La histórica remontada de Lula no fue obra de una intervención sobrenatural que sustituyera el voto popular. Fue el resultado de millones de voluntades. Pero la fe, la Virgen de Guadalupe y Nuestra Señora Aparecida ofrecieron un lenguaje común para defender la democracia, la soberanía y la dignidad de los pobres.
Hace unos días platicaba con mi mamá sobre los milagros de la Virgen de Guadalupe.
No hablábamos únicamente de curaciones inexplicables ni de favores personales atribuidos a la fe. Hablábamos de esos momentos en los que un pueblo parece encontrar fuerzas donde ya no quedaban, se levanta contra lo que parecía inevitable y cambia el rumbo de su historia.
Le mencioné el milagro de la Independencia, el milagro de la Revolución y el milagro de la Cuarta Transformación. No porque la Virgen haya firmado decretos, tomado las armas o depositado votos, sino porque su imagen ha acompañado a los movimientos populares que, en distintos momentos, se atrevieron a desafiar al poder.
Al día siguiente del triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, el doctor Alfredo Jalife comenzó a hablar del “milagro” de la Virgen de Guadalupe en aquella elección. La coincidencia me estremeció. Era como si aquella conversación familiar hubiese encontrado de pronto una dimensión continental.
Pero para entender qué pudo tener Guadalupe que ver con Brasil es necesario separar la fe de la propaganda, el símbolo de la causalidad y el milagro de la manipulación política.
Lula no derrotó a Jair, pero sí al bolsonarismo
Primero hay que precisar los hechos.
El 25 de octubre de 2026, Lula derrotó en segunda vuelta a Flávio Bolsonaro, hijo y heredero político de Jair Bolsonaro. El Tribunal Superior Electoral confirmó que el mandatario obtuvo 64 millones 256 mil 232 votos, equivalentes al 51.79 por ciento, frente a 59 millones 826 mil 41 votos —48.21 por ciento— de su adversario. Los resultados oficiales pueden consultarse en el Tribunal Superior Electoral de Brasil.
Lula había perdido la primera vuelta. Flávio consiguió 47.03 por ciento y el presidente quedó atrás, con 45.16. Durante tres semanas, Brasil pareció encaminarse hacia el retorno al poder del clan Bolsonaro. Las encuestas más recientes mantenían una competencia extremadamente cerrada e incluso algunas colocaban al aspirante ultraderechista por delante.
La remontada, por tanto, fue real.
Lula no venció directamente a Jair Bolsonaro, pero sí derrotó al proyecto político construido por él: una maquinaria basada en la polarización religiosa, el culto a las armas, la subordinación geopolítica, el desprecio por la crisis climática y una interpretación autoritaria del poder. Flávio no era solamente un candidato; era el intento de convertir el apellido Bolsonaro en una dinastía política.
Por eso la victoria de Lula puede describirse como una derrota del neofascismo brasileño, aunque no como su desaparición. Casi 60 millones de personas votaron por esa opción. El peligro sigue vivo.
El factor católico sí existió
Durante el conteo, Jalife publicó una frase que abrió una interpretación relevante: “El voto católico soberanista y antisionista ya empezó a pesar […] a favor de Lula”. La expresión no constituye una demostración estadística de intervención guadalupana, pero tampoco surgió de la nada.
Los estudios previos a la segunda vuelta registraron una diferencia religiosa importante. Una medición de Datafolha publicada el 15 de octubre colocaba a Lula con 52 por ciento entre los católicos, contra 42 por ciento de Flávio. Entre los evangélicos, la ventaja correspondía ampliamente al bolsonarismo. El comportamiento diferenciado de ambos electorados fue documentado durante la campaña.
La Iglesia católica brasileña tampoco permaneció completamente al margen. La Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil llamó a ejercer un voto consciente, defender la dignidad humana, el bien común, la democracia y las instituciones. Su mensaje electoral vinculó expresamente la esperanza cristiana con la participación ciudadana y la justicia.
Días antes de la elección, más de 60 obispos y arzobispos difundieron otra carta que, sin mencionar inicialmente a Flávio por su nombre, sostuvo que una de las candidaturas amenazaba la democracia, la soberanía nacional y los principios centrales de la doctrina social de la Iglesia. Criticaron la defensa de las armas, el sometimiento frente a Estados Unidos, la negación de la crisis climática y las políticas contrarias a los trabajadores y a los pobres.
Aquello no convirtió a la Iglesia brasileña en una extensión del Partido de los Trabajadores. Significó que un sector relevante del catolicismo decidió que permanecer neutral frente al autoritarismo también era tomar partido.
Aparecida entró directamente en la campaña
La figura mariana que ocupó el centro de la disputa no fue originalmente Guadalupe, sino Nuestra Señora Aparecida, patrona nacional de Brasil.
Durante la campaña circuló la versión de que Flávio Bolsonaro pretendía despojarla de ese reconocimiento. La información fue calificada como falsa en los términos en que se difundió, pero se apoyaba en una disputa religiosa y política preexistente. El tema escaló hasta involucrar a los candidatos, la Conferencia Episcopal y el Supremo Tribunal. La controversia perjudicó al bolsonarismo y coincidió con un avance de Lula entre el electorado católico. El episodio fue documentado como uno de los acontecimientos decisivos de la recta final.
Aparecida es una pequeña imagen morena encontrada, de acuerdo con la tradición, por pescadores pobres en 1717. Guadalupe se apareció, según la fe mexicana, al indígena Juan Diego en el Tepeyac.
