El grito comenzó mucho antes de la leyenda

La Llorona: el grito que México escucha desde antes de la Conquista

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Primero se escucha lejos.

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Tan lejos que podría confundirse con el viento.

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Un gemido.

Después una voz de mujer.

Y entonces las palabras.

“¡Ay, mis hijos!”

Quienes crecieron en México conocen la advertencia: si escuchas a La Llorona como si estuviera lejos, tal vez esté mucho más cerca de lo que imaginas.

Las abuelas decían que no había que salir.

Que no había que mirar por la ventana.

Que mucho menos debía seguirse aquel llanto.

Porque allá afuera podía estar ella.

Vestida de blanco.

Caminando junto al agua.

Buscando eternamente a unos hijos que ya no podrá recuperar.

La hemos escuchado tantas veces que creemos conocer su historia.

Una mujer llamada María. Un hombre que la abandona. Un ataque de desesperación. Niños arrojados al río. Arrepentimiento. Muerte. Condena.

Pero existe un problema.

Esa no es la única historia de La Llorona.

Tal vez ni siquiera sea la primera.

Mucho antes de que la leyenda adquiriera su forma moderna, mucho antes de los vestidos blancos y de la mujer condenada por matar a sus propios hijos, las fuentes coloniales registraron otro llanto.

Uno que, según la tradición nahua recogida después de la Conquista, fue escuchado cuando Tenochtitlan todavía estaba en pie.

Y aquella mujer también llamaba a sus hijos.

Una mujer lloraba en la noche

Fray Bernardino de Sahagún y sus colaboradores nahuas reunieron durante el siglo XVI una enorme cantidad de testimonios sobre la cultura del México central en la obra que hoy conocemos como Códice Florentino.

El manuscrito fue terminado hacia 1577 y contiene textos paralelos en náhuatl y español, además de miles de ilustraciones realizadas dentro de un proyecto en el que participaron sabios, escritores y artistas indígenas. Esto importa porque las historias que conserva fueron registradas después de la caída de México-Tenochtitlan, aunque muchas describen tradiciones y memorias atribuidas al mundo anterior a la invasión española.

Entre ellas aparecen los famosos presagios que, según aquellas tradiciones, antecedieron a la llegada de los españoles.

Fuego en el cielo.

Templos incendiados.

El agua del lago agitándose sin explicación.

Fenómenos imposibles.

Y después llegó el sexto presagio.

No era fuego.

No era un monstruo.

Era una voz.

El Códice Florentino registra que por las noches podía escucharse a una mujer lamentándose:

“Oh hijos míos, ya nos perdemos”.

En otras ocasiones preguntaba dónde podría llevarlos.

Imaginemos por un momento aquella escena.

Tenochtitlan todavía existe.

La ciudad duerme rodeada por las aguas del lago.

No hay automóviles.

No hay electricidad.

No existe el rumor permanente de una ciudad moderna.

Sólo el agua golpeando lentamente las orillas.

Algún perro.

El viento.

Y entonces…

una mujer gritando en mitad de la noche.

¿Era ella La Llorona?

Aquí comienza el misterio.

También comienzan las exageraciones.

Durante décadas se ha repetido que aquella mujer era simplemente La Llorona prehispánica, como si la leyenda que contamos actualmente hubiera existido completa y sin cambios desde antes de Hernán Cortés.

La documentación es bastante más compleja.

El sexto presagio constituye uno de los antecedentes más poderosos de la leyenda: una figura femenina nocturna, un lamento, hijos en peligro y una catástrofe que se aproxima. Arqueología Mexicana vincula expresamente esta tradición con el posterior desarrollo de La Llorona y recuerda que otros cronistas, entre ellos Diego Durán y Diego Muñoz Camargo, recogieron relatos relacionados con una mujer que lloraba y gemía durante la noche.

Pero decir que aquella mujer era exactamente La Llorona que conocemos actualmente borra cinco siglos de transformaciones.

Porque la mujer del sexto presagio no aparece allí como una madre llamada María que asesina a sus hijos.

No se relata que los ahogue.

No existe un amante que la abandone.

No se describe una condena cristiana.

Ni se dice que deba vagar eternamente entre este mundo y el otro.

Todo eso llegaría después.

Cihuacóatl: la mujer que gritaba en la oscuridad

Existe además otra figura imposible de ignorar.

Cihuacóatl.

Su nombre puede traducirse como “mujer serpiente”.

