Mientras siete acuĂferos del estado operan con dĂ©ficit, la ComisiĂłn Estatal de Aguas ha reconocido pĂ©rdidas cercanas al 40% del agua potable por fugas, clandestinaje o mala mediciĂłn. El problema no es solo de sequĂa: es de infraestructura, transparencia y responsabilidad pĂşblica.
Por RedacciĂłn LYPmultimedios
Querétaro, Qro.
QuerĂ©taro discute el agua casi siempre mirando hacia el cielo. Espera lluvias, mide presas, teme sequĂas, anuncia obras, promete soluciones. Pero una parte decisiva de la crisis no está en las nubes ni en los embalses: está debajo del pavimento.
Está en tuberĂas que no se ven.
En fugas que no se vuelven virales.
En conexiones irregulares.
En mediciones deficientes.
En redes presurizadas sin suficiente inteligencia operativa.
En litros que ya fueron extraĂdos, bombeados, tratados, conducidos y pagados… pero nunca llegaron completos a su destino.
En 2025, el vocal ejecutivo de la ComisiĂłn Estatal de Aguas, Luis Alberto Vega Ricoy, reconociĂł que en QuerĂ©taro se pierde cerca del 40% del agua potable por fugas, clandestinaje o mala mediciĂłn. El dato no deberĂa tratarse como una falla tĂ©cnica menor. En un estado que habla de estrĂ©s hĂdrico, crecimiento acelerado y nuevas fuentes de abastecimiento, perder cuatro de cada diez litros es una emergencia pĂşblica.
La frase es incómoda, pero necesaria: Querétaro pierde agua antes de buscarla.
Y lo hace en un territorio donde el subsuelo ya está en nĂşmeros rojos. De acuerdo con la informaciĂłn oficial de CONAGUA sobre disponibilidad media anual de agua subterránea, siete de los once acuĂferos de QuerĂ©taro tienen disponibilidad negativa. El Valle de QuerĂ©taro registra un dĂ©ficit de -65.56 hmÂł anuales; el Valle de San Juan del RĂo, -56.89 hmÂł; Amazcala, -22.16 hmÂł; Buenavista, -13.87 hmÂł; Tequisquiapan, -5.14 hmÂł; Tolimán, -4.93 hmÂł, y Huimilpan, -4.53 hmÂł.
Dicho de otro modo: varios de los acuĂferos que sostienen la vida cotidiana, la vivienda, la industria, el campo y el crecimiento metropolitano del estado están entregando más agua de la que pueden reponer.
Ahà está la contradicción central.
QuerĂ©taro busca nuevas soluciones, pero todavĂa no ha convertido la reducciĂłn de pĂ©rdidas en la primera gran polĂtica hĂdrica del estado. Busca agua nueva mientras una parte de la que ya tiene se escapa. Pide ahorro domĂ©stico mientras el sistema arrastra pĂ©rdidas estructurales. Discute megaproyectos mientras la red existente exige una auditorĂa profunda, pĂşblica y territorializada.
La primera fuente de agua para QuerĂ©taro no tendrĂa que venir necesariamente de más lejos. PodrĂa estar enterrada en sus propias fugas.
No es una metáfora bonita. Es una tesis de polĂtica pĂşblica.
Reducir pĂ©rdidas en una red de agua no solo ahorra lĂquido. Ahorra energĂa, disminuye presiĂłn sobre pozos, retrasa nuevas extracciones, mejora continuidad del servicio, reduce costos operativos y recupera confianza ciudadana. Cada litro que no se pierde es un litro que no tiene que extraerse otra vez del subsuelo.
Por eso el dato del 40% deberĂa abrir una discusiĂłn mucho más seria que la indignaciĂłn momentánea. La pregunta no es Ăşnicamente cuánta agua se pierde. La pregunta es dĂłnde, por quĂ©, desde cuándo, por responsabilidad de quiĂ©n y con quĂ© plan verificable se va a reducir.
