El expresidente presentó su nuevo libro, dedicó elogios a Claudia Sheinbaum y aseguró que permanece retirado. Sin embargo, su mensaje de 80 minutos fue una intervención política: defendió su legado, reabrió el expediente del Fobaproa, atribuyó la alternancia de 2000 a un pacto no probado y fijó nuevamente la frontera ideológica entre la Cuarta Transformación y sus adversarios.
San Juan del Río, 30 de septiembre de 2026.— Andrés Manuel López Obrador reapareció desde Palenque para decir que está retirado de la política. Lo hizo durante una hora y 20 minutos, presentó un libro que busca consolidar la doctrina de su movimiento, defendió los resultados de su gobierno, elogió a Claudia Sheinbaum y volvió a señalar a los protagonistas del periodo neoliberal.
La contradicción contiene el verdadero valor periodístico del mensaje: López Obrador puede haberse retirado del cargo, pero no renunció a intervenir en la construcción del relato político de México.
Desde la Quinta La Chingada, vestido con guayabera blanca y sentado frente a la cámara, el expresidente presentó “Pueblo”, su nueva obra, cuyo título original sería “Gloria”. Explicó que el cambio responde a una definición política: en una democracia auténtica, el soberano no es el gobernante, sino el pueblo.
La presentación editorial funcionó, en realidad, como vehículo para algo más ambicioso: reclamar para la Cuarta Transformación un lugar dentro de la secuencia histórica que integran la Independencia, la Reforma y la Revolución.
No fue solamente el lanzamiento de un libro. Fue la defensa de una herencia.
“No soy jefe máximo”
López Obrador insistió en que cerró su ciclo después de casi 50 años de actividad política. En la parte posterior del mensaje, no incluida en la transcripción adjunta, sostuvo que decidió apartarse porque no quería convertirse en “cacique”, “caudillo”, “jefe máximo” ni “poder detrás del trono”.
También dedicó el libro a Claudia Sheinbaum, a quien calificó como “extraordinaria”.
La frase busca contener una de las preguntas que ha acompañado al actual gobierno: cuánto poder conserva el fundador de Morena y hasta dónde influye en las decisiones de su sucesora.
Su elogio a Sheinbaum respalda públicamente su conducción y rechaza la versión de una ruptura interna. Pero también confirma que la palabra de López Obrador conserva un peso excepcional dentro de la coalición gobernante. Ningún otro expresidente mexicano puede reaparecer durante más de una hora y colocar inmediatamente sus definiciones en el centro de la conversación nacional.
Negar que es el poder detrás del trono no significa carecer de poder. Significa que su poder ya no proviene de un cargo, sino de su autoridad sobre la identidad, la memoria y la base social de la Cuarta Transformación.
“Pueblo”, el segundo volumen de una doctrina
López Obrador explicó que “Pueblo” complementa a “Grandeza”, su libro anterior. Mientras aquella obra reivindicó a las civilizaciones originarias y al “México profundo”, la nueva publicación pretende narrar la historia política que desembocó en el triunfo de su movimiento.
Con ambas obras busca sustentar lo que denomina Humanismo Mexicano, resumido en el principio “por el bien de todos, primero los pobres”.
La operación intelectual es evidente: López Obrador no quiere que la Cuarta Transformación sea recordada únicamente como un sexenio o una administración federal. Pretende convertirla en una etapa histórica con héroes, adversarios, principios, símbolos y una interpretación propia del pasado.
Esa clasificación no representa un consenso académico. Es una formulación política construida por el propio movimiento para colocarse a la altura de los grandes cambios nacionales.
Dentro de ella, Hidalgo y Morelos encarnan la Independencia; Juárez, la soberanía y el Estado laico; Madero, la democracia; Lázaro Cárdenas, la justicia social; y López Obrador, junto con el pueblo que lo acompañó, la ruptura con el neoliberalismo.
La historia queda organizada como un mapa moral: de un lado aparecen quienes defendieron soberanía, democracia y derechos sociales; del otro, quienes entregaron recursos nacionales, protegieron privilegios o gobernaron para una minoría.
El regreso de los enemigos históricos
La narrativa de López Obrador necesita adversarios claramente identificados. En el mensaje reaparecieron Porfirio Díaz, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, el PRI, el PAN, los banqueros, las élites económicas y los medios críticos.
El expresidente trazó una línea directa entre el porfiriato y el neoliberalismo. A su juicio, los gobiernos comprendidos entre Miguel de la Madrid y Enrique Peña Nieto no representaron una etapa de modernización económica, sino un “neoporfirismo” dedicado a transferir bienes públicos y recursos naturales a intereses privados.
La comparación tiene eficacia política porque convierte decisiones económicas complejas en una secuencia sencilla: concentración de la riqueza, debilitamiento del Estado y subordinación del interés nacional.
Sin embargo, también reduce seis administraciones, distintos contextos económicos y numerosas reformas a una sola categoría. Es una interpretación coherente con su pensamiento, pero no una descripción neutral de la historia.
Fobaproa: la herida que López Obrador mantiene abierta
El tramo más contundente del mensaje fue su regreso al rescate bancario. López Obrador afirmó que Ernesto Zedillo convirtió deudas privadas en obligaciones públicas y sostuvo que el costo acumulado podría alcanzar 8.4 billones de pesos hacia 2055.
El expediente sigue teniendo potencia política porque simboliza una de las grandes rupturas entre el proyecto obradorista y el modelo económico anterior: quién debe absorber las pérdidas cuando colapsa el sistema financiero.
