México no llega a esta mesa a pedir mejoras; llega a evitar retrocesos.”

Claves geopolíticas para entender tu realidad

Resumen informativo en audioEscuchar en Spotify ▸

México frente a las crisis globales: la distancia ya no protege

Por Román André Martínez Bravo

¿Qué tan lejos está México de una crisis que ya lo tocó? La pregunta incomoda porque la respuesta obvia —muy lejos— es falsa.

En enero de este año, un comando estadounidense capturó al presidente de Venezuela en una operación que violó de manera flagrante el principio de no intervención. Meses antes y meses después, Irán vivió oleadas de protestas y represión que revelaron las tensiones estructurales de un régimen en crisis de legitimidad.

Ninguno de los dos episodios ocurrió en suelo mexicano. Y, sin embargo, ambos alteraron de forma directa el margen de maniobra diplomático del país, el costo de su financiamiento externo y la presión que Washington ejerce sobre su política de seguridad.

México sigue actuando como si la distancia geográfica equivaliera a irrelevancia estratégica. Ese es el error que esta columna quiere nombrar.

El espejismo de la distancia estratégica

Durante décadas, la clase política y buena parte de la academia mexicana operaron bajo un supuesto cómodo: lo que sucede lejos, se queda lejos.

Es un supuesto heredado de la Guerra Fría, cuando la Doctrina Estrada y el principio de autodeterminación de los pueblos permitían a México observar los conflictos ajenos desde una distancia prudente, casi ceremonial.

El problema es que ese mundo ya no existe. La fragmentación del orden internacional posterior a 1989 —el que Occidente diseñó a su imagen y llamó “orden basado en reglas”— ha dado paso a un sistema donde la distancia física dejó de proteger a nadie.

Un régimen que cae en Caracas reconfigura la oferta petrolera global. Una revuelta reprimida en Teherán reordena las alianzas energéticas de medio planeta. Y México, integrado en más del ochenta por ciento de su comercio exterior con Estados Unidos, no tiene la opción de mirar hacia otro lado.

La subestimación no es solo un error de percepción pública. Es un error de diseño institucional.

La política exterior mexicana sigue jerarquizando el continente americano como el único terreno de acción legítima, mientras trata los escenarios eurasiáticos con mayor cautela, ambigüedad o silencio, como han señalado analistas que han documentado esta asimetría.

Esa jerarquización no es ingenua: revela un cálculo de bajo riesgo que hoy resulta obsoleto. Cuando el tablero se fragmenta, no hay esquinas seguras.

De Caracas a Teherán: el mapa que México finge no ver

Tomemos el caso venezolano con la seriedad que merece. La detención de Nicolás Maduro no fue un episodio aislado de la política latinoamericana; fue la confirmación de que Washington está dispuesto a actuar unilateralmente cuando percibe una ventana de oportunidad, incluso a costa del derecho internacional.

El propio secretario general de la ONU advirtió que la operación sentaba un “peligroso precedente”. Ese precedente no quedó en Venezuela. Trump lo utilizó, casi de inmediato, como palanca retórica para presionar a México y Colombia con la posibilidad de “intervenciones” en materia de seguridad.

No hace falta que la amenaza se materialice para que produzca efectos: basta con que exista como posibilidad creíble para que condicione la negociación comercial, la cooperación en seguridad y el tono de cada encuentro bilateral.

El caso iraní opera en un registro distinto, pero con una lógica similar.

Las protestas y la represión en la República Islámica no son, como advierten especialistas en seguridad regional, “episodios aislados”, sino expresiones de tensiones estructurales dentro de un régimen cuya estrategia de supervivencia lleva más de cuatro décadas de rodaje.

Lo relevante para México no es Irán en sí mismo, sino lo que su inestabilidad implica para los precios energéticos, para las rutas marítimas del Mar Rojo —donde ya convergen los intereses de Somalilandia, Israel y Turquía, tema que esta columna abordó semanas atrás— y para la disposición de Washington a exigir alineamientos explícitos de sus socios comerciales en temas que antes se consideraban ajenos a la relación bilateral.

El hilo conductor es el mismo: la multipolaridad ampliada no distribuye el poder de forma ordenada entre bloques estables, sino que multiplica los puntos de fricción y, con ellos, los canales por los que la inestabilidad ajena termina golpeando la puerta mexicana.

El fin de una ficción cómoda

En Davos, a inicios de este año, el primer ministro canadiense Mark Carney ofreció una de las descripciones más honestas que ha dado un líder occidental sobre el momento actual.

Recordó que países como el suyo prosperaron durante décadas bajo un orden internacional basado en reglas que sabían, incluso entonces, parcialmente ficticio. Su advertencia a las potencias medias fue clara y punzante:

“Si no están en la mesa, están en el menú”.

La frase resume con precisión el dilema mexicano.

México no es una potencia menor: posee una de las economías más relevantes del mundo, una posición geográfica insustituible para el comercio norteamericano y una población que multiplica su peso demográfico frente a cualquiera de sus vecinos centroamericanos.

Pero actúa, en la práctica, como si su único activo geopolítico fuera la cercanía con Washington. Esa es una estrategia de supervivencia de corto plazo, no una estrategia de posicionamiento.

Y en un sistema donde, como advirtió Carney, el orden multilateral de posguerra fue construido “a imagen de Occidente” y hoy exige repartir agencia a los actores del Sur Global, quedarse fuera de esa redistribución tiene un costo que no se mide solo en pesos y centavos, sino en capacidad futura de negociación.

¿Multipolaridad real o transición sin destino?

Conviene, sin embargo, resistir la tentación de simplificar.