La ciudadanĂa ya percibe que la cobertura formal no equivale a seguridad hĂdrica. La ENCIG 2025 del INEGI reporta que, en las zonas urbanas de QuerĂ©taro mayores a 100 mil habitantes, 92.2% de la poblaciĂłn recibe agua potable de la red pĂşblica, pero solo 65.7% reporta suministro constante y apenas 28.7% considera que el agua es bebible sin temor a enfermarse.
Tener toma no significa tener tranquilidad. Tener red no significa tener confianza. Tener recibo no significa tener justicia hĂdrica.
El problema de las fugas tiene una caracterĂstica polĂtica muy conveniente para los gobiernos: muchas veces no se ve. Una presa seca puede fotografiarse. Una lluvia extrema puede convertirse en video. Una colonia sin agua puede organizarse. Pero una fuga subterránea no siempre tiene imagen, rostro ni hora exacta. Puede durar dĂas, semanas o meses sin producir escándalo. Puede filtrar el futuro de una ciudad gota por gota, sin que nadie la nombre como crisis.
Y, sin embargo, se paga.
Se paga en más bombeo.
Se paga en más extracción.
Se paga en recibos.
Se paga en cortes.
Se paga en baja presiĂłn.
Se paga en colonias que aprenden a vivir con tinacos, pipas y horarios inciertos.
Se paga en desconfianza.
Por eso la conversaciĂłn pĂşblica debe dejar de cargar todo el peso moral sobre la ciudadanĂa. SĂ: hay que cerrar la llave, evitar desperdicios, cambiar hábitos y entender que el agua no es infinita. Pero ninguna campaña de “cultura del agua” será plenamente legĂtima si antes no existe una cultura institucional de mediciĂłn, reparaciĂłn, transparencia y rendiciĂłn de cuentas.
El mensaje no puede ser: “ciudadano, ahorra”, mientras el sistema pierde demasiado.
El mensaje debe ser otro: todos ahorran, pero el sistema rinde cuentas primero.
La CEA ha señalado avances operativos. En julio de 2025, Vega Ricoy afirmĂł que se trabajaba en disminuir el 40% de pĂ©rdida de agua en el estado, particularmente en la zona metropolitana, y destacĂł que a junio de ese año el 93.5% de las fugas reportadas se atendĂa y resolvĂa en menos de 24 horas. Ese dato importa, pero tambiĂ©n abre una segunda pregunta: ÂżquĂ© ocurre con las fugas que no se reportan, las pĂ©rdidas subterráneas, las zonas con infraestructura más vieja, las conexiones irregulares y la mediciĂłn deficiente?
Atender fugas reportadas es necesario. Pero una estrategia moderna no puede limitarse a esperar el reporte ciudadano. Una ciudad que enfrenta estrĂ©s hĂdrico necesita anticipar la pĂ©rdida, no solo reaccionar cuando el agua ya rompiĂł el pavimento.
La tecnologĂa existe: sectorizaciĂłn hidráulica, macromediciĂłn, micromediciĂłn, sensores de presiĂłn, detecciĂłn acĂşstica, telemetrĂa, modelaciĂłn de redes, control de presiones, renovaciĂłn programada de tuberĂas, auditorĂas de agua no contabilizada y tableros pĂşblicos por zona.
La pregunta es si Querétaro tiene la voluntad de convertir esa información en conversación pública.
Porque una cosa es decir “se pierde cerca del 40%”. Otra muy distinta es publicar, mes a mes, colonia por colonia, cuánta agua entra a cada distrito hidráulico, cuánta se factura, cuánta se pierde, cuántas fugas se reportan, cuántas se reparan, cuánto tiempo tardan, cuántas reinciden y cuánto dinero cuesta esa ineficiencia.
Eso serĂa cambiar el debate.
Eso serĂa ponerle mapa a la crisis.
Eso serĂa pasar de la retĂłrica del ahorro a la administraciĂłn verificable del agua.