En otro pasaje del propio Códice Florentino, Sahagún describe a esta divinidad como una figura asociada con adversidades y sufrimientos, capaz de aparecer bajo aspecto femenino y de gritar o bramar durante la noche.

Cihuacóatl estaba estrechamente ligada al universo femenino, a la maternidad, al nacimiento y a la muerte.

Distintas fuentes y estudios posteriores han relacionado sus apariciones nocturnas con el motivo que finalmente desembocaría en La Llorona. El propio Instituto Nacional de Antropología e Historia presenta a Cihuacóatl como uno de los posibles antecedentes del personaje.

Pero incluso aquí debemos detenernos.

Cihuacóatl no es automáticamente La Llorona.

El estudio contemporáneo de estas tradiciones advierte contra la tentación de reducir distintas imágenes femeninas —Cihuacóatl, madres en duelo, mujeres espectrales y posteriormente La Llorona— a una sola figura idéntica atravesando intacta los siglos. Más que una línea recta, parece existir una sucesión de reflejos, apropiaciones y transformaciones culturales.

Y esa posibilidad resulta quizá todavía más perturbadora.

Porque significaría que La Llorona nunca fue una sola mujer.

Fue muchas.

Después llegaron los españoles

Tenochtitlan cayó en 1521.

Los templos fueron destruidos o transformados.

La religión cristiana comenzó a imponerse.

El paisaje cambió.

Pero las historias no desaparecieron.

Se mezclaron.

Viejas divinidades comenzaron a convivir con pecados, almas en pena, purgatorios, demonios y castigos eternos.

Los relatos indígenas se encontraron con tradiciones europeas sobre mujeres espectrales, aparecidos y fantasmas vestidos de blanco.

Y en esa larga noche colonial empezó a formarse otro personaje.

Una investigación comparativa sobre La Llorona y otros espectros femeninos hispanoamericanos señala precisamente que el personaje comparte elementos con tradiciones prehispánicas, pero también con figuras sobrenaturales procedentes del mundo europeo y con otras leyendas latinoamericanas.

La mujer comenzó a cambiar.

Ya no advertía necesariamente de la destrucción de un pueblo.

Ahora podía ser un alma castigada.

Una pecadora.

Una madre culpable.

Una mujer abandonada.

Una muerta incapaz de descansar.

Y siguió llorando.

La mujer de blanco entra en la Ciudad de México

Una de las reconstrucciones más conocidas de la versión colonial fue difundida siglos después por el historiador Luis González Obregón.

En su relato, atribuido a tradiciones de la antigua Ciudad de México, los habitantes escuchaban durante la noche gemidos prolongados y aterradores.

Después aparecía una mujer.

Vestida completamente de blanco.

Su rostro permanecía oculto.

Recorría lentamente las calles.

Llegaba a la Plaza Mayor.

Se arrodillaba.

Lanzaba un último lamento.

Y después avanzaba hacia las antiguas orillas del lago.

Allí desaparecía.

Arqueología Mexicana recupera este relato y señala cómo la imagen de la mujer nocturna sobrevivió y se transformó durante el periodo colonial.

Pensemos nuevamente en la escena.

Calles estrechas.

Empedrado.

Oscuridad.

La Ciudad de México todavía rodeada de canales y restos de aquel antiguo paisaje acuático.

Las puertas cerradas.

Alguna vela encendida detrás de una ventana.

Y a lo lejos…

el llanto.

Cada vez más cerca.

Después apareció María

La versión que millones de personas conocen actualmente adquirió elementos distintos.

Una mujer —frecuentemente llamada María— tiene hijos con un hombre que posteriormente la abandona.

En algunas versiones él pertenece a una clase social superior.

En otras es español.

Ella, desesperada o furiosa, lleva a los niños al agua.

Y los mata.

Cuando comprende lo que ha hecho intenta recuperarlos.

Ya es demasiado tarde.

Después muere.

Pero tampoco puede descansar.

Su castigo será buscarlos para siempre.

De ahí nace el grito convertido en una de las frases más reconocibles del folclore mexicano:

“¡Ay, mis hijos!”

Sin embargo, ni siquiera esta historia es universal.

Investigaciones sobre tradición oral han documentado versiones en las que La Llorona no asesina a sus hijos.

En algunas los niños mueren accidentalmente.

En otras se los lleva el río.

En otras la mujer pierde a toda su familia.

Y en otras prácticamente desaparece la explicación del origen: sólo queda el fantasma y su llanto.

