El día que un multimillonario escribió que había que escapar de la política
Por: Redacción de LYPmultimedios
San Juan del Río, Qro. 13 de agosto de 2026.— El 13 de abril de 2009, un inversionista de 41 años que había cofundado PayPal y puesto el primer dinero externo en Facebook publicó un ensayo en la revista del Instituto Cato. No era una entrevista malinterpretada ni una frase capturada fuera de contexto. Era un texto firmado, editado y publicado por decisión propia.
En el tercer párrafo escribió la frase que aún define su pensamiento: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles.»
Diecisiete años después, el autor de esa línea —Peter Thiel— tiene un socio en la vicepresidencia de Estados Unidos, una empresa que decide a quién deporta ese país, propiedades en Buenos Aires y reuniones privadas con presidentes sudamericanos. Esta serie de seis entregas examina sus ideas. Empezamos por la que las ordena a todas.
Qué dice exactamente el ensayo
The Education of a Libertarian es, en su superficie, la crónica de una desilusión. Thiel narra su paso por Stanford, su fe juvenil en el debate político y su conclusión de que ese camino no lleva a ningún lado.
Su argumento central no es que la democracia funcione mal, sino que funciona exactamente como debe y por eso resulta incompatible con lo que él entiende por libertad. La razón que ofrece es aritmética, y es la parte del ensayo que menos se cita:
«Desde 1920, el vasto incremento de beneficiarios de asistencia social y la extensión del sufragio a las mujeres —dos electorados notoriamente difíciles para los libertarios— han convertido la noción de ‘democracia capitalista’ en un oxímoron.»
Conviene leer eso despacio. No dice que la democracia sea imperfecta. Dice que dos ampliaciones históricas del derecho al voto —el sufragio femenino y la incorporación política de los pobres— volvieron imposible el proyecto que él defiende. La conclusión lógica de esa premisa no es reformar la democracia: es dejar de intentarlo.
Y eso es precisamente lo que propone. En sus palabras, «la gran tarea para los libertarios es encontrar una vía de escape de la política en todas sus formas». Describe una «carrera mortal» entre política y tecnología en la que el premio es la libertad humana, y sostiene que la meta del activismo libertario no debe ser ganar en política, sino escapar de ella.
Las tres salidas de emergencia
El ensayo no se queda en el diagnóstico. Thiel enumera tres territorios donde, según él, podría construirse un espacio libre del alcance de los votantes: el ciberespacio, el espacio exterior y el mar.
No eran metáforas. En los años siguientes financió el Seasteading Institute, un proyecto para construir plataformas habitables en aguas internacionales, fuera de la jurisdicción de cualquier Estado. En el mismo ensayo dedica un pasaje a desear suerte a Patri Friedman —nieto de Milton Friedman y fundador de ese instituto— en lo que llama «su extraordinario experimento», y cierra con una frase que hoy se lee distinto: «El destino de nuestro mundo puede depender del esfuerzo de una sola persona que construya o propague la maquinaria de libertad que hace al mundo seguro para el capitalismo.»
Una sola persona. No un parlamento, no un electorado: una persona.
La corrección que no corrigió
El pasaje sobre el sufragio femenino provocó una reacción inmediata. Thiel publicó una aclaración —que la propia revista anexó al ensayo original— en la que sostuvo que se trataba de «una observación estadística común sobre patrones de voto que suele llamarse la brecha de género».
Es una defensa parcial y vale registrarla con precisión: la brecha de género en el voto es, en efecto, un fenómeno medido por la ciencia política. Lo que la aclaración no toca es el uso que le da en el texto. Una cosa es constatar que hombres y mujeres votan distinto; otra es enumerar esa diferencia entre las causas por las que la democracia dejó de ser compatible con la libertad. El primer enunciado es una descripción; el segundo, un juicio sobre quién debería decidir.
Del ensayo a la doctrina
Cinco años después, en Zero to One, Thiel trasladó la misma lógica al terreno empresarial con una tesis igual de frontal: «el capitalismo y la competencia son opuestos», y «la competencia es para perdedores porque destruye las ganancias». Su defensa del monopolio —que analizaremos en la tercera entrega— sostiene que solo las empresas libres de competidores acumulan las ganancias necesarias para financiar innovación de largo plazo.
Hay una simetría difícil de pasar por alto entre ambas ideas. En política, la pluralidad de votantes es el obstáculo. En economía, la pluralidad de competidores es el obstáculo. En los dos casos, la solución consiste en escapar de la disputa: construir un espacio donde nadie más pueda intervenir.
El eco que no buscó, pero que llegó
Aquí es necesario un matiz que este medio no va a omitir. Thiel no fundó ningún movimiento político ni ha suscrito públicamente las tesis más extremas que se le atribuyen por asociación.
Pero el registro documental muestra que su ensayo fue una de las piedras fundacionales de algo más grande. El filósofo Nick Land, en The Dark Enlightenment —el texto que da nombre y sistema al movimiento neorreaccionario—, cita expresamente la discusión de Cato Unbound de abril de 2009, donde Thiel y otros libertarios expresaron su escepticismo sobre la compatibilidad entre libertad y democracia. Land articula en ese ensayo el pensamiento de Curtis Yarvin, el de Thiel —»sobre todo en The Education of a Libertarian«— y el paleolibertarismo de Hans-Hermann Hoppe.
Es decir: el propio movimiento identifica ese texto como una de sus fuentes. Que Thiel lo haya pretendido o no es otra discusión, y la abordaremos en la quinta entrega.
Por qué esto importa aquí
Un ensayo de 2009 sería una curiosidad intelectual si su autor no hubiera dedicado los años siguientes a construir las herramientas de las que hablaba.
Hoy Palantir —la empresa que cofundó— opera la plataforma con la que el gobierno estadounidense identifica y prioriza a quién deportar. Founders Fund, su fondo, financió a los ideólogos del neorreaccionarismo. Y en abril de este año, Thiel se instaló temporalmente en Buenos Aires, compró tierras en Uruguay y se reunió con dos presidentes sudamericanos, uno de ellos en un encuentro que no apareció en ninguna agenda oficial.
La pregunta que abre esta serie no es si Thiel es un villano de historieta. Es más simple y más incómoda: cuando alguien escribe que la democracia y la libertad son incompatibles, y luego pasa quince años construyendo tecnología, financiando políticos y comprando propiedades en países donde gobiernan sus aliados, ¿qué está haciendo exactamente?
Su propio ensayo ofrece la respuesta que él daría: buscar una salida.
En la próxima entrega: La máquina de deportar. Cómo funciona ImmigrationOS, el sistema de 30 millones de dólares que Palantir construyó para ICE, qué datos recolecta, y por qué trece de sus propios exempleados firmaron una carta en contra.



