La presidenta nacional del partido retomó la advertencia formulada por López Obrador en Pueblo, pero le dio una dimensión más amplia: autoritarismo, discursos de odio, pérdida de derechos y subordinación de las decisiones nacionales. Su mensaje también encerró una severa advertencia para Morena: el poder, los cargos y la frivolidad pueden alejarlo de las causas que le dieron origen.
En la celebración por los 15 años de Morena, Ariadna Montiel no se limitó a reconstruir la historia del movimiento ni a reivindicar los logros de los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. Su discurso trazó una frontera política para el futuro inmediato: de un lado, el proyecto de transformación; del otro, el avance de expresiones autoritarias que la dirigente identificó abiertamente como neofascistas.
La definición no fue accidental. Apenas una semana antes, durante la presentación de su libro Pueblo, López Obrador sostuvo que frente a México no se encuentra simplemente una derecha tradicional o una ultraderecha electoral, sino una corriente que calificó como neofascista por recurrir a la mentira reiterada, la calumnia y la manipulación como herramientas de intervención política.
“No es derecha o ultraderecha, es neofascismo”, afirmó entonces el expresidente, en una aparición desde Palenque que confirmó que, aunque se encuentra retirado de la vida pública cotidiana, conserva capacidad para establecer conceptos, adversarios y líneas de interpretación dentro del movimiento que fundó.
Montiel recogió esa formulación y la llevó del terreno de la confrontación mediática a una lectura internacional. Advirtió que en distintas regiones resurgen fuerzas autoritarias, discursos de odio y expresiones neofascistas que buscan dividir sociedades, debilitar la democracia, revertir derechos y someter las decisiones nacionales a intereses ajenos a los pueblos.
Ese desplazamiento es relevante: el neofascismo dejó de aparecer solamente como una descalificación dirigida contra adversarios concretos y comenzó a funcionar como una categoría con la que Morena pretende explicar el actual momento político.
Una amenaza que excede la retórica partidista
La preocupación expresada por Montiel tiene un contexto verificable. El informe 2026 del Instituto V-Dem sostiene que al cierre de 2025 existían más autocracias que democracias en el mundo; que 74 por ciento de la población vivía bajo regímenes autocráticos y que 44 países atravesaban procesos de deterioro democrático. La libertad de expresión figuraba entre los derechos más afectados.
Freedom House documentó, por su parte, el vigésimo año consecutivo de retroceso de la libertad global: 54 países empeoraron durante 2025 y solo 35 registraron avances.
En América Latina, International IDEA observa una región crecientemente polarizada, donde la inseguridad, la migración, el malestar económico y las narrativas que dividen a la sociedad entre “nosotros” y “ellos” deterioran el diálogo democrático.
La alerta, por tanto, no surge de la nada. En distintos países han ganado terreno fuerzas que prometen orden mediante la reducción del pluralismo, convierten a minorías o migrantes en enemigos, desacreditan sistemáticamente a la prensa, toleran la violencia política y presentan cualquier contrapeso institucional como un obstáculo para encarnar directamente la voluntad popular.
Sin embargo, la precisión resulta indispensable. Neofascismo no puede convertirse en sinónimo automático de conservadurismo, oposición, crítica periodística o desacuerdo con la Cuarta Transformación. Si la palabra se utiliza para englobar indiscriminadamente a todo adversario, pierde su valor histórico y termina reproduciendo la misma lógica de exclusión que pretende denunciar.
La categoría adquiere sentido cuando describe prácticas concretas: autoritarismo, supremacismo, persecución de minorías, exaltación de la violencia, culto al dirigente, negación de derechos, destrucción del pluralismo y manipulación sistemática de la realidad. Fuera de esos elementos, corre el riesgo de degradarse hasta convertirse en una simple etiqueta electoral.
La advertencia más incómoda fue para Morena
Aunque la referencia al neofascismo concentra la mayor fuerza ideológica del mensaje, el señalamiento políticamente más delicado de Montiel estuvo dirigido hacia el interior de su propio partido.
“No podemos permitir que los cargos nos alejen de las causas, ni que el poder nos aleje de la gente”, advirtió ante dirigentes, gobernadores, legisladores y cuadros morenistas reunidos en el Auditorio Nacional.
