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En Estados Unidos, el gobierno tuvo que echar mano de una ley de guerra de 1935 para obligar a los centros de datos a desconectarse de la red y prender generadores diésel. China planea gastar medio billón de dólares para no quedarse sin cómputo. El verdadero cuello de botella de la IA en 2026 no es el silicio: es la electricidad. Y en México, ya lo vivimos como apagones.
Por: Emiliano Córdoba, periodista tech para LYPmultimedios
Querétaro, Qro., 9 de septiembre de 2026.— Durante años nos contaron que la carrera de la inteligencia artificial se ganaba con chips: quién tenía los mejores procesadores, quién compraba más tarjetas de Nvidia. En 2026 esa historia cambió de villano. El recurso que hoy escasea, el que detiene proyectos y dispara facturas, no cabe en una oblea de silicio: son los electrones. La IA dejó de competir por poder de cómputo y empezó a competir por poder eléctrico. Y la escena que mejor lo resume ocurrió este verano en Estados Unidos, cuando el gobierno tuvo que desempolvar una ley de la Segunda Guerra Mundial para mantener las luces encendidas.
Qué está pasando: una ley de 1935 para apagar servidores
Vamos a los hechos, porque suenan a ciencia ficción y no lo son. En el verano de 2026, el Departamento de Energía de EE.UU. invocó tres veces la Sección 202(c) de la Ley Federal de Energía —una norma de 1935, usada 22 veces durante la Segunda Guerra Mundial— para autorizar que se ordenara a los grandes consumidores de electricidad, incluidos los centros de datos de al menos 50 MW, desconectarse de la red compartida y cambiar a sus propios generadores de respaldo, casi siempre diésel, en un lapso de 15 minutos. Ocurrió en PJM, la mayor red del país, que abastece a 65 millones de personas en 13 estados, durante olas de calor que llevaron la demanda al borde de su récord histórico. Las órdenes eximieron expresamente a hospitales, centros de emergencias 911 y plantas de tratamiento de agua.
Que un gobierno tenga que elegir, en tiempo real, entre alimentar servidores de IA o proteger la red doméstica dice todo sobre el tamaño del problema. Y no es un episodio aislado: la CRS, el brazo de investigación del Congreso, calificó el patrón de «novedoso» y advirtió que esa ley es para «escasez inesperada», no un sustituto de la planeación.
Cómo funciona de verdad: por qué la red no da abasto
Aquí va la traducción. Una red eléctrica es como una carretera con un límite de coches circulando a la vez. Durante décadas, esa carretera creció a un ritmo previsible. La IA la saturó de golpe: los centros de datos suman entre 5 y 7 gigavatios de demanda nueva al año, mientras la nueva capacidad de generación entra a apenas 2 o 3 gigavatios anuales —una brecha de dos a uno que se proyecta hasta 2032—. Peor: conectarse a la red toma en promedio cinco años de fila, y conseguir un transformador puede tardar de 36 a 48 meses. No es que falte energía en abstracto; es que la infraestructura para generarla y transportarla no crece al ritmo demencial que impone la IA.
El resultado ya tiene números. La demanda global de los centros de datos va camino de duplicarse, de unos 460 teravatios-hora en 2024 a más de 1,000 en 2026, según la Agencia Internacional de Energía. Y en diciembre de 2025, por primera vez en su historia, PJM no logró comprar suficiente energía para cumplir sus metas de confiabilidad.
Quién gana y quién absorbe el costo
Esta es la pregunta que la casa nunca suelta, y aquí la respuesta es incómoda. El beneficio de un centro de datos —la inversión, el cómputo, el prestigio— se concentra en las tecnológicas y en la promesa de la IA. El costo se reparte entre todos los demás. En PJM, los costos mayoristas de capacidad se dispararon a récords, y ese aumento se filtra al recibo de los hogares: en Nueva Jersey, las alzas de tarifa por este concepto rondaron entre 17% y 20%, unos 27 dólares más al mes para una familia promedio. Las proyecciones a futuro varían según quién las haga —desde 1.5% hasta un 50%, y un estudio con revisión por pares calcula entre 6% y 29% de aumento nacional a 2030, y hasta 57% en las zonas más golpeadas—, pero todas apuntan en la misma dirección: hacia arriba. Y hay un costo silencioso: cuando los data centers prenden sus generadores diésel bajo permiso de emergencia, lo hacen exentos de sus límites de contaminación. El aire también paga.
En qué etapa está: entre la emergencia y la huida de la red
Conviene no exagerar ni minimizar. No hubo un apagón masivo; el sistema aguantó. Pero el hecho de que haga falta una ley de guerra para lograrlo marca el nivel de tensión. La reacción de la industria es reveladora: en lugar de esperar a la red pública, un tercio de los centros de datos planea operar totalmente fuera de la red para 2030, generando su propia energía en sitio. Y hay un matiz antihype crucial: un banco de inversión estima que solo entre 50% y 60% de la capacidad de data centers anunciada para los próximos dos años llegará a tiempo. Es decir, buena parte del «boom» energético que se anuncia todavía no existe. La mitad de las cifras alarmantes son proyección, no ladrillo.
El ángulo Bajío: lo que allá se resuelve con ley, aquí se vive como apagón
Y ahora, a casa. Todo lo anterior no es un problema estadounidense lejano: es el espejo adelantado de lo que ya empezamos a vivir. Querétaro es el epicentro nacional de centros de datos, y el corredor industrial del Bajío ya reportó apagones intermitentes; hasta un 35% de las inversiones industriales previstas enfrenta riesgo por falta de energía. La diferencia es de herramientas: EE.UU. tiene una ley de emergencia de 1935 y un operador de red que puede ordenar desconexiones; México llega a esta ola con una infraestructura más frágil y sin un mecanismo equivalente. Por eso la reciente declaración de la presidenta Sheinbaum —que México no tiene por qué ser «el centro de datos del mundo»— no fue un exabrupto ambientalista, sino el reconocimiento de que la pelea por el megavatio ya llegó, y que aquí la manufactura del nearshoring compite por los mismos electrones que la nube.
Del otro lado del mundo, China leyó el tablero y respondió con lo contrario a la austeridad: un plan de 532,000 millones de dólares para cuadruplicar su capacidad de cómputo a 2030. La lección para el Bajío no es copiar a nadie, sino entender que quien no planea su energía, no juega en esta liga.
Qué falta por saberse
Tres cosas que seguiremos desde aquí: si México construye un marco para decidir, con reglas claras, quién tiene prioridad cuando la red se aprieta —la manufactura que emplea a miles o el data center que emplea a decenas—; cuánta de la capacidad anunciada en Querétaro de verdad se construye y cuánta se queda en boletín; y quién termina pagando la cuenta eléctrica, porque la experiencia de PJM enseña que, sin reglas, el costo baja hasta el recibo del hogar. La IA prometió resolver problemas enormes. Su primer gran problema, resulta, es tan viejo como mundano: de dónde sacar la luz para encenderla.