No todo analista coincide en que el mundo haya cruzado ya el umbral de la multipolaridad plena. El Índice Elcano de Presencia Global, en su edición más reciente, documenta que agrupaciones como los BRICS apenas han incrementado su peso relativo en las últimas décadas, y que la brecha entre el Norte y el Sur Global —excluyendo a China y Estados Unidos— se mantiene en niveles similares a los de los años noventa.

Otros análisis describen el momento actual como una “unipolaridad parcial en transición”, donde Washington conserva una ventaja militar de décadas sobre cualquier rival, incluida China, pese a su declive relativo.

Esta discusión académica no es un matiz decorativo: es el corazón del problema.

Si el mundo transita hacia una multipolaridad todavía inconclusa, la ventana para que potencias medias como México definan su posicionamiento sigue abierta. Pero esa ventana no permanecerá abierta indefinidamente, y cada ciclo de indecisión reduce el número de asientos disponibles en la mesa que describía Carney.

La pasividad mexicana no es neutralidad: es una apuesta, probablemente involuntaria, a que el statu quo se sostendrá el tiempo suficiente para no tener que decidir nada.

El costo de subestimarse

Antonio Gramsci enseñó que la hegemonía no se sostiene únicamente por la fuerza, sino por el consentimiento fabricado de quienes la padecen.

México ha consentido, durante treinta años de integración norteamericana, un lugar subordinado en el diseño de las reglas que gobiernan su propia economía. Ese consentimiento tuvo una lógica defendible en los años noventa: el T-MEC —entonces TLCAN— ofrecía certidumbre a cambio de autonomía regulatoria.

Pero la lógica se agota cuando el propio Estados Unidos empieza a tratar esas reglas como negociables en función de su interés de seguridad inmediato, tal como ha ocurrido con la revisión del tratado en curso.

Joseph Stiglitz ha documentado con insistencia cómo la globalización, lejos de repartir beneficios de forma simétrica, tiende a capturar las ganancias en los centros de poder financiero mientras traslada los riesgos a la periferia.

México vive hoy una versión geopolítica de ese mismo patrón: absorbe el costo reputacional de la inestabilidad regional —la violencia asociada al narcotráfico, la presión migratoria, la porosidad fronteriza— sin capturar, a cambio, ninguna cuota real de influencia sobre las decisiones que Washington toma en Caracas, en Teherán o en el Mar Rojo.

Es una posición estructuralmente desventajosa, y ninguna cantidad de retórica sobre “buena vecindad” la corrige mientras el diseño institucional siga siendo el mismo.

La salida no es el aislacionismo ni la confrontación gratuita con Estados Unidos; sería una fantasía tan ingenua como la que hoy critico.

La salida es la construcción deliberada de capacidad: diversificación de socios comerciales más allá de Norteamérica, inversión sostenida en representación diplomática en regiones hoy desatendidas y una clase política dispuesta a leer la captura de un presidente venezolano o una revuelta en Teherán no como noticias internacionales lejanas, sino como información estratégica directamente relevante para las decisiones que se toman en Palacio Nacional.

Una mesa que se está armando sin nosotros

El mundo multipolar —pleno o en transición, da igual para efectos prácticos— se está configurando con o sin la participación activa de México.

Las potencias medias que están leyendo correctamente el momento no son necesariamente las más grandes, sino las que entendieron que la soberanía, hoy, se ejerce como capacidad de acción y no como retirada prudente.

India, Brasil y Sudáfrica han optado por construir agencia propia dentro del Sur Global, incluso cuando eso implica fricciones con Washington. México, en cambio, sigue esperando instrucciones.

La pregunta con la que abrí esta columna merece, entonces, una respuesta distinta a la que ofrecería el sentido común.

México no está lejos de las crisis que hoy remodelan el orden internacional: está exactamente donde siempre ha estado, pegado a la frontera de la potencia que más está usando esas crisis como palanca.

La distancia nunca fue el problema. La subestimación, sí.

Román André Martínez Bravo
Sobre el autorPeriodistaRomán André Martínez Bravo

 Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Querétaro, actualmente cursa la Maestría en Ciencias Jurídicas en la Universidad Panamericana, complementando su formación con estudios especializados en Propiedad Intelectual, Derecho Digital y Derechos Humanos, mediante diplomados impartidos por la Universidad Autónoma de Querétaro, la Universidad Anáhuac y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. En el ámbito profesional, se desempeña actualmente como Especialista en Propiedad Industrial en el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI), donde participa en el análisis y desarrollo de temas vinculados con la protección de los derechos de propiedad industrial y el fortalecimiento del sistema de innovación. En este cargo también colabora en iniciativas de cooperación y vinculación internacional, participando en el seguimiento de acuerdos, proyectos y espacios de diálogo con organismos y oficinas de propiedad intelectual de otros países, lo que le ha permitido involucrarse en la dimensión global de la protección de la propiedad intelectual. Previamente, fungió como Líder de Proyectos en el Poder Ejecutivo del Estado de Querétaro (2022–2024), coordinando iniciativas estratégicas y acciones institucionales orientadas al desarrollo y la gestión pública. Asimismo, cuenta con experiencia en el ámbito jurídico privado, al haberse desempeñado como Auxiliar Jurídico en la Notaría Pública No. 31 (2019–2022), donde participó en la elaboración y revisión de instrumentos legales y en la atención de diversos asuntos notariales. Su trayectoria combina experiencia en el sector público y privado con una sólida formación académica, con especial interés en los temas relacionados con propiedad intelectual, innovación, derecho digital y fortalecimiento institucional.

Comments are closed.