La frase cobra particular peso cuando Morena se aproxima a un proceso electoral en el que estarán en juego 17 gubernaturas y miles de posiciones legislativas y municipales. La discusión sobre candidaturas, alianzas y equilibrios internos someterá al partido a una tensión que ha desgastado a prácticamente todas las organizaciones que han alcanzado el poder: la distancia entre la militancia que construyó el movimiento y los grupos que administran sus espacios institucionales.
Montiel pidió preguntarse por qué se busca el poder. También llamó a rechazar la frivolidad y a conservar los principios de no mentir, no robar y no traicionar. No fue una formulación protocolaria, sino el reconocimiento de una vulnerabilidad: después de gobernar el país durante ocho años y convertirse en la fuerza predominante del sistema político, Morena enfrenta el riesgo de burocratizarse, normalizar el pragmatismo y confundir unidad con silencio interno.
La dirigente recordó el desafuero de 2005, la elección de 2006, la defensa del petróleo en 2008, la organización territorial y el triunfo de 2018 para sostener que Morena nació desde abajo y no como una construcción de élites. Esa memoria cumple una función política: presentar al partido como heredero de una movilización popular y no únicamente como una maquinaria electoral.
Pero precisamente ahí se encuentra la prueba más exigente. El combate al autoritarismo no puede limitarse a identificar amenazas externas. También obliga a garantizar pluralismo, rendición de cuentas, libertad de expresión y capacidad de crítica dentro del movimiento que dice defender la democracia.
AMLO fija el concepto; Montiel intenta convertirlo en doctrina
López Obrador introdujo nuevamente el término neofascismo en la conversación pública; Montiel intentó incorporarlo al vocabulario institucional de Morena.
El expresidente lo utilizó para describir una forma de operación política sustentada en la repetición de falsedades. La dirigente partidista amplió el diagnóstico y lo relacionó con el debilitamiento democrático, la pérdida de derechos, los discursos de odio y la subordinación de la soberanía.
La secuencia muestra que Pueblo no funciona únicamente como un libro de retiro o reflexión histórica. También contiene conceptos que comienzan a ordenar el discurso del movimiento en la etapa encabezada por Claudia Sheinbaum.
Durante el aniversario, tanto López Obrador como Sheinbaum estuvieron ausentes físicamente, pero ocuparon el centro simbólico del encuentro. El primero como fundador y referencia moral; la segunda como conductora del llamado “segundo piso” de la transformación. Montiel colocó a Morena como el puente entre ambos ciclos y pidió preservar las conquistas sociales, ampliar derechos y defender la soberanía.
El mensaje también respondió a una coyuntura regional en la que México aparece como uno de los principales gobiernos progresistas frente al desplazamiento de varios países latinoamericanos hacia opciones conservadoras y de extrema derecha. En ese escenario, la defensa de la soberanía se convierte simultáneamente en política exterior, identidad partidista y recurso electoral.
La credibilidad dependerá de los hechos
La construcción de un frente democrático contra el neofascismo puede convertirse en uno de los ejes discursivos de Morena hacia 2027. Pero su legitimidad no dependerá de la frecuencia con la que se pronuncie la palabra, sino de la congruencia con la que el partido actúe.
Denunciar los discursos de odio exige no emplearlos contra quienes disienten. Defender la democracia obliga a respetar sus contrapesos. Combatir la mentira demanda someter también las afirmaciones propias a la verificación. Reivindicar al pueblo requiere evitar que sus necesidades sean reducidas a escenografía electoral.
Por eso, el pasaje decisivo del discurso de Ariadna Montiel quizá no sea únicamente aquel en el que señaló al neofascismo, sino la pregunta que dirigió a su propia organización: ¿para qué se quiere el poder?
La respuesta determinará si Morena conserva el carácter popular que reivindica o si termina convertido en otra estructura absorbida por los cargos, las candidaturas y la administración de sus privilegios. El adversario autoritario puede encontrarse afuera; la pérdida de identidad, en cambio, comienza siempre desde dentro.