Una nació entre pescadores. La otra habló con un indígena. Una es patrona de Brasil; la otra, de América. Las dos adquirieron un rostro moreno y popular. Las dos fueron acogidas desde abajo antes de ser incorporadas plenamente por las instituciones.
Ese es el puente espiritual que permite hablar de Guadalupe en Brasil sin borrar a Aparecida.
Guadalupe sí está presente en Brasil
La devoción guadalupana no es una importación inventada después del triunfo de Lula. Existe una presencia religiosa documentada.
En Curitiba funciona un santuario dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe cuya historia comenzó durante la década de 1950 y que fue elevado formalmente a santuario en 2012. También existen parroquias bajo su advocación en São Paulo, Campinas y otras ciudades. Cada 12 de diciembre, comunidades brasileñas celebran a la Virgen reconocida como patrona de América. Vatican News ha documentado la devoción guadalupana brasileña y sus expresiones de agradecimiento popular.
Guadalupe no desplazó a Aparecida ni determinó por sí sola el sentido de millones de votos. Su influencia debe entenderse como parte de una espiritualidad latinoamericana compartida: la idea de que Dios no habla únicamente desde los palacios, sino también desde los cerros, las aldeas, las periferias, los campos y las casas de las familias pobres.
En ese sentido profundo, Guadalupe sí llegó a Brasil.
Llegó en la defensa católica del bien común. Llegó en el rechazo a convertir el cristianismo en justificación del odio. Llegó en la resistencia frente a quienes utilizan el nombre de Dios para bendecir las armas, el mercado sin límites, la destrucción ambiental o la persecución política.
Los milagros de México
La conversación con mi mamá tenía raíces históricas.
Miguel Hidalgo tomó en Atotonilco una imagen de la Virgen de Guadalupe y la convirtió en estandarte del movimiento insurgente. No fue un detalle decorativo: su imagen permitió comunicar, en un territorio profundamente desigual y mayoritariamente religioso, que aquella rebelión también pertenecía a indígenas, campesinos, mestizos y pobres. El Instituto Nacional de Antropología e Historia reconoce su uso como símbolo de identidad y unidad durante la Independencia.
Un siglo después, tropas de Emiliano Zapata volvieron a marchar bajo estandartes guadalupanos. La Virgen acompañó a los campesinos que reclamaban tierra y libertad. La Revolución no fue creada por una imagen religiosa, pero esa imagen ayudó a dar identidad y sentido a quienes estaban dispuestos a morir por una vida diferente. La presencia de Guadalupe en los movimientos encabezados por Hidalgo y Zapata ha sido estudiada por la UNAM.
En la Cuarta Transformación, el vínculo ha sido principalmente simbólico. Andrés Manuel López Obrador llamó a Guadalupe el símbolo que más une a los mexicanos; el propio nombre de Morena inevitablemente evoca a “La Morenita”. La 4T se presentó como heredera de la Independencia, la Reforma y la Revolución, aunque mi conversación familiar trazara una genealogía más íntima: Independencia, Revolución y transformación popular contemporánea.
¿Significa eso que Guadalupe pertenece a un partido? No.
Ninguna fuerza política puede apropiarse de ella. Pero tampoco puede ignorarse que, a lo largo de la historia, su rostro ha aparecido con mayor fuerza cuando los de abajo necesitan reconocerse como pueblo.
El milagro verdadero tuvo millones de manos
Sería injusto decir que Lula ganó exclusivamente gracias a una intervención religiosa.
La remontada se construyó con organización territorial, sindicatos, movimientos sociales, estudiantes, mujeres, jóvenes y redes digitales. Las grandes ciudades y buena parte de los votantes de terceras opciones cambiaron el resultado. La movilización avanzó municipio por municipio hasta revertir la ventaja obtenida por Flávio Bolsonaro en la primera vuelta. Los patrones territoriales de esa remontada muestran un desplazamiento amplio hacia Lula.
La Virgen no depositó 64 millones de votos. Los depositaron los brasileños.
Pero la fe pudo ofrecerles una brújula moral: estar con la democracia y no con el golpe; con la soberanía y no con la subordinación; con los pobres y no con quienes consideran la desigualdad un orden natural; con el cuidado de la vida y no con la veneración de las armas.
Ese fue el milagro político.
No la suspensión de las leyes de la historia, sino la ruptura de las leyes de la resignación.
Cuando un pueblo decide no rendirse
Después de investigar lo ocurrido, regreso a aquella conversación con mi mamá.
Tal vez los milagros históricos no consisten en que el cielo haga el trabajo que corresponde a los seres humanos. Tal vez ocurren cuando millones de personas, alimentadas por su memoria, su fe y su esperanza, descubren que todavía pueden hacer juntas lo que parecía imposible.
La Independencia necesitó insurgentes. La Revolución necesitó campesinos. La Cuarta Transformación necesitó votos y organización popular. La victoria de Lula necesitó brasileños dispuestos a cerrar el paso al neofascismo.
Guadalupe no reemplaza al pueblo. Camina con él.
Y en Brasil encontró otra imagen morena, Aparecida, nacida también entre los humildes. Entre ambas construyen un puente espiritual que atraviesa el continente: una fe que no promete resignación, sino dignidad; que no pide obediencia frente al poderoso, sino responsabilidad frente al prójimo.
Lula ganó porque millones votaron. Pero cuando una remontada improbable consigue frenar a una maquinaria autoritaria, defender la soberanía y devolver esperanza a los pobres, es comprensible que las madres, los creyentes y los pueblos tengan otra palabra para nombrarla.
Milagro.