La leyenda cambia dependiendo del lugar.

Pero algo permanece.

La mujer.

Los hijos.

La pérdida.

La noche.

Y el agua.

El agua nunca desaparece

Quizá éste sea uno de los elementos más inquietantes de toda la historia.

La Llorona casi siempre está cerca del agua.

Ríos.

Canales.

Lagos.

Acequias.

Manantiales.

La antigua Tenochtitlan surgió precisamente dentro de un sistema lacustre.

La versión colonial sigue llevando al espectro hacia el lago.

La versión moderna arroja a los niños a un río.

En Xochimilco, la representación contemporánea de La Llorona continúa ligada a canales y chinampas.

Distintos estudios folklóricos identifican el agua, el llanto, la maternidad perdida y el espectro femenino como algunos de los elementos recurrentes que permiten reconocer la leyenda aun cuando cambia de país o comunidad.

El escenario cambia.

El agua permanece.

Como si la historia necesitara siempre un espejo oscuro donde aparecer.

¿Y la Malinche?

Existe otra interpretación ampliamente difundida.

La Llorona habría sido Malintzin o Malinche, convertida simbólicamente en una madre que llora por los pueblos indígenas después de la Conquista.

Es una lectura cultural poderosa.

Pero tampoco significa que históricamente La Llorona haya sido una mujer específica llamada Malintzin.

Investigaciones sobre la construcción del mito muestran que a lo largo del tiempo distintas figuras femeninas —entre ellas Cihuacóatl y Malinche— terminaron superponiéndose dentro del imaginario mexicano. La asociación pertenece más a la evolución simbólica de la leyenda que a una identificación histórica demostrable.

Y volvemos a encontrarnos con el mismo problema.

Buscamos a una mujer.

Pero quizá nunca hubo una.

Entonces, ¿quién es La Llorona?

Podemos descartar una respuesta sencilla.

No existe evidencia para afirmar que una única mujer prehispánica originó por sí sola toda la leyenda.

Tampoco podemos asegurar que el personaje moderno sea simplemente Cihuacóatl con otro nombre.

Lo que muestran las fuentes es algo más fascinante.

Existieron antiguos relatos nahuas de mujeres que lloraban o gritaban durante la noche.

Existió Cihuacóatl.

Existió el sexto presagio.

Después llegaron la Conquista, el cristianismo, las ideas del pecado y el purgatorio, las tradiciones europeas sobre espectros femeninos y siglos de narraciones populares.

Más tarde llegaron la literatura, el teatro, las canciones, el cine, la televisión y ahora TikTok, YouTube y las historias de internet.

Cada generación tomó algo.

Cada generación añadió algo.

Y La Llorona siguió caminando.

Aquí espantan

Tal vez por eso es tan difícil escapar de ella.

Porque La Llorona no pertenece únicamente a un sitio.

En México hay quienes aseguran haberla escuchado en Veracruz.

En Oaxaca.

En Puebla.

En Guanajuato.

En Querétaro.

En los canales de Xochimilco.

En pueblos pequeños.

En barrancas.

En carreteras.

Cerca de ríos donde a medianoche nadie quiere quedarse demasiado tiempo.

La tradición oral continúa adaptándola a cada comunidad; investigaciones recientes muestran que el personaje sigue recreándose localmente conservando, sin embargo, un núcleo reconocible.

Quizá alguien esté leyendo esto desde un lugar donde también existe una historia sobre ella.

Pregúntale a la persona de mayor edad de tu familia.

Probablemente conozca alguna.

Y probablemente no termine exactamente igual que ésta.

Eso es justamente lo inquietante.

Han pasado más de quinientos años desde que una fuente colonial registró aquella antigua tradición sobre una voz femenina que lloraba por sus hijos.

Ciudades enteras desaparecieron.

El lago fue reducido.

Las calles cambiaron.

Generaciones completas murieron.

La historia fue reescrita una y otra vez.

Pero una cosa nunca dejó de escucharse.

El llanto.

Así que esta noche, si escuchas a una mujer llorando en algún lugar donde no debería haber nadie…

no intentes descubrir si es Cihuacóatl.

No busques a María.

No preguntes si alguna vez tuvo hijos.

Y, sobre todo…

no salgas a buscarla.

Porque después de quinientos años intentando saber quién es La Llorona, quizá hemos estado haciendo la pregunta equivocada.

La pregunta no es quién fue.

La pregunta es:

¿por qué sigue regresando?

RL
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