Por: Redacción de LYPmultimedios
Ciudad de México, 29 de julio de 2026.— La acusación lanzada por Ariadna Montiel Reyes contra el antiguo Poder Judicial no surge únicamente de la retórica partidista. Detrás existe un rastro documental perturbador: Ingemar, empresa en la que participa el exgobernador panista Ernesto Ruffo Appel, obtuvo amparos que obligaron a las autoridades energéticas a restituir o mantener permisos para importar cientos de millones de litros de combustibles.
Aquellas resoluciones judiciales permitieron que la compañía preservara su capacidad operativa durante años. Hoy, la Fiscalía General de la República la sitúa dentro de una investigación por una presunta red de contrabando ferroviario de hidrocarburos, evasión fiscal y delincuencia organizada.
El amparo, concebido para contener los abusos del Estado, terminó funcionando en este caso como un blindaje empresarial cuyas consecuencias deben ser investigadas. No porque defenderse frente a la autoridad constituya un delito, sino porque las decisiones judiciales mantuvieron abierto un negocio que después aparecería en el centro de una trama con un posible quebranto multimillonario para el erario.
Cuatro permisos y casi 499 millones de litros
Ingemar sostuvo durante cuatro años una batalla jurídica contra la cancelación de sus autorizaciones. De acuerdo con información pública de la Secretaría de Energía y una investigación de La Jornada, los amparos obligaron a las autoridades a permitir que la empresa continuara importando hidrocarburos.
Los cuatro permisos abarcaban gasolina regular, gasolina de alto octanaje, diésel de bajo azufre, turbosina y keroseno. En conjunto, representaban una capacidad autorizada de aproximadamente 498 millones 720 mil litros:
- 216 millones de litros de gasolina regular.
- 102 millones 240 mil litros de gasolina de mayor octanaje.
- 173 millones 280 mil litros de diésel y mezclas.
- 7 millones 200 mil litros de turbosina y keroseno.
El registro oficial de la Sener confirma que Ingemar figuraba como permisionaria y que algunas autorizaciones vencían originalmente el 26 de diciembre de 2024. Pese a ello, parte de esa capacidad permaneció bajo los efectos de la protección judicial.
Este es el núcleo material de la denuncia de Montiel: el viejo Poder Judicial no transportó los ferrotanques ni elaboró los pedimentos aduanales, pero sus resoluciones conservaron la llave jurídica que permitió a la empresa seguir importando.
El amparo convertido en escudo corporativo
Durante décadas, una parte del Poder Judicial mexicano operó bajo una lógica profundamente desigual. Para las comunidades despojadas, las víctimas de violencia, las mujeres que exigían justicia o las personas encarceladas sin recursos, el acceso efectivo a los tribunales fue lento, costoso y frecuentemente estéril.
Para las grandes empresas, en cambio, siempre hubo despachos especializados, suspensiones inmediatas y litigios capaces de paralizar regulaciones públicas durante años.
La corrupción judicial no se reduce necesariamente a un sobre con dinero. También puede expresarse mediante una arquitectura institucional que privilegia sistemáticamente la propiedad corporativa sobre el interés colectivo, que convierte cualquier regulación en una afrenta contra la libertad empresarial y que concede a los poderes económicos una capacidad de defensa inaccesible para la mayoría de la población.
En el caso de Ingemar, el resultado concreto fue inequívoco: el Estado canceló o intentó restringir permisos y una cadena de decisiones judiciales permitió recuperarlos. Mientras los litigios avanzaban, la empresa mantuvo su lugar en el mercado de importación.
Los tribunales que concedieron esos amparos deben explicar qué irregularidades encontraron en la actuación de la Sener, por qué consideraron procedente restituir las autorizaciones y qué medidas impusieron para evitar que la protección constitucional terminara facilitando operaciones ilegales.
No basta con refugiarse en el formalismo jurídico. Cuando una sentencia habilita la movilización de cientos de millones de litros de combustibles, sus repercusiones económicas y fiscales son un asunto de interés público.
La ruta del presunto contrabando
La FGR informó que la investigación comenzó con el hallazgo de ferrotanques abandonados en Ramos Arizpe, Coahuila. Posteriormente aseguró 170 unidades ferroviarias y documentó un perjuicio fiscal inicial superior a 100 millones de pesos.
El expediente contiene, según la Fiscalía, 96 datos de prueba: dictámenes químicos, análisis de la capacidad real de los ferrotanques, estudios criminalísticos, fotografías e identificación de los hidrocarburos asegurados.
