicó el principio sin matices.

El segundo es Perú, con un matiz distinto. México restableció relaciones diplomáticas con el gobierno de Dina Boluarte esta misma semana, después de una ruptura previa motivada por el asilo que México otorgó a la expresidenta Betssy Chávez, condenada tras el intento de golpe de Estado de Pedro Castillo.

Sheinbaum ha explicado que la reconciliación se dio cuando quien ahora encabeza el gobierno peruano —Keiko Fujimori— tomó la iniciativa de llamar personalmente para resolver el diferendo, y que un salvoconducto para Chávez estaría disponible en cuanto ella pueda salir del país.

La presidenta ha subrayado que México debe sostener relaciones diplomáticas con el mundo más allá de la orientación política de los gobiernos. Esa frase, en realidad, describe bastante bien el pragmatismo detrás de la doctrina: los principios se sostienen, pero las relaciones se negocian caso por caso.

El tercero es la relación con Cuba y Venezuela, hacia donde México continúa enviando ayuda humanitaria pese a las presiones de Washington para aislar a ambos gobiernos.

Aquí la autodeterminación de los pueblos se invoca de forma más ideológica que jurídica, y es el punto donde más críticas recibe la doctrina desde sectores que la acusan de aplicarse de forma selectiva: firme frente a Ecuador, flexible frente a Perú y condescendiente frente a La Habana y Caracas.

El verdadero examen: diversificar sin romper con Washington

La aplicación más estratégica de la doctrina, sin embargo, no está en los principios declarativos, sino en una decisión estructural: diversificar alianzas mientras se gestiona la dependencia comercial con Estados Unidos.

La Cancillería mexicana ha impulsado en meses recientes una comisión binacional con Brasil que busca ampliar la cooperación energética y tecnológica, incluida una posible alianza entre Pemex y Petrobras, además del acompañamiento diplomático que Brasil ofrece a México en Perú.

En un entorno donde casi el 83% de las exportaciones mexicanas dependen del mercado estadounidense, construir relaciones alternativas en América Latina ya no es un gesto retórico de solidaridad regional: es una cobertura de riesgo.

Y es aquí donde la doctrina enfrenta su límite más evidente. Toda la arquitectura discursiva de no intervención y soberanía convive, en la práctica diaria del gobierno, con una negociación mucho más dura y silenciosa: la revisión del T-MEC.

Washington presiona por cambiar reglas de origen, ha impuesto aranceles bajo distintas figuras legales y empuja el concepto de “seguridad económica”: un término que ni siquiera existía cuando se firmó el tratado original. México ha optado por no confrontar abiertamente estas exigencias con el mismo lenguaje de soberanía que utiliza frente a Ecuador o Venezuela.

Frente a Washington, la doctrina se vuelve notablemente más cautelosa.

La doctrina como equilibrio, no como dogma

Leída en conjunto, la política exterior de Sheinbaum no funciona como un catálogo rígido de principios aplicados por igual en cualquier circunstancia. Funciona, más bien, como un equilibrio calculado: firmeza retórica y jurídica donde el costo político es bajo —Ecuador y foros multilaterales—; flexibilidad pragmática donde conviene reconstruir puentes —Perú—; acompañamiento ideológico donde hay afinidad histórica —Cuba y Venezuela—; y cautela estratégica donde el interés económico es demasiado grande para arriesgarlo —Estados Unidos—.

Esto no necesariamente es una contradicción ni una debilidad. Ningún país de tamaño medio, con una economía tan integrada a la de su vecino del norte, puede permitirse una política exterior puramente principista.

Lo que sí vale la pena observar, semana con semana, es hasta dónde llega el margen real de esos principios cuando se enfrentan a un interlocutor —Washington— que no juega bajo las mismas reglas.

La doctrina Sheinbaum, más que una novedad, es la versión 2026 de un viejo dilema mexicano: cómo sostener la soberanía discursiva sin poner en riesgo la dependencia estructural que define, en los hechos, buena parte de la política exterior del país.

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Román André Martínez Bravo
Sobre el autorPeriodistaRomán André Martínez Bravo

 Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Querétaro, actualmente cursa la Maestría en Ciencias Jurídicas en la Universidad Panamericana, complementando su formación con estudios especializados en Propiedad Intelectual, Derecho Digital y Derechos Humanos, mediante diplomados impartidos por la Universidad Autónoma de Querétaro, la Universidad Anáhuac y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. En el ámbito profesional, se desempeña actualmente como Especialista en Propiedad Industrial en el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), donde participa en el análisis y desarrollo de temas vinculados con la protección de los derechos de propiedad industrial y el fortalecimiento del sistema de innovación. En este cargo también colabora en iniciativas de cooperación y vinculación internacional, participando en el seguimiento de acuerdos, proyectos y espacios de diálogo con organismos y oficinas de propiedad intelectual de otros países, lo que le ha permitido involucrarse en la dimensión global de la protección de la propiedad intelectual. Previamente, fungió como Líder de Proyectos en el Poder Ejecutivo del Estado de Querétaro (2022–2024), coordinando iniciativas estratégicas y acciones institucionales orientadas al desarrollo y la gestión pública. Asimismo, cuenta con experiencia en el ámbito jurídico privado, al haberse desempeñado como Auxiliar Jurídico en la Notaría Pública No. 31 (2019–2022), donde participó en la elaboración y revisión de instrumentos legales y en la atención de diversos asuntos notariales. Su trayectoria combina experiencia en el sector público y privado con una sólida formación académica, con especial interés en los temas relacionados con propiedad intelectual, innovación, derecho digital y fortalecimiento institucional.

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