Los informes de la Auditoría Superior de la Federación confirman que el rescate iniciado después de la crisis de 1994 generó obligaciones de largo plazo y transferencias presupuestarias para atender los programas asumidos posteriormente por el Instituto para la Protección al Ahorro Bancario.
No obstante, los 8.4 billones y el horizonte de 2055 expuestos por López Obrador corresponden a una proyección política que requiere conocer su metodología, supuestos financieros y forma de contabilizar intereses, refinanciamientos y pagos futuros. No deben presentarse como una cifra oficial definitiva sin ese desglose.
El hecho central sí está documentado: el rescate no terminó como un episodio cerrado en los años noventa. Sus obligaciones y mecanismos de financiamiento continuaron durante décadas.
La acusación más grave: un pacto para entregar la Presidencia
López Obrador también retomó una versión de Francisco Labastida Ochoa, candidato presidencial del PRI en 2000, para sostener que Zedillo obstaculizó deliberadamente su campaña y favoreció la llegada de Vicente Fox.
Según el relato, gobernadores priistas habrían recibido instrucciones de no apoyar a Labastida, mientras colaboradores de Zedillo mantenían comunicación con Fox. El expresidente fue más lejos al vincular el rescate financiero concedido por el gobierno de Bill Clinton con un supuesto acuerdo para entregar la Presidencia al PAN.
La primera parte de la acusación tiene como fuente las memorias de Labastida. El excandidato ha sostenido públicamente que Zedillo no quería una victoria del PRI y que desalentó el respaldo de gobernadores a su campaña. Labastida repitió esa versión al presentar su autobiografía política.
Pero la existencia de un pacto secreto entre Zedillo y Clinton para entregar el poder a Fox no está demostrada mediante documentos oficiales, registros diplomáticos o una investigación concluyente. Es una interpretación basada principalmente en el testimonio del candidato derrotado y retomada posteriormente por López Obrador y Claudia Sheinbaum.
La elección de 2000 fue organizada bajo reglas e instituciones surgidas de las reformas electorales de los años anteriores. Fox obtuvo 42.5 por ciento de la votación frente a 36.1 por ciento de Labastida. Zedillo reconoció públicamente el resultado la misma noche de la elección.
Puede discutirse si el presidente abandonó políticamente al candidato de su partido. Eso no equivale, sin nuevas pruebas, a demostrar que Estados Unidos decidió el resultado electoral.
El dato salarial: argumento correcto, cifra problemática
Para contrastar gobiernos, López Obrador afirmó que durante el sexenio de Vicente Fox el salario mínimo aumentó únicamente 2.56 pesos.
Las series oficiales requieren una lectura más precisa. El salario mínimo general promedio pasó de 35.12 pesos diarios en 2000 a 47.05 en 2006, un aumento nominal cercano a 12 pesos. Sin embargo, una vez descontada la inflación, el promedio anual del salario mínimo real descendió ligeramente durante ese periodo.
Los datos de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos muestran que el índice real pasó de 59.80 en 2000 a 59.14 en 2006. Es decir, el argumento de fondo sobre el estancamiento del poder adquisitivo encuentra respaldo, pero la cifra literal de 2.56 pesos no coincide con la serie nominal promedio y necesitaría una explicación metodológica.
Esta diferencia ilustra por qué el mensaje debe analizarse como intervención política y no utilizarse como una relación estadística sin verificación.
Dos expresidentes, dos historias del mismo país
La reaparición de López Obrador ocurrió el mismo día que Felipe Calderón volvió temporalmente a México para participar en un foro organizado por el PAN y dirigentes conservadores latinoamericanos.
Calderón afirmó que México se aproxima nuevamente a una “dictadura perfecta”, acusó a Morena de debilitar las instituciones democráticas y presentó a Zedillo como un presidente que facilitó la alternancia.
Horas después, López Obrador presentó una narración exactamente opuesta: la transición de 2000 no habría sido una conquista democrática suficiente, sino un cambio administrado entre élites; los gobiernos panistas no habrían consolidado la democracia, sino prolongado el modelo neoliberal; y la transformación auténtica habría comenzado con el triunfo popular de 2018.
No existe evidencia de que ambas apariciones hayan sido coordinadas como respuesta directa. Su coincidencia, sin embargo, produjo una escena política excepcional: dos expresidentes regresaron al debate público el mismo día para contar dos versiones incompatibles de la democracia mexicana.
Calderón defendió la transición que permitió sacar al PRI de Los Pinos. López Obrador defendió el movimiento que desplazó al PRI y al PAN del centro del sistema político.
En el fondo, ambos hablaron menos del pasado que del futuro electoral.
Retirado del cargo, no del relato
López Obrador anunció además que trabaja en un próximo libro dedicado a la relación con Estados Unidos. La publicación, adelantó, buscará plantear una propuesta de cooperación entre dos países cuya vecindad hace imposible la indiferencia mutua.
El anuncio confirma que Palenque no será un lugar de silencio absoluto. Puede mantenerse lejos de mítines, candidaturas y decisiones administrativas, pero continuará interviniendo mediante libros, cartas y mensajes cuando considere amenazada su interpretación del país o necesario respaldar a la Presidenta.
Su reaparición no demuestra que gobierne desde Chiapas. Tampoco puede reducirse a una promoción editorial.
López Obrador salió a defender el significado de su gobierno, a blindar la continuidad encabezada por Sheinbaum y a establecer quiénes deben ser recordados como constructores o adversarios de la transformación.
El poder formal cambió de manos en 2024. La batalla por definir qué significó el obradorismo apenas comienza, y López Obrador dejó claro que no piensa permitir que otros escriban solos ese capítulo.