El cruce de información del SAT y la Agencia Nacional de Aduanas permitió detectar más de cuatro mil operaciones presuntamente irregulares durante el primer semestre de 2025. El daño patrimonial potencial podría rebasar los cuatro mil millones de pesos, aunque esa cantidad todavía deberá acreditarse durante la investigación complementaria.
Reportes sobre la investigación señalan un mecanismo elemental y lucrativo: los ferrotanques habrían sido declarados con cargas muy inferiores a su capacidad real, reduciendo artificialmente los impuestos pagados por el combustible que ingresaba al país.
Sin el permiso de importación, esa maquinaria empresarial no habría podido presentarse ante las aduanas con una apariencia inicial de legalidad. Los amparos no autorizaron la evasión fiscal, pero sí conservaron el instrumento administrativo indispensable para continuar las operaciones.
Ruffo no era un espectador ajeno
Ernesto Ruffo no constituyó originalmente Ingemar, pero se incorporó a su capital poco después de la creación de la compañía. Con el tiempo se convirtió en accionista y secretario de su consejo de administración, de acuerdo con la relación corporativa presentada por la Fiscalía.
La defensa sostiene que Ruffo posee una participación minoritaria, cercana a 30 por ciento, y que no existen documentos o testimonios que acrediten su intervención directa en las importaciones irregulares. Ese argumento deberá discutirse ante el tribunal, no resolverse mediante el prestigio histórico del acusado.
Haber sido el primer gobernador opositor que derrotó al PRI no concede inmunidad penal. Tampoco convierte automáticamente en culpable al exmandatario. Ruffo y otras siete personas están vinculadas a proceso por su probable participación en la red; aún no existe una sentencia condenatoria.
La presunción de inocencia obliga a no presentar la imputación como culpabilidad demostrada. Pero tampoco exige tratar a Ruffo como un accionista decorativo incapaz de conocer las actividades estratégicas de una empresa en cuyo consejo participaba.
Una herencia de la privatización energética
Montiel también colocó el caso dentro de las consecuencias de la Reforma Energética de Enrique Peña Nieto. La relación merece atención.
La apertura del sector permitió que empresas privadas obtuvieran permisos para importar combustibles a gran escala. Desde enero de 2015, la Secretaría de Energía asumió la facultad de otorgar, modificar y revocar esas autorizaciones, según la regulación oficial.
El problema no fue sólo la entrada de capital privado, sino la construcción de un mercado opaco donde permisos, concesiones, intermediarios, ferrocarriles y agentes aduanales podían fragmentar la responsabilidad. La ganancia quedaba en manos privadas; las pérdidas fiscales, la contaminación, la violencia y el debilitamiento energético eran socializados.
El viejo Poder Judicial fue uno de los contrapesos empleados por las empresas para frenar la intervención estatal. Bajo el lenguaje de la libre competencia y la seguridad jurídica se protegieron permisos cuyo uso y beneficiarios finales rara vez fueron sometidos al mismo escrutinio que enfrentaban las autoridades reguladoras.
Investigar a los jueces, pero también a las aduanas
La acusación de Montiel no debe quedarse en consigna. Si Morena sostiene que determinados juzgadores protegieron el huachicol fiscal, debe transparentar los expedientes, identificar las resoluciones, explicar sus efectos y promover las investigaciones correspondientes.
También debe informar qué funcionarios de la Sener, el SAT y la Agencia Nacional de Aduanas están bajo investigación. Más de cuatro mil operaciones no atraviesan el país únicamente gracias a una sentencia de amparo. Requieren pedimentos, revisiones, cruces fronterizos, transporte ferroviario, instalaciones receptoras y comercialización.
La responsabilidad judicial no puede convertirse en coartada para encubrir la negligencia o complicidad administrativa.
El caso Ruffo exhibe una de las deformaciones más corrosivas del antiguo régimen: una justicia rápida para proteger negocios privados y desesperadamente lenta para reparar agravios sociales. Los amparos de Ingemar quizá fueron formalmente legales; sus consecuencias, sin embargo, ayudaron a mantener operativa una estructura empresarial que hoy enfrenta acusaciones de defraudar al país.
El nuevo Poder Judicial tendrá que demostrar que puede romper esa subordinación frente al dinero sin convertirse en subordinado del partido gobernante. La justicia que México necesita no debe proteger a los poderosos, pero tampoco fabricar culpables. Debe abrir los expedientes, seguir el dinero y llegar hasta el último empresario, funcionario o juzgador que haya convertido la ley en refugio de un negocio contra la nación.