El Sistema Batán aparece en este contexto como una de las apuestas oficiales más importantes. El proyecto plantea regenerar y reutilizar 1,800 litros por segundo de agua previamente tratada, con procesos como MBR, carbón activado y ozonificación, para suministrar agua potable a la Zona Metropolitana de Querétaro.
El reĂşso será indispensable. La regeneraciĂłn de agua será parte del futuro. Pero ninguna soluciĂłn de gran escala deberĂa usarse para evadir la pregunta más básica: ÂżquĂ© pasa si el agua nueva entra a una red que sigue perdiendo demasiado?
No hay megaproyecto que sustituya a una red eficiente.
No hay obra que alcance si el sistema no mide.
No hay discurso de sustentabilidad que sobreviva a una fuga permanente.
El problema se vuelve todavĂa más urgente porque QuerĂ©taro no está detenido. Crece su poblaciĂłn, se expande la mancha urbana, aumentan los parques industriales, se multiplican desarrollos inmobiliarios y se fortalece el corredor tecnolĂłgico. Cada nuevo fraccionamiento, nave, plaza, escuela, hospital, parque industrial o centro de datos se monta sobre la misma pregunta estructural: Âżhay agua suficiente, bien medida y bien administrada para sostener ese modelo?
La respuesta no puede depender solo de traer más agua. Debe incluir una polĂtica agresiva de reducciĂłn de pĂ©rdidas.
QuerĂ©taro necesita un programa pĂşblico con metas claras: bajar las pĂ©rdidas de cerca del 40% a 30%, luego a 25%, luego a estándares más ambiciosos. Necesita publicar avances, costos y zonas intervenidas. Necesita distinguir entre fuga fĂsica, clandestinaje y error de mediciĂłn. Necesita explicar quĂ© parte se debe a infraestructura vieja, quĂ© parte a crecimiento desordenado y quĂ© parte a falta de supervisiĂłn. Necesita tratar el agua no como un servicio opaco, sino como el dato central del futuro del estado.
Porque la crisis hĂdrica no es solo una crisis natural. TambiĂ©n es una crisis de informaciĂłn.
Lo que no se mide no se corrige.
Lo que no se transparenta no se exige.
Lo que no se audita se normaliza.
Y QuerĂ©taro ya no puede normalizar que una parte tan alta de su agua potable se pierda mientras sus acuĂferos cargan dĂ©ficit, su ciudadanĂa reporta suministro irregular y sus autoridades anuncian nuevas soluciones para un problema que tambiĂ©n está enterrado bajo sus calles.
La pregunta pĂşblica debe ser directa:
¿Dónde está el mapa de fugas?
¿Dónde está el tablero de pérdidas?
¿Dónde está la meta anual de reducción?
ÂżDĂłnde está la auditorĂa independiente?
¿Dónde está el costo real de no reparar a tiempo?
ÂżDĂłnde está la explicaciĂłn de cuánto paga la ciudadanĂa por la ineficiencia del sistema?
Querétaro no necesita una conversación más sobre culpa. Necesita una conversación sobre responsabilidad.
Responsabilidad ciudadana, sĂ.
Pero también responsabilidad institucional.
Responsabilidad industrial.
Responsabilidad inmobiliaria.
Responsabilidad polĂtica.
Responsabilidad técnica.
Porque el agua que se pierde no desaparece del debate: regresa como desabasto, como presiĂłn sobre acuĂferos, como tarifa, como conflicto social, como incertidumbre y como lĂmite al crecimiento.
Antes de buscar más agua afuera, Querétaro debe mirar debajo de sus calles.
AhĂ podrĂa estar una de sus mayores reservas.
No en una presa nueva.
No en una promesa.
No en una campaña.
En las fugas que todavĂa no se reparan, en las pĂ©rdidas que todavĂa no se explican y en los datos que todavĂa no se publican.
La primera presa de Querétaro está enterrada en su propia red.


